Latidos en vilo: el terrible dilema de salvar a unos y postergar a otros en Cuba
Edición Impresa | 27 de Marzo de 2026 | 00:51
En Cuba, donde la crisis económica y energética ha ido calando hondo en cada rincón del sistema sanitario, los médicos del principal hospital cardiopediátrico del país enfrentan hoy decisiones que duelen. No se trata solo de diagnósticos o tratamientos: se trata de elegir. De definir qué niño recibe primero una intervención que puede salvarle la vida y cuál deberá esperar, aun cuando el tiempo no siempre esté de su lado.
Durante una visita de periodistas al cardiocentro pediátrico “William Soler”, en La Habana, la escena resulta tan silenciosa como estremecedora. Madres con barbijos permanecen junto a sus hijos, sentados o recostados en habitaciones en penumbra. La luz eléctrica es un lujo intermitente; la única constante es el sol que se cuela por las ventanas, iluminando rostros cargados de ansiedad.
ESCASEZ Y DETERIORO
Los hospitales cubanos han convivido durante años con la escasez y el desgaste de equipos envejecidos. Sin embargo, la situación se ha deteriorado con fuerza en los últimos meses. El impacto del bloqueo de combustible, profundizado tras las medidas impulsadas por el expresidente estadounidense Donald Trump, ha añadido una presión asfixiante sobre un sistema ya frágil.
Herminia Palenzuela, cardióloga de 79 años y fundadora del centro inaugurado en 1986, no esquiva la crudeza: el hospital debe tomar decisiones “dificilísimas”. En la práctica, eso implica que los niños con cuadros menos graves queden “al final de la lista, simplemente a esperar”. No hay margen para otra cosa. El cardiocentro atiende a recién nacidos, niños y embarazadas con diagnósticos de cardiopatías críticas, y los recursos se reservan para quienes corren mayor riesgo inmediato. “Siempre se guardan los recursos para ese tipo de pacientes porque son los que se van a morir en cualquier momento”, explica, con la angustia reflejada en cada palabra.
El hospital cuenta con 100 camas, pero no todas están en uso. No es por falta de pacientes, sino por la necesidad de racionar equipos, insumos y medicación. Cada intervención se mide, se calcula, se debate. “Quisiéramos operar más, quisiéramos hacer más cosas, pero los recursos no lo permiten”, lamenta Palenzuela.
A la escasez se suma el impacto cotidiano de los apagones. En toda la isla, los cortes de energía se repiten a diario, con episodios recientes de interrupciones a nivel nacional. Aunque el gobierno prioriza el suministro a hospitales mediante generadores, el funcionamiento está lejos de ser normal. La rutina médica se vuelve una carrera contra el tiempo y contra la incertidumbre.
Incluso llegar al trabajo también es un desafío. Palenzuela solo puede asistir tres veces por semana, mientras algunos colegas recorren varios kilómetros a pie para cumplir con su labor. El sistema de transporte destinado al personal sanitario existe, pero no logra cubrir la demanda creciente.
SITUACIÓN AL LÍMITE
El director del centro, Eugenio Selman, conoce bien esa realidad. Lleva décadas enfrentando la falta de medicamentos y equipamiento en el contexto del embargo estadounidense vigente desde 1962. “Es lo que estamos viviendo nosotros desde hace décadas”, afirma. Pero advierte que el presente ha llevado la situación a otro nivel: “ahora, con esta nueva situación, alcanza niveles dramáticos”.
La crisis se agravó aún más tras la interrupción del suministro de crudo desde Venezuela, en un escenario internacional convulsionado. El resultado es un sistema que resiste, pero al límite.
En ese contexto, las historias individuales reflejan la incertidumbre colectiva. Yaima Sánchez, madre de un niño de nueve años con taquicardia, lo resume con una mezcla de esperanza y resignación. Esta vez tuvo suerte: el hospital disponía del holter necesario para controlar la afección de su hijo. Pero no siempre ocurre. “Vengo con la fe de que los médicos me atiendan con lo que tengan”, dice. A veces, explica, el equipo no está disponible o no funciona por falta de baterías. “Hasta ahora hemos tenido suerte, pero uno nunca sabe”.
DATOS QUE ESTREMECEN
Las cifras oficiales dimensionan la magnitud del problema: más de 96.000 cubanos, incluidos 11.000 niños, esperan cirugías en medio de la reorganización del sistema sanitario forzada por la crisis energética. Cada número encierra una historia en pausa.
En medio de ese panorama, la llegada de ayuda internacional ofrece un respiro, aunque insuficiente. Un convoy con 50 toneladas de suministros -medicamentos, alimentos y productos de higiene- arribó recientemente a la isla.
En el hospital, trabajadores y voluntarios descargan y ordenan cada caja como si fuera un tesoro.
Desde la ONU, la preocupación también crece. El coordinador en la isla, Francisco Pichón, anunció un plan de emergencia de 94,1 millones de dólares destinado a sostener servicios esenciales y garantizar la importación de combustible. La advertencia es clara: “Si la situación actual continúa y se agotan las reservas de combustible del país, tememos un rápido deterioro, con la posible pérdida de vidas”.
En los pasillos del “William Soler”, esas palabras no suenan lejanas. Allí, cada jornada es una batalla silenciosa. Cada decisión pesa. Y cada latido se convierte en una urgencia que no siempre puede esperar.
Cada intervención se mide, se calcula, se debate. Los recursos escasos no permiten hacer más
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