Ocurrencias: los uruguayos vuelven a la carga para poder quedarse con Gardel

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Alejandro Castañeda

afcastab@gmail.com

Los revisionistas tienen eso: revuelven tanto, que al final son capaces de encontrar lo que nunca sucedió. Los uruguayos, ansiosos por ratificar su linaje tanguero, ahora aportaron un nuevo documento sobre el manoseado lugar y fecha de nacimiento de Carlos Gardel. Trece años atrás habían sacudido las entrañas arrabaleras del porteño asegurando que el Morocho del Abasto había nacido en la otra orilla, en Tacuarembó, incluso dicen haber conseguido un boletín de su paso por una escuelita de esa ciudad. La cosa, en su momento, no fue más allá de ser otro abordaje deshilachado sobre una polémica pintoresca que de alguna manera prolonga el fantasma de un Gardel que nunca muere porque siempre parece estar naciendo. Los de la escuelita se la tomaron tan en serio, que en cualquier momento van a encontrar el guardapolvo de la maestra y el carnet de socio de Peñarol.

Es indudable que Carlitos, como todo mito, contribuyó a enredar su vida para darle más longevidad a su leyenda. Jamás se metió con su árbol genealógico ni con su país natal, jamás dio fechas y nombres que permitieran conocer su nacimiento. Para la biografía oficial no está en duda el lugar de nacimiento, Toulouse, y el año, 1890; tiran al canasto un pasaporte uruguayo y un acta de 1915 que hasta lo da nacido en La Plata. Eso sí, no se meten con el artista, sino que desandan los pasos para ir más atrás y ubicarlo, en sus primeras andanzas riesgosas en el Abasto, cuando callejeaba y estaba más cerca de “Arrabal amargo” que de “Mi Buenos Aires querido”.

La noticia reciente la dio la Comisión Gardel Rioplatense (CGR), integrada por investigadores y gestores culturales de Uruguay y Argentina. El 8 de octubre de 1920 –aseguran- Carlos Gardel obtuvo en el Consulado de Uruguay en Buenos Aires un documento que certifica que había nacido en Tacuarembó, Uruguay, el 11 de diciembre de 1887, que era hijo de ciudadanos uruguayos, artista y soltero”.

No solo lo transforma en uruguayo desde la cuna sino que encima lo hace tres años más viejo, porque el acta de Toulouse dice que es un francés que llegó al mundo en 1890 y que unos pocos años después junto a su madre, Berta Gardés, se aquerenció en el Abasto porteño.

La pregunta sin solución vuelve a dar vueltas: ¿Dónde nació? ¿Recién en 1920, treinta años después de tomar la teta de doña Berta, Carlitos declaraba en Buenos Aires que era ciudadano uruguayo? ¿Cómo aguantó ese boletín escolar permanecer escondido dos siglos? Para otros historiadores, que lo tienen al morocho en esa época transitando oficios prohibidos y hasta calabozos, la eventual decisión de declarar otra nacionalidad se explica por la reiterada pretensión del artista de borrar huellas y dejar su intimidad y su ayer en zona de misterio.

La historia popular se empeña en adjudicarle a Gardel el valor de un mito incuestionable. Su nombre ya es un adjetivo: ser Gardel, en lo que sea, no es un título nobiliario sino un reconocimiento naturalizado que sugiere lo máximo en cualquier disciplina. Es tan largo y sostenido su reinado, que ha desafiado épocas, modas, escribanías y hasta ideologías. Desde el más allá, sus tangos siguen despertando admiraciones compartidas y duraderas. Y tiene, como todo ídolo, una biografía con secretos y vacíos que le añade interrogantes a una existencia donde brilla el artista y se opaca el hombre.

El zorzal criollo es como un comodín de uso múltiple que en el mazo sirve para convocar fantasmas y leyendas. Si lo del consulado gana fuerza, tendremos que rehacer toda su biografía. Y entonces, a esa mamá querida que lavaba ropa en Abasto, habrá que cambiarle el fuentón y aportarle algún souvenir de Tacuarembó. Ahora que las invasiones se han puesto de moda, los gardelianos porteños ya salieron a reconfirmar pruebas para desmentir esta atropellada uruguaya. Y volvió a escena la documentación que muestra, a este francés aporteñado, como nacido en Toulouse y muerto en Medellín, salvo que el revisionismo uruguayo diga que el funebrero era de Paysandú.

Gardel, como vemos, da para todo. Sin duda, las fábulas y los mitos necesitan de imaginación y exageraciones para poder construir una suerte de historia paralela, de esas que no necesitan datos para ser creíbles. Lo indudable es que su figura se perpetúa como un ángel tanguero que en plena gloria murió quemado, dejando las cenizas de una idolatría que el tiempo no puede ni quiere apagar. El sabía que esto de negarse a recordar cómo, dónde y cuándo vino al mundo, iba a despertar polémicas. Por eso siempre cantaba aquello de “tengo miedo del encuentro/ con el pasado que vuelve/ a enfrentarse con mi vida”.

Su magia, que está más allá de todo papelerío, se inmortalizó enteramente en un poema de Humberto Costantini: “Gardel, para mí lo inventamos/ Seguramente fue una tarde de domingo,/ con mate, con recuerdos, con tristeza/ Nos dijimos: ´Hagamos, pues, un Dios a semejanza/ de lo que quisimos ser y no pudimos./ Démosle lo mejor/ lo más sueño y más pájaro/ de nosotros mismos./ Inventémosle un nombre, una sonrisa/ una voz que perdure por siglos´./ Y claro, lo deseamos y vino./ Y nos salió glorioso, engominado/ eterno como un Dios o como un disco”.

Al dicho de que “cada día canta mejor”, ahora habrá que agregarle “cada día renace mejor”.

 

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