Leonardo García Alarcón: “Dirigir en la Catedral sería un sueño”

Director, compositor y especialista platense en música barroca, está radicado en Suiza desde 1997. Con premios y actuaciones en las principales salas europeas, su deseo más grande es poder mostrar su talento en “casa”

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María Virginia Bruno

vbruno@eldia.com

Con una carrera que lo llevó desde las aulas del Bachillerato de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata hasta los escenarios más prestigiosos de Europa, Leonardo García Alarcón atraviesa uno de los momentos más plenos de su trayectoria artística. Radicado en Suiza desde 1997 —cuando dejó Tolosa con apenas 500 dólares y una vocación inquebrantable—, el clavecinista, director y especialista en música barroca se consolidó como una referencia central del repertorio del siglo XVII, reconocido por sus interpretaciones innovadoras y por el rescate de obras olvidadas. Invitado habitual de la Ópera de París, La Scala de Milán y el Festival de Aix-en-Provence, fundador de Cappella Mediterranea y actual director del teatro La Cité Bleue de Ginebra, este año fue distinguido como Artista del Año por los International Classical Music Awards (ICMA).

En ese contexto de fuerte reconocimiento internacional, García Alarcón volvió a encontrarse con su ciudad natal de un modo inesperado. Días atrás, el intendente Julio Alak lo recibió en el Salón de los Acuerdos del Palacio Municipal y lo declaró Huésped de Honor de la Ciudad, en un gesto que puso en valor no solo su trayectoria sino también su vínculo persistente con la ciudad.

A casi diez años de su última entrevista con EL DIA, García Alarcón reflexiona sobre el camino recorrido, la distancia, el regreso y los sueños pendientes. Habla del patrimonio cultural platense, de la necesidad de una ley de mecenazgo que garantice continuidad a los proyectos artísticos y de su anhelo de volver a desplegar su arte “en casa”.

—Acabás de ser distinguido como Huésped de Honor de La Plata. ¿Qué significa para vos?

—Para los que salimos de La Plata esto es lo que más importa. Fue muy lindo, realmente. Y además llega en un año lleno de conmemoraciones en Europa: recibí el premio Artista del Año (Premio International Classical Music Awards), también el de Disco de Ópera del Año por Atys de Lully. Fue un año hermoso. Y fue una sorpresa total del Intendente: yo pensaba que solo iba a pasar media hora por la Municipalidad, y de repente estaban el director del Teatro Argentino, el jefe de Gabinete y otras autoridades. Fue muy emocionante.

—Me decías que esta declaración te tomó por sorpresa pero también es algo que, en algún punto, esperabas...

—Creo que lo espera cualquier ciudadano de un país del que fue muy difícil tener que irse para poder ejercer la profesión. Es maravilloso hacer arte en otros lugares, pero uno termina sintiendo que no pertenece del todo. Con mi mujer, Mariana Flores —soprano mendocina—, lo sentimos más todavía porque nuestros hijos nacieron allá, y eso crea otro tipo de raíces. Pero volver a Argentina siempre es maravilloso.

—A diez años de nuestra última entrevista, tu carrera explotó.

—Sí, desde 2016 pasaron muchas cosas: volvimos al Teatro Colón en 2023, fui invitado por la Ópera de París para los 350 años dirigiendo “Les Indes Galantes”, que fue un suceso enorme, y que también pude presentar luego en la Ópera de San Pablo; también la invitación de La Scala de Milán; el Festival de Aix-en-Provence, que me invita regularmente y donde dirigiré por primera vez “La flauta mágica” de Mozart. Todo eso con Cappella Mediterranea, que está cumpliendo 20 años y con la que estuvimos tocando en las grandes salas.

—Además dirigís un teatro en Ginebra, La Cité Bleue, en el que se presentó varias veces Martha Argerich, por ejemplo. ¿Cómo surgió eso?

—En 2016, la empresa Rolex —a través de la Fundación Hans Wilsdorf, su creador— vino a verme. Esa fundación destina sus ganancias a la cultura y la ciencia. Me preguntaron cuál era mi sueño y les dije: “Tener un teatro… a mis 65 años”. Yo tenía 40. Pero los suizos no soportan esperar: vinieron y me lo ofrecieron. Yo dije que no tres veces, hasta que llegó la pandemia en 2020 y acepté.

“Es maravilloso hacer arte en otros lugares, pero uno termina sintiendo que no pertenece del todo”

—¿Por qué decías que no?

