Tres meses para saldar una vida de rencor
Edición Impresa | 1 de Marzo de 2026 | 02:15
Hay veranos que no se olvidan, aunque duelan. Hay recuerdos que uno intenta sepultar bajo capas de trabajo, silencio y distancia, pero que regresan cuando la vida se detiene. En El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, la escritora moldava Tatiana Țîbuleac construye una de esas historias que arden en la memoria: el relato descarnado de un hijo que odió a su madre hasta que comprendió que estaba a punto de perderla.
La novela está narrada por Aleksy, un pintor que atraviesa un bloqueo artístico tan profundo como su propia herida emocional. Es su psiquiatra quien le sugiere un ejercicio incómodo: volver al último verano que pasó con su madre, muchos años atrás, en un pequeño pueblo costero del sur de Francia. Lo que comienza como una estrategia terapéutica se convierte en un viaje brutal hacia el núcleo de su resentimiento.
Aleksy no disimula su odio. Desde las primeras páginas, la voz narrativa es filosa, rabiosa, por momentos cruel. Acusa a su madre de haberlo rechazado, de no haber sabido contenerlo, de haber sido incapaz de sostener a la familia tras la muerte de su hermana. Esa pérdida, la desaparición de la niña, es la grieta original que partió a todos. La tragedia no sólo dejó un vacío: dejó reproches, culpas y un silencio que se volvió insoportable.
Pero ese verano tiene una condición que lo cambia todo. La madre está gravemente enferma. El viaje a Francia no es un descanso ni una escapatoria: es una despedida encubierta. Ambos lo saben, aunque no siempre lo digan. La inminencia de la muerte instala una tensión constante, una urgencia por resolver lo que nunca se resolvió.
Durante tres meses, madre e hijo conviven en un espacio casi aislado del mundo. Discuten, se hieren, se desafían. El rencor acumulado durante años no desaparece de un día para otro.
Sin embargo, en medio de esa violencia verbal, empiezan a filtrarse gestos inesperados: una mirada distinta, un silencio compartido, una confesión que abre una grieta en la coraza del odio.
Țîbuleac no ofrece una reconciliación edulcorada. El proceso es áspero, lleno de contradicciones. Aleksy comienza a ver a su madre como una mujer vulnerable, atravesada por su propia historia de pérdidas y limitaciones. La figura monstruosa que había construido en su memoria empieza a resquebrajarse. Entiende que el rechazo que sintió no fue necesariamente crueldad, sino también incapacidad, dolor, desborde.
La prosa es directa, intensa, por momentos casi brutal. No hay concesiones al sentimentalismo. La autora expone la fragilidad de los vínculos maternofiliales sin suavizar el conflicto. El amor no aparece como un sentimiento puro, sino como algo que convive con la rabia, la impotencia y la culpa. Ese es uno de los grandes aciertos de la novela: mostrar que el perdón no es olvido, sino comprensión.
En ese último verano, Aleksy aprende a mirar a su madre de otra manera. El título alude precisamente a esa transformación: cuando finalmente logra verla con ojos verdes —es decir, con una mirada nueva, menos contaminada por el resentimiento— algo se desbloquea en él. No sólo en su relación con ella, sino también en su identidad y en su capacidad de crear.
El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes se consolida así como una poderosa exploración del duelo y la reconciliación tardía. Es la historia de un hijo que, enfrentado a lo inevitable, baja las armas y se anima a hacer las paces. Una novela que entrelaza vida y muerte con una intensidad poco común y que confirma a Tatiana Țîbuleac como una de las voces más impactantes de la literatura europea contemporánea.
El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes
Tatiana Țîbuleac
Editorial: Impedimenta
Páginas: 256
Precio: $45.500
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