Trump quiere ser rey: “Amaría vivir en Buckingham”

Un informe genealógico reveló un ancestro común con Carlos III de Inglaterra: serían primos en 15° grado; el dato surgió antes del encuentro oficial en Washington

Edición Impresa

La escena parecía salida de una novela de historia alternativa: el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, bromeando con convertirse en rey tras descubrir un remoto parentesco con Carlos III. “¡Siempre quise vivir en Buckingham!”, escribió con entusiasmo en su red Truth Social, apenas horas antes de recibir al monarca británico en la Casa Blanca.

Detrás del comentario, mitad humor, mitad fascinación, se esconde una historia genealógica que conecta a ambos líderes a través de más de cinco siglos y que volvió a poner bajo la lupa los lazos invisibles entre política, linaje y poder.

Según una investigación difundida por el Daily Mail, Trump y Carlos III compartirían un ancestro común: John Stuart, descendiente directo del rey Jacobo II de Escocia. Este linaje ubica a ambos como primos en decimoquinto grado, separados por unas 16 generaciones.

Melania Trump y la reina Camilla durante un evento cultural en el Pabellón de Tenis de la Casa Blanca / AP

CONEXIÓN LEJANA PERO NO INUSUAL

En términos genealógicos, se trata de una conexión lejana, pero no inusual en familias con raíces europeas profundas. La línea que conecta al presidente estadounidense pasa por su madre, Mary Anne MacLeod, una inmigrante escocesa que llegó a Estados Unidos en 1930 y que mantuvo vivas ciertas tradiciones de su tierra natal, transmitiendo a su hijo no solo un apellido cargado de historia, sino también un vínculo inesperado con la realeza británica.

La revelación se conoció en la antesala de la visita de Estado del monarca, un evento cargado de simbolismo y también de tensiones políticas. Trump y su esposa, Melania, recibieron a Carlos III y a la reina Camilla con una ceremonia en el Jardín Sur de la Casa Blanca, bajo un cielo gris y lloviznoso que el propio presidente describió con ironía como “un hermoso día británico”. Hubo desfile militar, interpretación de himnos y un despliegue protocolar pensado para resaltar la histórica alianza entre ambos países.

El lunes, en un gesto más distendido, los mandatarios compartieron el tradicional té y recorrieron la renovada colmena instalada en los jardines presidenciales, una iniciativa vinculada a la promoción de la biodiversidad.

En el Despacho Oval, el encuentro de ayer fue a puertas cerradas y buscó evitar sobresaltos diplomáticos. Al término de la reunión, Trump aseguró que fue “muy buena” y calificó al monarca como una “persona fantástica”. Carlos III, por su parte, mantuvo su tono habitual, medido y diplomático, enfocado en subrayar la cooperación bilateral.

La visita incluyó además una intervención del rey ante el Congreso estadounidense, en el marco de las conmemoraciones por los 250 años de la independencia de Estados Unidos, un aniversario que aporta una capa adicional de simbolismo a la presencia de la corona británica en Washington.

Sin embargo, detrás de las sonrisas y los gestos de cortesía, persisten fricciones. Las relaciones entre Washington y Londres atraviesan un momento delicado, con críticas del presidente estadounidense al primer ministro Keir Starmer por su postura frente a conflictos internacionales y su nivel de apoyo a iniciativas militares lideradas por Estados Unidos.

A esto se suman versiones sobre posibles revisiones en la política exterior estadounidense respecto de territorios en disputa, lo que añade tensión al vínculo bilateral.

LLAMATIVAS COINCIDENCIAS

Más allá de la política, el parentesco revelado alimenta una narrativa cargada de coincidencias. Trump y Carlos III no solo comparten raíces escocesas, sino también una llamativa exposición a situaciones de riesgo. El presidente estadounidense ha sobrevivido a varios intentos de asesinato recientes, incluyendo episodios en actos públicos y eventos oficiales.

El monarca británico, cuando aún era príncipe, también vivió un episodio similar en 1994, cuando un atacante disparó balas de fogueo durante un discurso en Australia. En ambos casos, la reacción fue de notable calma, un rasgo que algunos observadores no dudaron en señalar como otra curiosa similitud entre estos lejanos parientes.

La fascinación de Trump por la realeza, lejos de ser nueva, se vio reforzada por este hallazgo. Propietario de campos de golf en Escocia y visitante frecuente del Reino Unido, el mandatario ha cultivado durante años una imagen cercana al lujo y a los símbolos tradicionales de poder.

Su comentario sobre mudarse al Palacio de Buckingham, aunque claramente humorístico, refleja esa atracción persistente por la pompa monárquica.

 

Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE