Los “argenchinos” criados en La Plata
| 18 de Agosto de 2013 | 00:00
La china representa la corriente inmigratoria más importante que tuvo la Argentina de un país no limítrofe en los últimos años
“Yo me siento más argentina que china -asegura Min, sonrisa tímida y acodada en la barra del restaurante que atiende junto a sus padres en 50 entre 7 y 8-. En Shangai mantengo algunos familiares y siempre pienso en viajar para visitarlos, pero mi vida me la imaginó acá. Yo ya soy de acá”. Como tantos, Min preserva el idioma paterno porque es el que se habla en su casa y, gracias a los festivales de la cultura oriental que cada año se reproducen en occidente, resguarda las costumbres de sus antepasados como si, pese al tiempo y la distancia, el llamado de la sangre nunca se dejara de escuchar.
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A muchos de los que forman esta generación se los puede ver en tiendas de comida o restaurantes de cocina vegetariana. Ellos, los jóvenes, son los que atienden. A sus padres, por lo general, se los ve detrás, en la cocina, elaborando algunos de los tantos productos que, para muchos de los platenses que trabajan en el centro, se han convertido en la dieta de casi todos los mediodías: arroz integral salteado, fideos de arroz, suflé de calabaza con acelga o milanesas de soja y berenjena. Son parte de un paisaje urbano bien conocido, pero la expresión que distingue a esos negocios como “chinos” es tan inexacta como repetida por todos.
“Los taiwaneses acá somos chinos”, dice con sonrisa de porcelana Ming Hsiu Lay, una taiwanesa de 19 años que llegó a La Plata cuando tenía apenas un año. Sin recuerdos de su lejana Taipéi, la capital de la isla que hasta mediados del siglo XX formó parte de la República Popular China, Ming Hsiu trabaja por su cuenta en la panadería Chia Xing de Los Hornos, cursa el último año en la secundaria Nº 8 y, además, se hace tiempo para ayudar a su padre en un negocio de comidas en el centro platense y, todos los fines de semana, viajar a capital federal para estudiar su lengua original en el instituto Hwa Shin.
Su nombre significa “luz linda” en mandarín y, como tantas de su edad, Ming Hsiu representa a la última generación de taiwaneses que llegaron al país y se educaron acá, prácticamente “argentinizados” pero con el ineludible apodo de “chinos”. Como la mayoría de su edad, ella también traduce a sus padres y coincide con ellos en que la confusión geográfica no tiene ninguna importancia.
Sucede que la mayoría de los taiwaneses no se considera chino, aunque comparten una milenaria historia que se dividió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando ante el avance del comunismo en el continente el partido nacionalista Kuomintang se replegó en la isla de Taiwán.
Hoy, mucho tiempo después, los números de la inmigración que comparten reflejan el fenómeno de este lado del mundo, donde la china representa la corriente inmigratoria más importante que tuvo la Argentina de un país no limítrofe en los últimos años. Las estimaciones indican que en el país residen cerca de 120 mil chinos, y según el Ministerio del Interior y el Departamento de Inmigración son cerca de 60 mil los ciudadanos de ese origen que llegaron al país en los últimos siete años. De ese total, se estima que el 80% vive en capital federal y el Conurbano bonaerense.
En La Plata, según se estima, actualmente viven unos 4500 chinos, muchos de los cuales trabajan en alguno de los 154 supermercados de ese origen que funcionan en la Ciudad y sus alrededores. Todos, chinos o taiwaneses, están agrupados en la Asociación de Comerciantes Chinos de La Plata, entidad que supo enfrentar distintos cuestionamientos en los años noventa y donde ahora admiten recibir una inmigración mucho menor que la de veinte años atrás. “Acá a todos les decimos chinos pero tienen sus diferencias -cuenta Juan Carlos De Marco, presidente de la entidad-. Muchos de los que llegaron de China, por ejemplo, mandan a sus hijos a que estudien allá. Eso no ocurre con los taiwaneses, que en casi todos los casos mantienen su educación en el país”.
