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¿Un mundo feliz?

La vigencia de Aldous Huxley y del Satiricón de Petronio

“El gran paso” la novela del platense Francisco Artola. Los tres ejes de la narrativa del siglo XXI: el sexo, las drogas y la tecnología. Una ficción realista en la Argentina que se ocupa de la legalización del aborto y las relaciones homosexuales

Francisco Artola habló de su nueva novela / Soledad Moreyra

El escritor citybelense da su “gran paso” / Soledad Moreyra

Marcelo Ortale


marhila2003@yahoo.com.ar

“El disparador de mi novela fue un reportaje a un cineasta que escuché por la radio del auto, en el que habló de su relación amorosa con otro hombre, con el que habían decidido tener un hijo mediante una subrogación de vientres. No conocía nada de ese tema que me llamó mucho la atención y decidí investigarlo. Así nació este relato”, dice el citybelense Francisco Artola (1973), cuya primera novela “El gran paso” (Niña Pez Ediciones, 2019) acaba de ser publicada y se puede definir como una “ficción realista” que sucede en la Argentina.

La novela no economiza temas ríspidos. El protagonista central (Vicente) es un homosexual que, en efecto, busca con su pareja tener un hijo a través de la subrogación de vientres. Ese personaje fue abusado en la infancia por un amigo de su madre. No falta allí la violencia: “Eugenio, las primeras veces, me proponía juegos en los que terminábamos los dos completamente desnudos. Ahí me acariciaba y me tocaba. Calculo que tendría yo unos cuatro o cinco años de edad. Al principio, recuerdo que esos juegos me gustaban, pero cuando fui creciendo dejaron de hacerlo y como empecé a negarme, se enloquecía y abusaba de mí a la fuerza. Me amenazaba de las maneras más crueles para que no le contara luego a mi madre. Llegó hasta decir que clavaría una aguja de tejer por el ojo si abría la boca”.

No hay concesiones en el relato. El protagonista, muy joven, se vuelca a la política y lucha básicamente por conseguir derechos –a través de proyectos de ley siempre postergados- para personas que se sienten excluidas: así impulsa la legalización del aborto y de las uniones interpersonales, aún cuando, como se ha dicho, fracasa en su intento. A su vez, forma pareja con un hombre mayor que él (Alfonso).

Compuesta por 35 capítulos de muy corta extensión, algunos de ellos apenas de una página y media y escritos con un idioma preciso, sustantivo, la novela trata un temario en el que no faltan la drogadicción, las orgías ni tampoco el (tan desplazado) amor heterosexual: una mujer besa al protagonista central y este comenta “fue la única vez que una mujer me despertó los instintos más primitivos”- con el escenario de fondo de las trabas burocráticas y de una modernidad anónima y angustiosa, dominada por la tecnología.

Artola escribe en el capítulo 6 un párrafo que intenta arrojar claridad: “Todos somos complejos, pensaba. Todo es complejo, ni bueno ni malo, sino complejo. Quizá lo simple –no lo básico- perdure todavía en algún lugar de la tierra. De lo que sí estoy seguro es de que escasea cada vez más”.

Ahora, tomando café en un bar de City Bell, el escritor cuenta sobre su familia. Es hijo y nieto de conocidos empresarios platenses, estudió en la Primaria 10, el secundario en el Nacional y se graduó en la UNLP como licenciado en Administración. Es hincha de Estudiantes, sobrino y ahijado de un mito futbolístico como lo fue Ricardo “Beto” Infante, aquel delantero de lujo que jugó en el Pincha y concluyó su carrera en Gimnasia. “Una de mis abuelas se llamaba María Esther Infante”, recuerda con orgullo. Artola está casado con la fotógrafa María Soledad Moreyra y tienen dos hijas: Rosario y Luz.

No surgen a primera vista escritores actuales entre los preferidos de Artola, que no duda al mencionar a estos cuatro: García Márquez, Vargas Llosa, Oscar Wilde (por Retrato de Dorian Gray) y Dostoievsky (por Crimen y Castigo).

ANTECEDENTES

Si la novela del siglo XX se caracterizó –según dijo el crítico literario español Benito Varela Jácome- por ser “un complejo testimonio de conocimiento de las estructuras mentales, económicas y políticas de nuestro tiempo”, la del actual siglo XXI parece concentrarse, hasta ahora, en tres núcleos temáticos dominantes: el sexo, las drogas y la tecnología. Es casi imposible concebir una novela escrita por un autor joven, en la que no aparezcan estos tres temas. El resultado daría, entonces, lo que se llama una distopía. En las distopías la condición humana pasa a un segundo plano, se eclipsa y se ve relegada por la presencia de condicionantes casi despóticos.

Pero lo “novedoso” de estos textos contemporáneos acaso estribe menos en los temas que tocan –acotados en su mayor parte a esos tres núcleos- que en la forma o en la falta de forma con que se los presenta. Lo novedoso es la actitud y la visión del escritor, como sólo atenta a la ajenidad de lo real.

