Groenlandia contra Trump: “No queremos ser estadounidenses”
Edición Impresa | 11 de Enero de 2026 | 02:48
Groenlandia volvió a quedar en el centro de una tormenta geopolítica de alcance global. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reactivó su ofensiva discursiva para quedarse con la isla más grande del mundo y no descartó el uso de la fuerza militar para concretar su objetivo. La respuesta fue tan rápida como contundente: un rechazo absoluto que unió a toda la dirigencia política groenlandesa y encendió señales de alarma en Europa.
Trump justificó una vez más su interés en la isla al asegurar que su control es “crucial” para la seguridad nacional estadounidense, en un contexto de creciente rivalidad con Rusia y China en la región ártica. Pero esta vez fue más lejos. Durante una reunión con ejecutivos de la industria petrolera, advirtió que avanzará sobre Groenlandia “por las buenas o por las malas”.
La respuesta no se hizo esperar. Los líderes de los cinco partidos con representación en el Parlamento de Groenlandia —incluidas las fuerzas que integran el gobierno y la principal oposición— difundieron una declaración conjunta con un mensaje inequívoco: “No queremos ser estadounidenses, no queremos ser daneses, queremos ser groenlandeses”.
El documento marcó un hecho político inusual por su nivel de consenso y cerró filas frente a Washington. “El futuro de Groenlandia debe ser decidido por los groenlandeses”, afirmaron, descartando de plano cualquier negociación sobre una posible anexión.
La declaración también incluyó al partido opositor que impulsa una rápida independencia de Dinamarca, lo que dejó en claro que, más allá de las diferencias internas, la línea roja frente a Estados Unidos es compartida por todo el arco político.
miedo a una nueva colonización
El rechazo no se limita a la dirigencia. En las calles de Nuuk, la capital del territorio ártico, el clima es de indignación y desconfianza. “¿Estadounidenses? ¡No! Ya hemos sido colonia durante muchos años. No queremos convertirnos otra vez en una colonia”, dijo Julius Nielsen, un pescador de 48 años.
Groenlandia fue colonia danesa hasta 1953 y recién en 1979 obtuvo su autonomía. Para muchos habitantes, la idea de pasar de una tutela a otra despierta viejos fantasmas históricos.
“Creo que la relación con Dinamarca funciona bien”, sostuvo Inaluk Pedersen, una vendedora de 21 años. Pero advirtió que “la injerencia de Estados Unidos está perturbando las relaciones y la confianza”. Una sensación que se repite entre jóvenes y adultos, que ven con preocupación cómo la isla vuelve a ser tratada como una pieza más del tablero global.
Europa en alerta
y la OTAN en jaque
Las amenazas de Trump no solo inquietan a Groenlandia. Dinamarca y varios aliados europeos expresaron su alarma ante la posibilidad de un conflicto de consecuencias imprevisibles. Según un sondeo publicado por la agencia danesa Ritzau, el 38,3% de los ciudadanos daneses cree que Estados Unidos podría llegar a invadir Groenlandia durante la presidencia de Trump.
La preocupación no es menor. Dinamarca, incluida Groenlandia, es miembro de la OTAN, y una anexión forzada de la isla por parte de Estados Unidos supondría una fractura histórica en la Alianza Atlántica.
La primera ministra danesa, Mette Frederiksen, fue tajante: una toma norteamericana de Groenlandia acabaría con “todo”, en referencia al sistema de seguridad construido tras la Segunda Guerra Mundial.
Rusia, China
y la excusa estratégica
Desde la Casa Blanca, el discurso se sostiene en la rivalidad con Moscú y Pekín. Trump reiteró que no permitirá que “Rusia o China ocupen Groenlandia”, aunque ninguno de los dos países ha reclamado formalmente el territorio.
Tanto Nuuk como Copenhague rechazan ese argumento. “No estamos de acuerdo con la idea de que Groenlandia estaría inundada de inversiones chinas”, afirmó esta semana el canciller danés, Lars Løkke Rasmussen, al desmontar uno de los principales ejes de la narrativa estadounidense.
El trasfondo es aún más delicado. Desde 1951 existe un acuerdo de Defensa entre Estados Unidos y Dinamarca que otorga amplias facultades a las fuerzas norteamericanas en Groenlandia, previo aviso a las autoridades locales. Washington mantiene allí una base militar desde la Segunda Guerra Mundial, clave para su sistema de defensa en el hemisferio norte.
Ese acuerdo, sin embargo, no habilita una anexión ni el uso unilateral de la fuerza, lo que vuelve aún más explosivas las declaraciones del presidente estadounidense.
El dilema de Trump
En una entrevista publicada esta semana por The New York Times, Trump reconoció que probablemente deba elegir entre preservar la integridad de la OTAN o avanzar sobre el control del territorio ártico. Una definición que sacudió a las cancillerías europeas y dejó en evidencia la magnitud del conflicto.
En este contexto, el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, se reunirá la próxima semana con el ministro de Relaciones Exteriores de Dinamarca y representantes de Groenlandia para abordar la crisis y tratar de descomprimir la tensión.
Mientras las potencias miden fuerzas, la población de Groenlandia parece tener una postura clara. En enero de 2025, el 85% de los habitantes se manifestó en contra de formar parte de Estados Unidos, según un sondeo publicado en la prensa local. Apenas el 6% se mostró favorable a esa opción.
Un dato que refuerza el mensaje que hoy resuena desde el Ártico hacia el mundo: Groenlandia no quiere ser moneda de cambio ni botín geopolítico. Quiere decidir su destino por sí misma, aun cuando la presión provenga de la mayor potencia del planeta.
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