Advierten por recesión en la industria láctea

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“La escena no se explica con planillas macro ni con gráficos de inflación. Se ve en los locales vacíos, en los precios que no se mueven y en la mercadería que no espera”. Así describió Gabriela Benac el presente de la industria láctea, desde su doble rol de productora y comerciante, al frente de una empresa con base en Azul que atraviesa el mismo deterioro que buena parte del sector.

Con una historia familiar ligada al rubro y experiencia previa en el comercio minorista en Necochea, Benac consolidó en los últimos años una red de cerca de 70 puntos de venta. Ese entramado hoy se encuentra en retroceso. La caída del consumo obligó a reabsorber franquicias que dejaron de ser viables, una señal clara del enfriamiento que afecta a las Pymes alimenticias, aun en un contexto de estabilidad cambiaria y menor inflación.

Según relató, el orden macroeconómico trajo previsibilidad, pero no reactivó la demanda. Los precios quedaron inmóviles durante meses sin que eso implicara alivio en los costos. “Hace siete meses que no se pueden subir valores porque no hay demanda”, explicó, y aclaró que la baja de precios en algunos productos respondió a la necesidad de vender, no a una mejora estructural de la ecuación productiva.

La presión cotidiana se concentra en varios frentes. Los alquileres continúan en alza, las comisiones de tarjetas y billeteras se cobran sobre el total facturado, el transporte se encarece con el combustible y la carga impositiva impacta de lleno sobre el empleo formal. En la industria láctea, además, la lógica financiera choca con una limitación básica: la producción no se puede frenar. La leche entra todos los días y el queso tiene vencimiento.

El último año profundizó esa tensión. Las lluvias impulsaron la producción primaria y generaron un mayor volumen de leche, mientras el consumo se debilitó por la pérdida de poder adquisitivo. El resultado fue sobrestock y una competencia de precios que llevó a vender por debajo de los costos. En Luz Azul, el queso cremoso llegó a registrar bajas cercanas al 20%, sin lograr una recuperación sostenida de las ventas.

La estacionalidad tampoco jugó a favor. Por segundo año consecutivo, el esquema de producir en primavera para vender en invierno falló, y la exportación no funcionó como válvula de escape ante precios internacionales poco atractivos. En ese marco, el debate salarial quedó atrapado entre la necesidad de recomponer ingresos y los límites de las empresas.

Benac puso números sobre la mesa: un empleado de comercio percibe cerca de $1 millón en mano, mientras la empresa desembolsa unos $700.000 adicionales en cargas sociales.

 

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