Otro capítulo de la pelea en el PJ, una foto que hizo ruido y la historia reciente que incomoda

José Picón

En el peronismo bonaerense, está a punto de ingresar en un punto crítico otra de sus disputas internas que, en este caso, mezcla condimentos políticos e institucionales. Una vez más, Axel Kicillof aparece envuelto en una pulseada fuerte con la Cámpora. Ahora no es el control del partido el detonante de un escenario de tensión que se ha vuelto permanente: la disputa tiene que ver con el manejo de resortes de poder en el Senado.

Ese conflicto lleva meses sin resolverse, un síntoma por demás claro de que la pelea interna sigue intacta. Kicillof no está dispuesto a ceder la vicepresidencia primera de la Cámara; el kirchnerismo ya se la prometió al ex intendente de José C. Paz, Mario Ishii. No se trata de un cargo menor: quien ocupe ese lugar estará en la línea de sucesión del Gobernador.

La distribución interna del bloque de Unión por la Patria es claramente favorable al andamiaje K y sus aliados. De los 24 senadores, 18 reportan a ese esquema y Kicillof apenas si puede mostrar una tropa menguada de 6. Acaso esa geografía haya impulsado a Ishii, hacia finales de noviembre, a recorrer cuál sería su despacho convencido de que su designación sería un trámite.

El hombre del poncho, que supo ser un aliado del mandatario bonaerense (cobijó en la Universidad de José C. Paz a varios de los actuales funcionarios axelistas) pero que en el último tramo del armado de listas para los comicios de septiembre viró hacia el kirchnerismo, acaso olvidó un detalle clave: el cargo que ambiciona debe ser aprobado por el plenario del Senado.

Para Kicillof, dejar en manos de un aliado K la vice primera de la Cámara alta es un problema. O un riesgo, depende de cómo se lo mire. En esta cuestión se cruzan varias cuestiones. Una de las principales tiene que ver con la propia marcha del Gobierno bonaerense. Embarcado en la construcción de su candidatura nacional, el mandatario bonaerense prevé que deberá salir del país para tomar contacto con líderes de otros Estados. En ese caso, debería ser suplantado por la vicegobernadora Verónica Magario, la presidenta del Senado. Ante esa eventualidad, la Cámara alta quedaría en manos del vicepresidente primero.

La resistencia se explica, claramente, en las desconfianzas. Por eso en la Gobernación insisten en promover para el cargo a la senadora Ayelén Durán, una ex camporista traída a las costas del kicillofismo por el ministro de Desarrollo de la Comunidad, Andrés “Cuervo” Larroque.

Esa pulseada viene trabando el funcionamiento del Senado desde hace casi tres meses. El próximo jueves está citada una sesión para intentar llegar a un acuerdo. Por ahora, ninguno cede. Algunas versiones indican que el sector del Gobernador podría proponer otro nombre en procura de acercar posiciones. Ishii, mientras tanto, también resiste.

Un capítulo aparte es la presidencia del bloque oficialista, cargo para el que el kirchnerismo empuja a Sergio Berni. El ex ministro de Seguridad se alejó hace rato de Kicillof y juega su propio juego mientras desafía cada vez que puede a Magario hasta en los pequeños detalles. Para muestra, basta un botón. Por cortesía y estilo, cuando se dirigen a la titular de la Cámara los senadores la mencionan como “señora presidenta”. Berni es el único que lo hace como “señora Verónica”.

Ese muestrario de tensiones se cruzan con otras por fuera de la Legislatura. Un foto que se difundió en las últimas horas hizo ruido: es la que mostraba al ministro de Trabajo bonaerense, Walter Correa, con el senador misionero Alberto Arrúa que data de algunos días en una reunión en la que se habría hablado de la construcción nacional del mandatario bonaerense. La incomodidad kicillofista se hizo manifiesta: Arrúa fue uno de los legisladores que terminó apoyando la reforma laboral impulsada por el presidente Javier Milei, un proyecto demonizado por Kicillof.

La viralización de esa juntada desató las previsibles suspicacias y alimentó las sospechas del kicillofismo. Desde ya hace un tiempo cerca del Gobernador acuñaron una definición para señalar el supuesto operativo de desgaste del kirchnerismo sobre una candidatura presidencial propia. “Nos quieren larretizar”, sostienen.

 Horacio Rodríguez Larreta parecía un presidente puesto, pero la feroz interna que se desató en Juntos por el Cambio y la irrupción de Milei lo dejaron con las manos vacías y un sueño trunco. Kicillof, que parece correr solo por el lado del peronismo, observa los desafíos que le plantea el kirchnerismo en el espejo del ex alcalde porteño.

pj

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