Se sabe, sin embargo, que el sexo no representa un asunto inaugural. Viene, en cambio, de la literatura más antigua. En el siglo I de la era cristiana el escritor y político romano Petronio, contemporáneo de Nerón, escribió “El Satiricón” (algunos discuten su autoría), un libro saturado de escenas de sexo explícito que relata sin inhibiciones las aventuras de jóvenes libertinos y homosexuales de los bajos fondos de Roma.

La influencia del Satiricón. que llegó hasta nuestros días recreada por el cineasta Federico Fellini, se refleja en muchas obras contemporáneas, aún cuando, como se dijo, con diferencias formales importantes, ya que la obra de Petronio, considerada como precursora de la novela picaresca, se acerca más a lo que podría ser un arte desinhibido que a una postulación cautiva de una supuesta realidad.

Pero también novelas como la de Artola nos retrotraen a la ideología de avanzada que caracteriza a Aldous Huxley en “Un mundo feliz”, escrita en 1932. Se ha definido a esta obra también como una distopía, en donde lo que más importa son principios tecnológicos, como los de cultivos humanos y la hipnopedia, que en la novela de Huxley se presenta como una manipulación educativa de los niños. Así también es esencial que puedan manejarse las emociones por medio de una pastilla, de una droga (el Soma) que –desde afuera hacia adentro- cambia la condición humana y le crea una ilusión de felicidad.

Hay dos párrafos en el libro de Huxley que parecieran merecer ir grabados en los mascarones de proa de la novela contemporánea. El primero dice: “La felicidad real siempre aparece escuálida por comparación con las compensaciones que ofrece la desdicha. Y, naturalmente, la estabilidad no es, ni con mucho, tan espectacular como la inestabilidad. Y estar satisfecho de todo no posee el hechizo de una buena lucha contra la desventura, ni el pintoresquismo del combate contra la tentación o contra una pasión fatal o una duda. La felicidad nunca tiene grandeza”.

La segunda es la siguiente: “Pero, ¿Por qué está prohibido? -preguntó el Salvaje. El Interventor se encogió de hombros. -Porque es antiguo; ésta es la razón principal. Aquí las cosas antiguas no nos son útiles. - ¿Aunque sean bellas? -Especialmente cuando son bellas. La belleza ejerce una atracción, y nosotros no queremos que la gente se sienta atraída por cosas antiguas. Queremos que les gusten las nuevas”.

Tomar pastillas de Soma. Huxley revisó y entrevió la existencia de una sustancia sagrada y sanadora. Los que la consumen olvidan sus problemas, ya que se evaden de la realidad cuando ellos así lo desean. Después, en la vida cierta de la humanidad, aparecerían el valium y una legión de antidepresivos.

Pero la solución metafórica del Soma se ha vuelto también real. Según se informa en revistas médicas, la compañía Meda Pharmaceuticals acaba de patentar con el nombre de “Soma” un fármaco cuyo principal activo es el carisprodol. Se trata de un relajante muscular, con menor riesgo de abuso y de sobredosis que otros productos anteriores, que origina expectativas ciertas de relajación y bienestar. El mundo feliz de Huxley ya llega a las farmacias.

EL PROPÓSITO

La novela de Artola tiene un propósito: “si me preguntara por un mensaje, lo que más quiero transmitir es que el Estado –y esto lo digo más allá de cualquier postura ideológica, lo digo desde una perspectiva humana- se ocupe de regular y de atender tantas situaciones dramáticas, relacionadas por ejemplo al aborto y a muchas garantías individuales que hoy carecen de marco normativo. Para mí es indiscutible que algo hay que hacer”.

En una de las últimas páginas dice: “Mientras el agua bien caliente bajaba sobre mi cabeza me pareció escuchar mi celular. Salí enseguida del baño, era una llamada perdida de un número desconocido. No quise usar el teléfono, debía dejar la línea libre por si volvían a llamar. Prendí la televisión para ver si en las noticias decían algo de nuestro caso: millones de manifestantes se pronunciaban a favor del aborto, carteles con las leyendas “Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”, Duele ver cómo los movimientos sociales, que son irreversibles, no tengan una pronta resolución por parte nuestra: los actores políticos”.

Volviendo al Satiricón: los críticos coinciden en que Fellini no se propuso ser fiel al texto de Petronio, sino que la única fidelidad que se impuso fue la de obedecer a su imaginación, sin sujetarse a reglas. A veces la novela contemporánea nos plantea el interrogante de saber si a ella le interesa, o no, insubordinarse y reflejar el espectáculo inmenso, siempre cambiante y a contradictorio, de la humanidad y de la vida.

Lo novedoso es la actitud y la visión del escritor, como sólo atenta a la ajenidad de lo real

“Nosotros no queremos que la gente se sienta atraída por cosas antiguas”

El gran paso

Francisco Artola

Editorial: Niña Pez Ediciones

Precio: $ 390

 

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