Sigue el juicio en EE UU contra un Maduro ojeroso y más delgado
Edición Impresa | 27 de Marzo de 2026 | 00:50
Nicolás Maduro se presentó otra vez ante la justicia de Nueva York y la imagen resultó tan impactante como el propio proceso judicial. Demacrado, ojeroso y visiblemente más delgado, el exmandatario venezolano compareció ayer por segunda vez desde su captura, sin pronunciar palabra, con un uniforme gris de preso y el rostro tenso frente a un tribunal que no parece dispuesto a darle margen.
En la sala no se permitió la presencia de fotógrafos; sólo tres dibujantes que bocetaron algunas escenas de la audiencia, que duró poco más de una hora pero tuvo un mensaje claro. El juez Alvin Hellerstein, de 92 años y con una larga trayectoria en el sistema judicial estadounidense, dejó en claro que no tiene intención de aceptar el pedido de la defensa para desestimar el caso por razones procesales. El gesto fue interpretado como un golpe directo a la estrategia legal del exlíder chavista.
UN MADURO MUY DIFERENTE
Maduro, de 63 años, apenas habló. Se limitó a tomar notas, a intercambiar palabras con sus abogados a través de un intérprete y a observar con atención a los periodistas ubicados en los bancos del fondo.
Era una imagen muy distinta a la del dirigente que gobernó Venezuela durante más de una década. La caída del poder se reflejaba en cada gesto, en cada silencio, en cada mirada.
Procesado por narcotráfico junto con su esposa Cilia Flores, de 69 años, el exmandatario enfrenta cargos graves: conspiración por “narcoterrorismo”, conspiración para importar cocaína, posesión de ametralladoras y artefactos destructivos y conspiración para el uso de esas armas. Ambos permanecen detenidos desde hace casi tres meses en una prisión federal de Brooklyn, de la que solo habían salido el 5 de enero, dos días después de su captura, para su primera audiencia.
En esa ocasión, Maduro se declaró “prisionero de guerra” y “no culpable”. Ahora optó por el silencio. Sus abogados intentaron frenar el proceso argumentando que las sanciones impuestas por Estados Unidos impiden financiar su defensa. El letrado Barry Pollack sostiene que el gobierno venezolano necesita una licencia especial para pagar los honorarios, algo que -según afirma- viola el derecho constitucional del acusado a elegir su representación. El tribunal, sin embargo, no se mostró dispuesto a retroceder.
TRUMP, IMPLACABLE
Desde la Casa Blanca, Donald Trump endureció aún más el tono. El presidente estadounidense aseguró que Maduro “ha sido demandado por solo una fracción de las cosas que ha hecho” y anticipó que podrían presentarse más cargos. “Asumo que tendrá un juicio justo, pero me imagino que enfrentará otros juicios”, afirmó ante la prensa, dejando entrever que el proceso apenas comienza.
Mientras tanto, la situación política en Venezuela cambió de manera radical desde su caída. Tras el derrocamiento, la entonces vicepresidenta Delcy Rodríguez asumió el poder y dio un giro en la relación con Washington bajo presión directa de Trump. La nueva administración impulsó una ley de amnistía para liberar presos políticos y reformó la legislación de hidrocarburos, en línea con las exigencias estadounidenses para acceder a las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, que el país todavía conserva pese al colapso económico.
En los alrededores del tribunal, el clima era tenso desde temprano. Seguidores y opositores del exmandatario se concentraron frente al edificio judicial, bajo un fuerte operativo de seguridad. Algunos manifestantes reclamaban justicia por los años de crisis y represión; otros exigían su liberación y denunciaban un proceso político. Hubo incluso un breve altercado que obligó a intervenir a la policía.
LOS DÍAS EN PRISIÓN
Dentro de la prisión federal donde está recluido, la situación tampoco es sencilla. El Centro Metropolitano de Detención de Brooklyn es conocido por sus duras condiciones. Según fuentes cercanas al gobierno venezolano, Maduro permanece aislado en una celda sin acceso a internet ni a periódicos. Solo puede hablar por teléfono con su familia y con sus abogados durante 15 minutos. Pasa gran parte del tiempo leyendo la Biblia, mientras algunos reclusos lo llaman todavía “presidente”.
En Caracas, la reacción fue inmediata. Su hijo, Nicolás Maduro Guerra, volvió a denunciar los “vestigios de ilegitimidad” del proceso, al que calificó como consecuencia de un “secuestro”. Sin embargo, sorprendió al afirmar también que confían en el sistema judicial estadounidense. Decenas de seguidores del exmandatario se reunieron en la plaza Bolívar para seguir la cobertura del juicio en una pantalla gigante y corearon consignas pidiendo su liberación.
La captura de Maduro, el 3 de enero, sigue siendo uno de los episodios más controvertidos de la política reciente en América Latina. Comandos estadounidenses lo sacaron del país con apoyo de ataques aéreos sobre la capital venezolana y un fuerte despliegue naval.
Según funcionarios venezolanos, el operativo dejó al menos 83 muertos y más de 112 heridos. Ningún soldado estadounidense resultó afectado.
Hoy, tres meses después, la escena es otra. Ya no hay discursos desde el balcón presidencial ni cadenas nacionales. Hay un hombre más delgado, con ojeras marcadas y uniforme de preso, sentado frente a un juez que parece decidido a avanzar. Y un país que, entre la incertidumbre política y la presión internacional, observa desde lejos el juicio que podría sellar definitivamente el final de una era.
Maduro está procesado por narcotráfico junto con su esposa Cilia Flores, de 69 años
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