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Séptimo Día |EL CASO DE “LAS RUINAS CIRCULARES”
Malas relaciones entre la literatura y el fuego

Relatos contemporáneos y de la Antigüedad. La zarza ardiente y el “gran incendio de Roma”. La quemazón de libros en Farenheit 451 y la hoguera precursora de los nazis. Los cuentos populares

Malas relaciones entre la literatura y el fuego

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

30 de Mayo de 2021 | 06:46
Edición impresa

La literatura y el fuego no se llevan del todo bien. Acaso la visión literaria vacile ante el fuego. Las llamas danzan, devoran, se extinguen, su protagonismo es fugaz. No ocurre lo mismo con los otros tres elementos constitutivos de la materia: el agua, el aire, la tierra. Ellos están allí desde siempre y el creador humano puede acercarse, tocarlos, acariciarlos, cultivarlos. El fuego reclama distancia y, en el mejor de los casos, mayor elaboración.

“No se debe jugar con fuego”, aconsejan los viejos padres. Existe un temor reverencial que viene desde el origen. Varios críticos dicen que no son muchas las referencias al fuego en la literatura, aunque algunas, como se verá, resultan inmortales.

El dilema del fuego como tema fue encarado por algunas obras antiguas y también por autores más actuales, como Jack London, cuya narración “Cómo encender un fuego” –también llamada “Encender una hoguera”, dejó un desesperado testimonio o, entre otros, los más modernos y aún contemporáneos Ray Bradbury (“Fahrenheit 451”) o Jorge Luis Borges en su cuento “Las ruinas circulares”, que montaron narraciones magistrales sobre el fuego.

Nerón se consideraba un buen poeta y mejor cantor, y se lo eternizó tocando la lira

 

En la Argentina recién liberada de la dominación española, uno de las primeras referencias sobre el fuego se encuentra en el poema “La cautiva” de Esteban Etcheverría, en donde el incendio intencional del campo por parte de los indios es como el primer descubrimiento “europeo” del dominio indígena en el desierto.

Dice una de las estrofas de Echeverría en el capítulo titulado “La quemazón”: “El aire estaba inflamado,/ turbia la región suprema,/ envuelto el campo en vapor;/ rojo el sol, y coronado/ de parda obscura diadema,/ amarillo resplandor/ en la atmósfera esparcía/ el bruto, el pájaro huía,/ y agua la tierra pedía/ sedienta y llena de ardor”.

LA ZARZA ARDIENDO

Acaso una de las referencias literarias más antiguas sea la del Viejo Testamento, cuando Moisés se encuentra en el Monte Horev apacentando el ganado de su suegro y de pronto se le aparece un ángel en forma de llama en medio de una zarza. Desde esa planta ardiente una voz misteriosa le transmite un mensaje de Dios.

Fascinado, Moisés quiere acercarse a esa voz, pero ella lo repele, le advierte que no se acerque porque hollaría de ese modo tierra santa, un reino desconocido. Aterrorizado, Moisés retrocede y se cubre la cara, para no ver a Dios o a su mensajero. El fuego es sagrado, pero atemorizador.

Esa suerte de prehistoria cristiana se vio replicada por el mito de Prometeo, de la literatura griega clásica. Prometeo era uno de los titanes a los que se adjudicó nada menos que la creación de la Humanidad y de las formas de protección frente a los dioses.

A esos hombres les había enseñado la medición del tiempo, la existencia del alfabeto, el empleo de animales domésticos y diversos secretos de la medicina, de los presagios y, nada menos, de todas las artes humanas. De allí que Prometeo sea como un eslabón que unió las épocas oscuras con el inicio de la civilización moderna. Pero para poder dominar todas las artes –dice el mito- era esencial que el hombre conociera la forma de controlar el fuego y, para lograr ello, Prometeo robó el fuego del Olimpo.

Encolerizado, Zeus decidió buscar una gran venganza y la corporizó en Pandora, una mujer que llevaba una caja cerrada en la que estaban guardados todos los males y desgracias de la vida. Prometeo sospechó, se replegó y fue, sin embargo, su hermano Epimeteo que se enamoró de Pandora, se casó con ella, abrió la caja y los males se diseminaron por el mundo.

“Hubo un tiempo en el que no había fuego en el mundo. Los hombres se morían de frío”

El furor de Zeus, sin embargo, no se había aplacado y temiendo que Prometeo pudiera derrocarlo de su trono en el Olimpo, lo hizo encadenar a una roca, en donde un águila le devoraba continuamente las entrañas, un suplicio del cual sólo podría librarse si alguien se ofreciera para sustituirlo. Esquilo, en su tragedia “Prometeo encadenado”, cuenta que Prometeo soportó el castigo sin doblegarse ante Zeus, hasta que llega Hércules, lo libera, mata al águila y hiere al centauro Quirón que es quien finalmente se ofrece para sustituir a Prometeo.

