Del primer entrenador interino al último: la mano de Horacio Sancet en 1933 al gran desafío del Pata Pereyra
| 18 de Mayo de 2026 | 12:33
Pocos entrenadores interinos lograron afianzarse en la historia de Gimnasia. La mayoría apenas atravesó unos partidos, sirvió como puente en tiempos de crisis o quedó como una solución transitoria hasta la llegada de un nuevo cuerpo técnico. Sin embargo, hay excepciones que marcaron época y que hoy vuelven a ponerse sobre la mesa con el presente de Ariel “Pata” Pereyra. Antes había ocurrido con Fernando Zaniratto. Ambos lograron resultados inmediatos, cambiaron el clima futbolístico y sacaron al equipo de momentos delicados, algo que históricamente no fue habitual en el Lobo.
La figura del interino aparece prácticamente desde los primeros tiempos del profesionalismo. Gimnasia fue pionero en la instalación del cargo de entrenador con José Ripullone en 1929, torneo en el que además consiguió el título de Primera. Más tarde apostó por el primer técnico extranjero, el húngaro Emérico Hirschl. En ese contexto, en 1933 surgió el nombre de Horacio Sancet, uno de los primeros hombres en hacerse cargo circunstancialmente del equipo. Fue durante un partido y nada menos que en un clásico. Sancet era un hombre identificado con el club, con más de 220 encuentros disputados con la camiseta albiazul.
A partir de allí comenzaron a repetirse los interinatos, intercalando entre las buenas campañas. Benjamín Vieytes, profesor de gimnasia y sin pasado como futbolista tripero, asumió en tres oportunidades: 1936, 1939 y 1942. Otro caso fue el de Modesto Crivaro, también sin antecedentes como jugador del club. Eran años donde todavía no estaba consolidada la figura del entrenador profesional y muchas veces las soluciones surgían desde adentro de la institución.
Entre 1942 y 1951, una de las etapas más complejas de la historia deportiva de Gimnasia, hubo momentos en los que directamente la subcomisión de fútbol quedó al frente del plantel. La inestabilidad futbolística obligaba a improvisar permanentemente. En 1952 apareció Ramón Roldán como interino, otro que no había jugado en el club. Diez años más tarde fue el turno de Eliseo Prado, que sí había vestido la camiseta mens sana. Ninguno de ellos superó los cinco encuentros al frente del equipo.
La década del 60 mostró otra particularidad: la presencia de grandes nombres ligados a la historia futbolística tripera, que otra vez peleaba. Ricardo Infante estuvo como interino en tres ocasiones distintas, en 1962, 1963 y 1964. El “Beto” asumía en momentos de urgencia y funcionaba como respaldo en tiempos difíciles. En 1967 apareció Argentino Geronazzo, quien no pertenecía al riñón del club pero también ocupó el cargo de manera provisoria.
Los años 70 estuvieron marcados por la crisis deportiva y económica, y allí proliferaron los entrenadores circunstanciales. La dirigencia recurría mayormente a ex futbolistas de la casa: Manuel Miranda, Roberto Gonzalo, Martín Rosales, Julio Novarini, Antonio Rosl, José Santiago y José Leonardi, todos vinculados a la identidad tripera. En el medio también apareció Jorge Habegger, que no había jugado en Gimnasia. La mayoría tuvo ciclos brevísimos, con equipos golpeados y escaso margen para proyectar algo más allá de la emergencia.
Con la recuperación institucional y futbolística de los años 80 comenzaron a verse procesos más estables, aunque los interinatos siguieron apareciendo. José Santiago volvió a asumir y también lo hizo Roberto Di Plácido. Entre quienes no tenían pasado como futbolistas albiazules estuvieron Higinio Restelli, Carmelo Faraone y Rubén Bedogni. Todos atravesaron experiencias cortas, generalmente en contextos de transición.
La década del 90, mucho más ordenada desde lo deportivo, redujo la necesidad de interinos prolongados. Sin embargo, hubo espacio para algunos nombres. Osvaldo Gutiérrez, ex jugador del club, tuvo sus primeros pasos en el banco. También apareció la dupla de Oscar López y Oscar Caballero, donde sólo el primero había vestido la camiseta del Lobo. Más adelante llegaron Gustavo del Favero, sin pasado como futbolista tripero, y Rubén Gelves, que había integrado planteles de la institución.
Ya en los 2000 volvió a hacerse habitual la búsqueda de referentes históricos para apagar incendios. Luis Agostinelli, Ricardo Kuzemka, “Moncho” Fernández -que firmó y terminó en juicio-, Pablo Morant y el “Indio” Ortíz asumieron en distintos momentos de crisis. Estos dos últimos fueron campeones como jugadores. Más adelante apareció la dupla de Mariano “Poterito” Messera con Leandro Martini, también Víctor Bernay -que como Martini tampoco había jugado en Gimnasia pero era ayudante-.
Sin embargo, en la mayoría de los casos recientes esos interinatos funcionaron apenas como tapones. Equipos golpeados, ciclos cortos y que luego terminaban en apuestas de fuerte renombre. Por eso los casos de Zaniratto y ahora Pereyra toman una dimensión distinta. Ambos encontraron respuestas rápidas, lograron resultados positivos desde el arranque y cambiaron el ánimo de un plantel que venía sumergido en la incertidumbre. Y aquí la banca del plantel, pese a tener esta dirigenca un director deportivo.
Zaniratto consiguió reordenar futbolísticamente al equipo y generó una identificación inmediata con el hincha. Pereyra, otro hombre profundamente ligado a la historia del club, parece recorrer un camino similar. Como antes Messera, Morant, Ortíz o Kuzemka, asumió desde el sentido de pertenencia, aunque con un detalle no menor: esta vez el interinato no quedó solamente en un parche.
La historia de Gimnasia demuestra que el banco de suplentes encontró algunas soluciones internas para salir de las tormentas, pero pocos lograron más de 30 juegos seguidos. Es el desafío de Pereyra, el de romper con esa historia.
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