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Además de escritora, la autora es actriz y directora de teatro
La primera novela de Romina Paula se construye sobre una pregunta que parece simple pero que atraviesa toda la experiencia emocional de la juventud: ¿es posible ser querido tal como uno es? En “¿Vos me querés a mí?” (2005), esa inquietud adopta la forma de la voz de Inesia, una joven de veintitrés años que habla sin descanso: con sus amigos, con su familia, con su psicóloga y, sobre todo, consigo misma.
La novela se sostiene sobre una arquitectura narrativa que alterna entre el flujo de conciencia y el diálogo. Allí se revela una de las mayores virtudes de Paula: su capacidad para capturar la oralidad contemporánea con una precisión notable. Los diálogos suenan reales, espontáneos, reconocibles; parecen transcripciones directas del habla cotidiana de los jóvenes urbanos, universitarios, inmersos en un mundo emocional saturado de preguntas y temores.
Sin embargo, el corazón de la novela no está solo en lo que se dice sino en cómo se piensa. Inesia habita una edad en la que el futuro aparece como una amenaza más que como una promesa. La vida adulta se vislumbra como una sucesión de obligaciones y pérdidas, y el amor —ese “cruel invento”— surge como una fuerza contradictoria que promete plenitud pero también expone fragilidades.
Uno de los aspectos más logrados del libro es la relación con las figuras mayores, especialmente las abuelas. En esos encuentros, la novela abandona la ansiedad juvenil para abrirse a reflexiones sobre el tiempo, la vejez y la memoria. Es allí donde la escritura alcanza algunos de sus momentos más conmovedores: cuando la protagonista confronta la fragilidad del cuerpo y la persistencia de los afectos.
La aparente dificultad de algunos pasajes iniciales, donde el pensamiento se vuelve laberíntico, parece responder a una decisión estética: la mente joven no se ordena fácilmente, y la escritura reproduce esa turbulencia. A medida que avanza la novela, la voz de Inesia se aclara, se vuelve más directa, como si el propio acto de narrar fuera una forma de aprendizaje emocional.
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Es una novela sobre el deseo de ser visto y aceptado en un mundo que exige definiciones constantes. Un retrato agudo de una generación que busca su lugar mientras aprende a nombrar sus emociones.
En “Agosto” (2009), Romina Paula abandona el escenario urbano juvenil para construir una novela atravesada por el regreso y la memoria. Emilia, la protagonista, viaja desde Buenos Aires hacia su Patagonia natal para participar en el ritual de esparcir las cenizas de Andrea, una amiga cuya muerte permanece rodeada de incertidumbre.
Desde su primera línea, la novela instala un clima inquietante: no se trata de un viaje hacia el futuro sino hacia un pasado que insiste en reaparecer.
Emilia escribe una extensa carta dirigida a la amiga muerta, una interlocutora imposible que se convierte en el eje emocional del relato.
Ese gesto narrativo —hablarle a quien ya no está— otorga a la novela una intimidad singular, como si el lector accediera a un espacio mental reservado.
El paisaje patagónico funciona como una presencia constante. No es solo un fondo geográfico sino un escenario emocional donde resurgen recuerdos de la infancia y la adolescencia.
De esta manera, la protagonista se reencuentra con su padre, con antiguas amistades y con Juli, un amor adolescente que despierta deseos dormidos y cuestiona su relación actual.
Pero lo más potente de Agosto reside en aquello que no se explica. La muerte de Andrea permanece rodeada de interrogantes: ¿se suicidó? ¿Fue víctima de violencia? ¿Existió entre ambas una relación amorosa? La novela nunca responde de manera directa. Esa ambigüedad se convierte en su motor narrativo y en su mayor fuerza estética.
La escritura de Paula alcanza aquí una madurez notable. La oralidad que dominaba su novela anterior se transforma en una voz más introspectiva, que oscila entre el monólogo interior y la apelación a una segunda persona imaginaria. El resultado es una prosa vertiginosa que combina la intensidad emocional con una atmósfera de misterio persistente.
Agosto es, en última instancia, una novela sobre el duelo y la imposibilidad de cerrar ciertas heridas. Un viaje que no ofrece redención sino conciencia: la de que el pasado no se abandona nunca del todo.
Con “Acá todavía” -publicada en 2019-, Romina Paula consolida un universo narrativo donde la intimidad se vuelve escenario principal y las decisiones parecen siempre postergadas. La novela sigue a Andrea, una mujer treintañera que acompaña la agonía de su padre en una clínica mientras atraviesa un embarazo inesperado.
Desde el inicio, el relato instala un espacio cerrado: la habitación hospitalaria se convierte en el centro del mundo.
Allí, el tiempo se suspende entre partes médicos, visitas familiares y horas interminables de espera.
La narradora se desplaza por los pasillos del hospital con una mezcla de resignación y extrañeza, como si observara la vida desde un umbral incierto.
La enfermedad del padre constituye el eje emocional de la primera parte. La protagonista se aferra a recuerdos del hombre fuerte que fue, negándose a aceptar su fragilidad presente.
Esa resistencia revela uno de los rasgos más característicos de la escritura de Paula: sus personajes no actúan con certeza sino desde la vacilación.
La segunda parte introduce un movimiento inesperado: el viaje hacia Uruguay, donde la narradora intenta reconstruir su propia identidad tras la muerte del padre.
Así, el embarazo -el potencial nacimiento de un ser- funciona como contracara de la agonía: mientras una vida se extingue, otra comienza a gestarse.
Sin embargo, lejos de ofrecer respuestas tranquilizadoras, la novela insiste en el desconcierto.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es su exploración del lenguaje. La narración adopta registros coloquiales, preguntas constantes y frases que parecen expandirse en múltiples direcciones.
Esa forma fragmentaria refleja el estado emocional de Andrea, atrapada entre el duelo y el deseo, entre la necesidad de decidir y la tentación de permanecer inmóvil.
Acá todavía puede leerse como el retrato de una generación marcada por la incertidumbre. Una generación que aprende a convivir con la duda, transformándola en refugio y, a la vez, en obstáculo.
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