Tatuajes en la mira: chocan con numerosos prejuicios en los trabajos

Si bien hoy ya son mayoría los argentinos que tienen al menos un tatuaje, la elección sigue sin ser del todo aceptada en algunos ámbitos laborales, según revela una nueva investigación que ahonda en sus razones

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Pese a que los tatuajes han sido vistos durante muchos años como un gesto de rebeldía y marginalidad, hoy ese escenario cambió de forma radical. En la Argentina, el tatuaje dejó de ser excepción para convertirse en norma: el 60% de la población tiene al menos uno, lo que indica que la práctica atraviesa generaciones, géneros y clases sociales. Con todo, en muchos ámbitos laborales las personas tatuadas sienten que los prejuicios se mantienen vigentes aún.

Así lo revela el informe “Radiografía del Tatuaje en Argentina”, elaborado por el Centro de Investigaciones Sociales (CIS) de la UADE sobre más de 2.000 casos. El estudio confirma que el fenómeno ya no es una moda pasajera, sino una práctica integrada a la vida cotidiana, con fuerte presencia entre jóvenes y mujeres. De hecho, ellas tienen en promedio un 50% más de tatuajes que los varones: tres contra dos.

Lejos del cliché que los asocia a la impulsividad, los datos muestran una relación profunda con el cuerpo. Entre quienes se tatúan, el 32% tiene más de seis tatuajes. Y el arrepentimiento, tantas veces citado como advertencia, resulta marginal: sólo el 15% lamenta haberse tatuado. Hoy, la principal motivación ya no es estética, sino simbólica o personal, una búsqueda de sentido que explica el 41% de los casos.

Como asegura Sofía Silva, una diseñadora gráfica platense de 29 años, ella nunca sintió que sus brazos tatuados fueran un problema. “En mi rubro suman, nadie los cuestiona. Al contrario, dicen algo de vos”, relata.

La experiencia de Sofía coincide con los sectores que el informe define como “amigables”: Y es que según el relevamiento, tanto el Diseño como el Marketing, la Tecnología y la Gastronomía constituyen los principales ámbitos donde los tatuajes son vistos como un capital simbólico ligado a la creatividad.

Pero la realidad cambia al observar otros ámbitos laborales. Martín, un abogado de 35 años, asegura que en su estudio los tatuajes siguen siendo tema de discusión. “No te lo dicen, pero sabés que mejor taparlos cuando hay reuniones importantes. La imagen profesional pesa”, admite.

“Nunca me dijeron directamente que molesten, pero cuando entré me sugirieron usar siempre mangas largas, incluso en verano”, cuenta Luciana, que tiene 42 años y trabaja como enfermera en una clínica privada.

Con el tiempo, Luciana notó que la recomendación no era casual. “A compañeras sin tatuajes no se lo pedían. Es una forma elegante de marcar una diferencia -dice-. Atendés igual, cuidás igual, pero parece que la piel todavía pesa más que el trabajo que hacés”.

Como muestra el estudio, esa tensión suele registrarse sobre todo en ámbitos considerados “tradicionales”, como el del Derecho, la Salud y las Finanzas, donde la práctica está más extendida, pero los códigos de vestimenta y representación siguen marcando fronteras.

El dato más contundente del relevamiento aparece ahí: el 75% de los encuestados identifica al ámbito laboral como el espacio donde persisten las miradas más críticas hacia los tatuajes. Aunque la sociedad los naturalizó, el mundo del trabajo parece ir un paso atrás, aferrado a modelos de “formalidad” que ya no reflejan a la mayoría.

Aun así, el horizonte es optimista. Casi la mitad de las personas tatuadas imagina que dentro de treinta años sentirá orgullo por su elección. Lejos de un error de juventud, los tatuajes se consolidan como una narrativa biográfica permanente. Masiva, visible y cargada de sentido, la piel tatuada ya es parte de la Argentina actual, aunque persistan sobre ella reparos.

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