Amor en diagonal y bajo el sol santiagueño

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Vivo en La Plata, en un departamento chico con balcón mínimo y vista a las diagonales que siempre parecen llevar a algún lado aunque una no se mueva. A la tarde, cuando el sol cae detrás de la silueta inmensa de la Catedral de La Plata, me preparo un té y espero el sonido de una notificación que llega desde lejos. Desde La Banda, para ser exacta. Desde el calor espeso, las chicharras y las siestas largas.

Con él nunca nos vimos. Nunca nos veremos. Lo hablamos al principio, como quien establece una condición esencial para que algo funcione. Nos conocimos una madrugada en un foro de música, cuando yo no podía dormir y él tampoco. Empezamos hablando de canciones tristes y terminamos contándonos cosas que no le contamos a nadie: miedos pequeños, decepciones antiguas, la forma en que cada uno sobrevive a los lunes.

Yo trabajo corrigiendo textos y paso el día ordenando palabras ajenas. Con él, en cambio, las palabras me salen sin esfuerzo. Me manda audios donde se filtra el sonido del ventilador girando sin descanso y, a veces, el eco de una chacarera que suena en alguna reunión familiar. Yo le envío fotos de las veredas mojadas después de la lluvia, de los tilos en flor, de mi taza de café apoyada contra la baranda del balcón.

Nunca hicimos planes de viaje. No fantaseamos con una terminal ni con un abrazo demorado. Nos gusta así: cada uno en su ciudad, sosteniendo este puente invisible que no exige cuerpos. Hay algo en la distancia que me da calma. No tengo que preguntarme cómo me queda el pelo ni si mi silencio incomoda. Soy, simplemente, lo que escribo y lo que digo.

A veces me pregunto cómo sería escucharlo reír en la misma habitación. Y enseguida descarto la idea. Si nos viéramos, quizás perderíamos esto que es tan nuestro: la intensidad sin rutina, la cercanía sin desgaste. Entre La Plata y La Banda hay kilómetros de ruta y un mapa entero, pero también hay una certeza diaria.

No sé si esto es amor en el sentido clásico. Sé que cada noche, antes de apagar la luz, releo sus mensajes y sonrío. Sé que, en algún punto del norte, alguien piensa en mí cuando el calor no lo deja dormir. Y, por ahora, eso me alcanza.

 

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