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Fernanda García Lao

No hay nada más peligroso que una familia

La escritora, poeta y dramaturga argentina explora en su último libro de cuentos los vínculos familiares y, sin ahorrar humor, la perversión que a veces ocultan

No hay nada más peligroso que una familia

Fernanda García Lao

Con una realidad que se desborda frente al extrañamiento de lo cotidiano, Fernanda García Lao construye en su nuevo libro de cuentos, “El tormento más puro”, universos en los que irrumpe lo absurdo a través de la supremacía de lo perverso y lo siniestro en el ámbito familiar.

“Hay algo más del estado que de la trama en cada cuento -dice la autora-, busco un estado particular, imagino un universo breve que se puede sondear hacia abajo”.

La obra, editada por Emecé, roza lo fantástico con personajes descarriados por sus pasiones y sorprende con escenas retorcidas que evocan la naturaleza maldita de Horacio Quiroga, o la narrativa de Silvina Ocampo con la aparición de objetos cargados de amenazas y ambientes donde aflora lo erótico, lo onírico, lo incestuoso o la locura, narrado siempre poéticamente.

A la hora de explicar cómo es trabajar sobre lo perverso y lo siniestro en el momento de la escritura, García Lao asegura que no se trata de un terreno elegido. “Tengo un componente contradictorio que me hace por un lado disfrutar del hecho de estar viva y por otro lado convivir con ese otro costado más consciente del horror”, asegura, y agrega que no imagina una ficción sin esas tensiones entre claroscuros.

“La bibliografía ocupa un lugar importante en mi formación y la biografía también -dice-: el hecho de haber salido en el 76 de mi país siendo chica y quedar sin lugar me marcó. Mis padres eran periodistas y nos fuimos a España más que por cuestiones políticas, por cuestiones éticas y por alguna amenaza concreta. Cuando te quedás sin patria y luego sin padre, porque murió en el exilio cuando yo tenía 16 años, estás obligada a reflexionar sobre cuestiones que en la adolescencia otros pibes no vivieron”.

Horror y humor conviven en perfecta sintonía en las páginas de este libro. Y no sorprende. “La seriedad me resulta sospechosa y a la excesiva formalidad no la soporto -asegura la escritora-, soy malísima para acatar normas, y lo que era un defecto de niñez y juventud intenté hacerlo virtud en la escritura. Pero creo que tiene que ver con las lecturas muy precoces del teatro del absurdo que marcaron un terreno poético en los que tengo asociados el humor y la poesía como ese permiso de revelación, porque el humor es siempre imprevisto. Como en la escritura trabajo con mucha oralidad el mismo divague del fraseo me lleva a ese terreno y cuando pongo el pie en el freno y veo que me falta brillo o me pongo muy obtusa suelto la tensión y permito que entre el goce, porque para mí el humor es goce, humor negro, pero humor al fin”.

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