De la cuna de Hitler al cuartel policial: la decisión que reabre las heridas del nazismo

El gobierno austríaco busca “neutralizar” el símbolo, pero la medida desató críticas, tensiones y un debate sobre la memoria

En el corazón de Braunau am Inn, un pequeño pueblo austríaco en la frontera con Alemania, hay una casa de fachada discreta que carga con una de las marcas más pesadas del siglo XX. Allí, el 20 de abril de 1889, nació Adolf Hitler.

Desde entonces, el inmueble se convirtió en un símbolo incómodo: punto de peregrinación para grupos neonazis, escenario de protestas y recordatorio permanente de un pasado que Austria todavía discute cómo asumir.

Ahora, el gobierno decidió dar un giro drástico: convertir la casa natal de Hitler en una comisaría de policía. Y lejos de apaciguar las aguas, la medida volvió a sacudir conciencias.

La apuesta oficial: “neutralizar” la cuna del nazismo

En 2016, el Parlamento aprobó una ley para expropiar el edificio, que permanecía en manos privadas. La intención fue clara desde el principio: evitar que el lugar siguiera funcionando como símbolo de culto para extremistas.

La transformación avanza y, según el Ministerio del Interior, la comisaría estará operativa en el segundo trimestre de 2026. Obreros ya ultiman detalles en la fachada renovada.

El mensaje del gobierno es contundente: quitarle cualquier aura histórica o épica. Convertir la cuna de Hitler en un edificio administrativo más, bajo control del Estado.

Pero la pregunta es inevitable: ¿Se puede desactivar el peso del nazismo simplemente cambiando la función de una casa?

“Es una espada de doble filo”, advierte Sibylle Treiblmaier, vecina del pueblo. Para ella, el proyecto podría desalentar a la ultraderecha, pero también implica desaprovechar la oportunidad de convertir el lugar en un espacio educativo o de reflexión.

Desde el Comité Mauthausen Austria, que representa a víctimas del Holocausto, también hubo cuestionamientos. Su miembro Ludwig Laher calificó la decisión como “problemática” y recordó que la policía, en cualquier sistema político, protege lo que el Estado define como orden.

Otros sectores impulsaban la creación de un centro dedicado a la paz y la democracia, o un museo contextualizado que explicara el peso histórico del lugar. Esa propuesta, aseguran, tenía amplio respaldo.

También hay críticas por el costo: 20 millones de euros destinados a la remodelación.

No todos rechazan el plan. Algunos vecinos creen que la nueva comisaría traerá tranquilidad y terminará con el flujo de curiosos y simpatizantes extremistas.

Wolfgang Leithner, ingeniero eléctrico de 57 años, sostiene que darle un uso institucional fuerte es una forma práctica de vaciar al edificio de significado simbólico.

La lógica oficial parece clara: transformar un ícono del horror en rutina burocrática. Pero las heridas del nazismo no se sellan con pintura nueva.

trasciende las paredes

Austria fue anexionada por la Alemania nazi en 1938. Durante años cultivó la narrativa de haber sido víctima del régimen. Sin embargo, cerca de 65.000 judíos austríacos fueron asesinados y unos 130.000 se vieron obligados al exilio.

La memoria histórica sigue siendo un terreno sensible. En 2024, el Partido de la Libertad (FPÖ), de extrema derecha y fundado por exnazis, fue el más votado en las legislativas, aunque no logró formar gobierno.

En ese contexto, la transformación de la casa donde nació Hitler adquiere una dimensión que va mucho más allá de una simple obra pública.

Frente a la vivienda, una piedra recuerda: “Por la paz, la libertad y la democracia. Fascismo nunca más”.

Mientras los obreros ajustan los últimos detalles, la polémica no se apaga.

De la cuna de Hitler al cuartel policial, Austria intenta redefinir el significado de un símbolo que nunca fue neutro. Y el país vuelve a enfrentarse a la misma pregunta que lo persigue desde hace décadas: ¿cómo convivir con un pasado que todavía duele?

Hitler

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