“Risa y la cabina del viento”: donde el fin del mundo se vuelve Ghibli
Edición Impresa | 17 de Abril de 2026 | 01:56
En medio de un agreste paisaje japonés en Ōtsuchi, Japón, hay una cabina telefónica desconectada, un “teléfono del viento” permite a las personas hablar con sus seres queridos fallecidos, visitado asiduamente desde el tsunami de 2011. El cineasta Juan Cabral traslada ese teléfono al barrio 245 viviendas, de Ushuaia, en “Risa y la cabina del viento”, una fábula que va de lo cotidiano a lo mágico y que, dice su director, es “una de Miyazaki filmada en Patagonia”.
La película, uno de los estrenos de esta semana en salas locales (estrenada en 118 salas en todo el país), tiene como protagonista a Elena Romero, que encarna a la joven Risa, una chica de 10 años que descubre la “cabina del viento” en las afueras de su ciudad. Quiere ir a hablar con su padre, muerto en un terrible incendio, pero a su agotada madre, Sara, le parece inútil. Pero cuando la deja al cuidado de un vecino, Risa aprovecha y desata un fantástico camino de crecimiento para ella y las que la rodean.
Es “un coming of age, como ‘Cuenta conmigo’”, pero salpicado por el misterio y la fantasía cotidiana “de las películas de Ghibli”, dice Cabral en diálogo con EL DIA. Una historia que se mueve entre varios géneros mientras reflexiona sobre el duelo y la familia, pero, avisa el director, sin regodearse en la tristeza: “A veces garpa el bajón y nada más, pero quería tener una mirada humana sobre esas cosas que no se explican. Yo hago películas humanas”.
Esa mirada humana es la mirada de “la Tierra mirando hacia el Universo y más allá”, y es necesariamente incompleta: “Risa y la cabina del viento” está insuflada de misterio, atravesada por lo inasible. “Para mi la vida es un misterio. Y mientras haya humanidad va a haber misterio. Soy un ferviente creyente de ese no saber”, afirma al respecto Cabral. En América latina ese no saber ha desembocado muchas veces en la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano (el realismo mágico, el fantástico rioplatense, aunque el cine nacional no tiene gran tradición al respecto), y Cabral dice que se debe a que en estas latitudes “vemos la realidad como un lugar donde pasas por un viaducto y te lleva a otro mundo. Yo vivo la vida así. Y es algo que está en Borges, pero también en Murakami, es algo que pasa en otras culturas: entiendo el mote de ‘realismo mágico’, pero no creo que sea una experiencia única sino algo más universal”.
Es la segunda película de Cabral (y la tercera se estrena en cines el 21 de mayo: es “El partido”, documental que dirige con Santiago Franco, que retrata el enfrentamiento entre Argentina e Inglaterra en 1986 y que, promete, conecta con esa indagación sobre lo insondable de “Risa”: “Expandimos el libro con una idea muy borgiana: ¿cuándo empieza un partido, cuándo termina?”), que antes de filmar “Two/One”, su ópera prima, ya llevaba una importante carrera en publicidad. De hecho, relata, en ese ámbito nació “Risa”: filmando una publicidad de Rolex con Martin Scorsese como actor.
El director cuenta que se atrevió a pasarle su primera película a Marty, y luego de que el cineasta de “Casino” y “Taxi Driver” le diera una cálida devolución, “me doy vuelta y el redactor de Rolex me dice que tiene esta historia que le gustaría contar”.
Era la historia de la cabina del viento, pero era todavía una especie de mediometraje animado, “y yo veía ahí la posibilidad de un largometraje alucinante”. Así que convenció a Pablo Minces y comenzaron a escribir: la historia, al principio, iba a transcurrir en Nueva Orleans, después de la tragedia de Katrina, “pero hice un viaje por Ushuaia y el guión me pidió que la película fuera ahí. Tenía que ser ahí: en el fin del mundo, donde termina todo, donde puede empezar algo, qué mejor lugar. Reconocía incluso algunas cosas de Japón en el paisaje, en las texturas”.
Así que sobre la marcha decidió barajar y dar de nuevo: fue con todo su equipo a Ushuaia y “con 16 hamsters, todos entrenados para que hagan su pirueta, porque no había plata para efectos especiales”. En ese equipo estaba Cazzu.
“Mientras haya humanidad va a haber misterio. Soy un ferviente creyente de ese no saber”
Juan Cabral, director de “Risa y la cabina del viento”
La cantante protagoniza la película junto a Elena Romero, la joven Risa, que fue el primer personaje que casteó la producción. Con Elena definida, “algo que me molestan son esas caracterizaciones que no pegan, que la nena no pega con el padre, que el actor que hace del personaje joven no pega con el adulto…”, comenta. Pero además, “quería que la madre tuviera una frescura, algo medio rockero, es un personaje partido”: Sara, la madre de Rosa, “está pasada, hasta maltrata a Risa, pero es que no puede más, no llega”. En esa búsqueda empezó a pensar fuera de la caja, fuera de la lista de actores que tenían: “Y cuando surgió el nombre de Cazzu se conectó todo: ella, sus tatuajes, su historia, cómo se expresa. Así que empecé a golpear puertas para llegarle, y llegarle de un modo humano, que se entienda de dónde viene el deseo de tenerla. Yo estaba convencido de que la iba a romper”.
Era un desafío, la primera vez de Cazzu frente a la pantalla. En un Zoom, le comentó que había tenido varias propuestas en el pasado, “pero esta es especial”: había conectado con la historia. “Me dijo además que no le gustaban las películas full realidad, para sufrir ya está la realidad. Y hablamos también de Ghibli, y se re enganchó. Pero igual seguía con dudas: estaba sacando un disco, y yo la necesitaba tres semanas para rodar, y ¿qué necesidad tenía ella de inmolarse en algo que quizás no sale bien?”
Así que Cabral le propuso hacer unos ensayos con Elena: “Fueron sesiones super lindas”, pero “todavía seguía con dudas”. Y cuando le planteó que con el disco no sabía si iba a poder, Cabral jugó su carta: le prometió que con dos semanas en Ushuaia le alcanzaba, que él hacía funcionar el resto. Evidentemente entusiasmada, pero un poco a regañadientes, Cazzu aceptó entrar al baile. “La película captura naturalidad de ella, en un personaje, claro, que es Sara, pero donde ella puede volcar ciertas cosas. Y creo que le encantó el juego”.
Cazzu es parte del elenco que completan Diego Peretti, Joaquín Furriel y Graciela Borges, y que cuenta con música de viejos conocidos de Cabral: canciones de Babasónicos y banda sonora de Diego Tuñón “con cierta cosa japonesa”.
La delicada fotografía de Leandro Filloy completa el universo visual y sonoro creado por Cabral, que requiere, dice, de pantalla grande: “La película fue pensada para cine: yo pienso en esa especie de pequeña catedral de emociones”, lanza.
Para el director, “el cine es alimento para la sociedad, para la cultura: es como nos conocemos y como nos entendemos. El cine es entendernos: nosotros no somos computadoras, que hay un error y aprenden todas juntas del error. Nosotros aprendemos a través de historias, avanzamos a través de historias”.
“Para eso hacemos cine”, completa, “lo podés hacer para entretener y punto, desde ya, pero a mi me gusta que te metas en una sala una hora y media y te de alguna herramienta, que tampoco la puedo explicar en dos frases. Tenés que atravesar esa historia. La película busca generar emociones que van más allá de las palabras: como sucede con ciertos libros o canciones, no se pueden explicar en una solapa simplemente, pero acompañan y dejan una marca”.
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