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En tren de derribar viejos mitos que siempre han girado en torno a los comercios de origen asiático, De Marco asegura que el ciudadano chino que llega a nuestro país, por lo general, proviene del interior de China y no de grandes ciudades. “Es gente mentalizada a trabajar de sol a sol -explica-. Es su idiosincracia descansar muy poco y trabajar todos los días del año, aunque algunos quieran llamarlo deslealtad comercial. ¿Qué deslealtad? Hay que tener en cuenta que ellos venden barato porque manejan márgenes chicos y trabajan en familia. El chino va a un mayorista, ve algo que está en oferta y llama a otros paisanos para organizarse y así comprar en grupo. Siempre se han dicho muchas cosas, pero la mayoría responden a prejuicios y a mitos malintencionados”.
En el Centro de Estudios Chinos del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata, en tanto, se asegura que la filosofía de vida de los chinos ha demostrado que desean “tener el control de su propio destino y actuar como su propio jefe, lo que se traduce en la necesidad de desarrollar actividades de trabajadores independientes”.
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Aunque parecidos e integrados, las migraciones taiwanesas y chinas fueron distintas. Mientras que los primeros llegaron en familia y con capital para invertir, los chinos se animaron a la aventura de viajar solos a tierras desconocidas y, luego de algunos años de sacrificio y sentar bases sólidas, traer después a sus familias.
Es el ejemplo de Guo Qiang Xu, el papá de Min Xu, aunque en su caso quien se aventuró sola a la aventura de un país desconocido fue su mujer, Nai Ying. “Ella estaba desde hacía un año acá -dice él pero lo traduce su hija-. Al venir con la familia no se extraña tanto, pero al principio no me gustó. A los cinco días me quería volver. Yo trabaja en una fábrica de pescados y veía que acá no iba a poder hacer lo mismo. Pero todo es tiempo. Ahora ya no pienso volver a China”.
Guo Qiang habla desde el mostrador de su restaurante y espera la traducción de su hija para retomar alguna idea. Ella, que mantiene lejanos recuerdos de su infancia allá en Shangai, toma la palabra y explica por cuenta propia los motivos por los cuales se siente una “argenta” más. “En realidad tengo más amigos argentinos que chinos”, explica, aunque aclara con una sonrisa que su novio es peruano. “A los 14 años volví a Shangai para visitar a mis tíos y siempre pienso en repetir esa experiencia -dice-, pero llegué cuando tenía ocho años y mi vida ya me la imagino acá. Hablo chino pero no lo escribo, y aunque de futbolera tengo muy poco, puedo decir que soy de la generación de chinos a los que les gusta tomar mate”.
Estudiante de Ciencias Económicas en la UNLP y cara visible en el negocio familiar, Min Xu reconoce que sus paisanos son un tanto cerrados y que la integración social es algo dificultosa por las grandes diferencias culturales. “El quiebre por ahí se da en nuestra generación, los que nos criamos acá -dice ella, siempre con una sonrisa-. Hay que pensar que la generación de nuestros padres ni siquiera supo asimilar el nuevo idioma que encontraron acá”.
No muy distinto es lo que dice Ming Hsiu, quien también hace ejemplo de integración y marca las diferencias con sus padres. “Una se siente argentina pero también trata de mantener las celebraciones de la comunidad, y si bien somos taiwaneses nos gusta festejar el Año Nuevo Chino o la Fiesta de la Luna Llena (de origen tailandés)”.
Llegaron a la edad de aprender los números y las palabras. Son una generación criada en el país bajo el calor de los años noventa y hoy representan una parte fundamental de la inmigración oriental, tanto que, según se calcula, cerca del 40% de los chinos radicados en Argentina tiene entre 21 y 30 años. Mantienen sus costumbres milenarias pero se sienten de acá. Nacieron en China. O en Taiwán. Pero, mate en mano y poco futboleros en general, ya se sienten de estos pagos aunque todos los apoden “chinos”. Y no es cuento argentino.
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