El día que la NASA bajó del espacio a un astronauta enfermo: un viaje de novela
Edición Impresa | 16 de Enero de 2026 | 01:51
Durante más de dos décadas, la Estación Espacial Internacional funcionó como un laboratorio suspendido a 400 kilómetros de la Tierra, habitado de manera ininterrumpida por astronautas de distintos países. Allí arriba, todo está previsto: los experimentos, los turnos, las caminatas espaciales, incluso las emergencias. Pero hay un límite que la tecnología todavía no logra borrar del todo: la salud humana lejos del planeta.
Ese límite se hizo visible cuando la NASA tomó una decisión inédita en la historia de la estación: acortar una misión en curso y ordenar el regreso anticipado de toda una tripulación por el problema médico de uno de sus integrantes. No fue una emergencia repentina ni un rescate desesperado. Fue, como la definieron los propios funcionarios, una “evacuación médica controlada”. La primera.
La secuencia comenzó el 7 de enero, cuando uno de los cuatro miembros de la misión Crew-11 presentó un problema de salud a bordo del complejo orbital. La situación no fue crítica en el momento: el astronauta estaba estable, consciente y bajo monitoreo permanente. Sin embargo, la combinación de dos factores encendió las alarmas en Houston: la imposibilidad de llegar a un diagnóstico certero en órbita y la limitada capacidad médica de la estación.
En la EEI hay medicamentos, ecógrafos, desfibriladores y tripulantes entrenados como paramédicos. Pero no hay tomógrafos, resonadores ni laboratorios complejos. Tampoco hay margen para sostener una duda prolongada. “El riesgo y la incertidumbre persistente sobre cuál es exactamente el diagnóstico nos llevaron a esta decisión”, explicó James Polk, jefe médico de la NASA.
Evaluaciones y el regreso
El primer efecto concreto fue la cancelación de una caminata espacial prevista para el día siguiente. El segundo, más profundo, fue la evaluación de una alternativa que nunca antes se había aplicado: adelantar el regreso completo de la tripulación para garantizar atención médica en la Tierra.
El miércoles por la tarde, las escotillas entre la cápsula Crew Dragon de SpaceX y la estación se cerraron definitivamente. A las 22.20 GMT, la nave se desacopló del laboratorio orbital, dejando atrás una estación que quedó momentáneamente con solo tres tripulantes a bordo: un estadounidense y dos cosmonautas rusos.
Comenzaba entonces una larga espera en órbita. Durante más de nueve horas, la cápsula voló alrededor del planeta, alineándose con la ventana precisa que permitiría el regreso. No había margen para improvisaciones: el descenso debía seguir los protocolos estándar, sin modificaciones especiales, aun con un tripulante enfermo.
Finalmente, un encendido de motores de trece minutos inició la caída hacia la atmósfera. El reingreso convirtió a la cápsula en una estela luminosa visible desde la costa de California. Luego se desplegaron los paracaídas.
A las 3.41 de la madrugada, hora del Este, la Dragon amerizó en aguas tranquilas del Pacífico, frente a San Diego. Alrededor de la cápsula, mientras los equipos de recuperación se acercaban, un detalle inesperado quedó registrado por las cámaras: un grupo de delfines nadando en círculos, como escoltando el final de una misión que no estaba destinada a terminar así.
Uno por uno, los astronautas fueron ayudados a salir de la nave. Ninguno caminó por sus propios medios, como es habitual tras meses en microgravedad. Fueron colocados en camillas reclinables y sometidos a los primeros controles médicos. Saludaron a las cámaras.
“Están bien, están de buen ánimo”, dijo el administrador de la NASA, Jared Isaacman, que siguió toda la operación desde el Centro de Control de Misión en Houston, acompañado por las familias de la tripulación.
Del océano al hospital
A diferencia de otros regresos, no hubo ceremonias ni traslados inmediatos a la base habitual en Texas. La NASA había decidido que los cuatro astronautas fueran llevados directamente a un hospital en el área de San Diego, incluso organizando vuelos en helicóptero desde el barco de recuperación.
Mantener al grupo unido fue también una forma de preservar la privacidad del tripulante afectado, cuya identidad y diagnóstico no fueron revelados.
La misión Crew-11 había comenzado en agosto y estaba prevista hasta mediados de febrero. En total, sus integrantes pasaron 167 días en el espacio. Ahora, la estación funcionará durante algunas semanas con personal reducido, hasta el lanzamiento de la próxima tripulación, que la NASA intenta adelantar.
“Fue una decisión correcta, aunque tenga un punto agridulce”, reconoció Mike Fincke, uno de los astronautas. Nadie habló de fallas ni de errores. La agencia insistió en que no se trató de una emergencia y que los preparativos de la caminata espacial no provocaron el problema médico.
El límite humano, incluso en el espacio
Lo ocurrido deja una marca. Por primera vez, la continuidad de la presencia humana en la Estación Espacial Internacional fue alterada por una razón que no responde a fallas técnicas ni a riesgos externos, sino a la fragilidad del cuerpo humano lejos de la Tierra.
También abre preguntas hacia el futuro. En la EEI, un regreso puede organizarse en horas. En la Luna, y más aún en Marte, esa posibilidad no existirá. La medicina espacial, coinciden los expertos, deberá volverse más autónoma, más predictiva y más capaz de actuar sin apoyo inmediato desde el planeta.
Mientras tanto, la cápsula ya fue recuperada, la estación sigue girando sobre la Tierra y, en un hospital de California, un astronauta atraviesa estudios médicos que no podían realizarse a 400 kilómetros de altura.
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