La moraleja de esa historia sería que Prometeo descubrió el valor de la civilización, de las interpretaciones para conocer la realidad y la naturaleza, generando técnicas que sirven para el desarrollo humano. Pero el mito revela, asimismo, que no hay que sobrepasar límites, más allá de los cuales la realidad se vuelve inmanejable.

ROMA

En la historia quedó patentado como “el gran incendio de Roma”, que en el 64 d. de C, con Nerón como emperador, devastó gran parte de la capital del imperio. Los historiadores y filósofos discutieron todo acerca del incendio: la autoría, sus alcances e, inclusive, si efectivamente ocurrió porque algunos de ellos –Séneca, Flavio Josefo y Plutarco, entre otros- ni lo citan.

Quema de libros en la Plaza de la Ópera en Berlín, el 10 de mayo de 1933 / Bundesarchiv, Bild 102-14597, Georg Pahl

En cuanto a la autoría, la tradición popular se lo adjudicó a Nerón, aunque para algunos investigadores el emperador se enconraba en Anzio cuando ocurrió el incendio. Es más, dicen que cuando Nerón regresó a Roma trabajó activamente en la demolición de lo que correspondía demoler, en reconstruir y en abrir refugios para los que habían quedado sin techo.

Sin embargo, algunos datos conspiraron contra Nerón: por ejemplo, en el espacio liberado por las llamas hizo construir uno de los símbolos de su megalomanía, a saber, la Domus Aurea, la Casa de Oro, un palacio de proporciones desmedidas y de gran lujo hecho en su honor, que ocupó buena parte del centro de la ciudad. Otro elemento a considerar tiene que ver con que Nerón se consideraba un buen poeta y mejor cantor, de modo que se lo eternizó tocando la lira y cantando unas letras deslucidas mientras las llamas devoraban a Roma.

Lo que sí se conoce es que Nerón hizo después lo que muchos autócratas hacen para liberarse de culpas propias: buscó chivos emisarios del incendio y les echo la culpa a los cristianos que, a partir de allí, debieron enfrentarse en condiciones desiguales con los feroces leones del Coliseo Romano

Varios siglos después se escribió, allá por el XIV, un cuento popular italiano que se titula “San Antonio, el fuego y los hombres”. La narración empieza así: “Hubo un tiempo en el que no había fuego en el mundo. Los hombres se morían de frío y fueron a pedir ayuda a San Antonio. Le dijeron que no aguantaban más; si no se ponía remedio acabarían congelados”.

De modo que San Antonio se presentó con su bastón y su cerdito ante las puertas del infierno. Pero los diablos sólo dejaron pasar al cerdito. El animal comenzó a corretear y a molestar así que le pidieron a San Antonio que entrara para buscarlo. Con el bastón el santo terminó por molestar a los diablos que arrojaron ese instrumento al fuego. Con otras artimañas el santo les demostró que si no le devolvían el bastón –cuya punta ya había entrado en combustión- no les sacaría a ese molesto cerdito de encima.

Le devolvieron el bastón y lo invitaron a que se fuera con su cerdito. El Santo regresó a la tierra con su bastón en llamas. “Y desde entonces, para la felicidad de los hombres, hubo fuego en el mundo”, finaliza el cuento. Es una de las pocas veces que el fuego encontró un final feliz en la literatura.

LO RECIENTE

En 1953, Ray Bradbury escribió su novela cumbre –“Fahrenheit 451”- en la que imaginó a una sociedad dedicada a cazar brujas, perfectamente iletrada y dispuesta a colocar a la censura en el pedestal de esa nueva “cultura”. Predijo el letargo intelectual, la indistinción y la presencia de una inquisición dueña del pensamiento.

El personaje principal, Guy Montag, es un bombero especial, que disfruta de su oficio consistente en quemar todos los libros que la gente conservaba ilegítimamente en su casa, aún cuando con posterioridad reaccionará y se dedicará a reconstruir la literatura. El incendio de los libros remite al trágico 10 de mayo de 1933 cuando profesores y estudiantes nazis irrumpieron en las bibliotecas y librerías para quemar libros en esas hogueras públicas. Los nazis buscaron no sólo purificar la sangre sino, también, la cultura de Alemania y para eso se valieron del fuego.

El tema del fuego es tratadi también en uno de los cuentos más recordados de Jorge Luis Borges: “Las ruinas circulares”. El escritor ubica al personaje en un laberinto de dioses incendiados y allí le hace soñar en que “las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”.

Un pasaje de “Fahrenheit 451”, la serie de HBO

 

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