—Porque dirigir un teatro es otra profesión. Entonces les pedí algo enorme: contratar a todo el equipo, pagar los salarios, las producciones, las creaciones. Estaba seguro de que me iban a decir que no. Pero me dijeron que sí (risas). Así me encontré como director de un teatro, con un equipo fantástico. Y Cappella Mediterranea y los otros conjuntos que dirigía entre Bruselas, París y Ginebra pasaron a un nivel superior para sostener también este proyecto teatral. Hoy estamos haciendo creaciones con Sudamérica y Estados Unidos, con proyectos que se están gestando en Argentina, Perú, Colombia y Brasil. Y lo que más me interesa, como argentino, es poder vincular todo eso aquí.

—Decías que durante mucho tiempo tu vínculo con La Plata quedó reducido a venir a visitar a la familia.

—Sí. Perdí la relación con la ciudad en términos profesionales. Solo venía a ver a la familia. Yo soñaba con presentarme en lugares como el Coliseo Podestá, que por su estructura sería ideal para ciertas producciones barrocas. Pero nunca tuve una oferta para hacer algo en La Plata. Tampoco en el Teatro Argentino. Pero nunca me planteé por qué fue así. Simplemente ocurrió. Creo que ahora es la gota y el vaso: de repente el intendente y las autoridades del Argentino me dicen “tenés carta blanca para venir y hacer lo que quieras”. Es así: uno trabaja, trabaja, trabaja en el exterior y, de pronto, eso se reconoce en el lugar donde uno nació.

—¿Te dolió en algún momento esa falta de reconocimiento?

—No me dolió no ser reconocido. Me dolió no poder realizar mi sueño de una orquesta juvenil en La Plata, de tener una orquesta de cámara, de que no siguieran esos conciertos de piano todos los domingos a las 17 en el Salón Dorado Municipal, como cuando era chico. Ver lo que pasó con la Orquesta de Cámara Municipal fue tristísimo: la dejaron a la deriva hasta que se disolvió. Fue un pequeño Titanic. Ese tipo de pequeñas tragedias las vi muchas veces en Argentina. Yo lo cuento mucho en Ginebra: hace un siglo, mecenas como Victoria Ocampo mandaban dinero para que se crearan orquestas y coros en Europa, porque Argentina era tan rica que podía hacerlo.

—¿Por eso insistís tanto con una ley de mecenazgo?

—Claro. Siempre pongo como ejemplo en América Latina a Brasil, porque logró algo que Argentina todavía no: una ley de mecenazgo nacional. Lula la declaró y Bolsonaro no la abolió. Eso significa que fue más allá de lo político. Argentina necesitaría una ley similar, en la que las empresas tengan un beneficio fiscal a cambio de apoyar el arte y la ciencia. No por generosidad, sino por interés real. Eso abriría muchísimo todo.

Yo siempre digo —y lo digo como alfonsinista y demócrata— que en lo único en lo que no creo en la democracia es en que los gobiernos de turno controlen la cultura y la ciencia según las elecciones. Para mí debería existir algo como en Suiza: siete sabios de todos los partidos que sostengan la cultura y la ciencia más allá de los vaivenes políticos. Si no, cada cuatro años volvemos a empezar de cero. Mi objetivo más grande hoy, como artista en el exterior, sería ayudar a que en Argentina se declare una ley de mecenazgo y, por supuesto, que eso tenga un impacto concreto en La Plata.

—¿Creés que podría suceder acá?

—Yo creo que sí. Pero para eso tiene que existir una gran inteligencia y una voluntad real de las autoridades, para comprender que los artistas que trabajamos afuera podemos ser vectores de ayuda. Es la primera vez que veo un tipo de voluntad de ese estilo, como la que percibí el martes, cuando fui declarado Huésped de Honor. Vi una voluntad real, patrimonial, del Intendente, con todas las restauraciones que se hicieron últimamente, y eso de alguna manera es mi vida como especialista en barroco.

—Un Intendente al que le gusta mucho la música clásica…

—Sí, y me dijo algo que me impresionó mucho: que suele escuchar “La Pasión según San Mateo” de Bach, solo, en el Salón Dorado municipal. Para mí es el compositor y la obra más importante de mi vida. En 2027 se cumplen tres siglos de su escritura y varias orquestas me han invitado a dirigirla. Tal vez la idea sería también poder hacerla aquí. Poder dirigirla en la Catedral sería un gran sueño.

 

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