Platenses reconocen que comen cada vez peor en el trabajo, en gran medida por los costos

Un estudio de la UCA revela que más del 80 por ciento de los asalariados enfrenta privaciones alimentarias: eligen opciones menos nutritivas por los precios, se saltan comidas o las ingieren muchas veces en soledad, apurados o en el escritorio. Testimonios de vecinos de la Ciudad sobre esta problemática que va en aumento

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Alejandra Castillo

alecastillo95@hotmail.com

En la rutina laboral de muchos platenses, la pausa para comer se parece cada vez más a un trámite a resolver rápido, de manera solitaria y al menor costo posible, con el impacto nutricional que eso implica. Un informe del Observatorio de la Deuda Social de la UCA, en colaboración con Edenred, puso cifras a una realidad que se extiende por todo el país: solo el 16,5% de los asalariados formales está libre de privaciones alimentarias; más de ocho de cada diez trabajadores enfrenta restricciones a la hora de alimentarse en su jornada laboral y casi uno de cada cuatro (22,6%) directamente no come durante el día de trabajo.

Los motivos no son solo económicos, aunque predominan. El 61,1% admite saltarse comidas -con picos entre los jóvenes de 18 a 29 años (70,7%)- y el 78,5% reconoce elegir alimentos menos nutritivos por razones de costo.

Esa resignación se agudiza entre los salarios más bajos: entre quienes cobran menos de $800.000, el porcentaje sube al 86,7%. Más grave todavía es que el 56,2% sufre doble privación -no siempre almuerza en el espacio laboral y, además, opta por productos de menor calidad-, un núcleo crítico que concentra a los jóvenes, mujeres, trabajadores no calificados, empleados públicos y residentes de regiones más postergadas como NEA y NOA.

La organización del tiempo y la infraestructura del lugar de trabajo también moldean las decisiones. Solo el 32% de las empresas dispone de comedor, mientras que el 54% tiene algún equipamiento (microondas, heladera). Cuando existe comedor, lo usa el 60,6% de quienes comen en el trabajo; aun así, el 41,5% lo hace en su escritorio, incluso si hay un espacio asignado para ello. Comer frente a la computadora -lo hace más de la mitad (53,1%)- o en la calle (24%), ya es parte de la rutina. La consecuencia: la comensalidad se erosiona; uno de cada tres (32,3%) almuerza en soledad, sobre todo mujeres mayores que trabajan en forma virtual o en pequeñas empresas.

“LA ECONOMÍA CONDICIONA MUCHO LA ELECCIÓN”

La licenciada en nutrición platense Victoria Garbarini lo observa a diario: “Me consultan por viandas y hasta me mandan fotos de las que compran para saber si están equilibradas”. Reconoce que comer fuera de la casa es complicado porque “hay mucha oferta de empanadas, pizzas o sandwiches, pero poca de comidas saludables. Y, las que hay, son bastante costosas. Creo que la economía de cada uno condiciona mucho la elección de lo que consumimos en el trabajo”.

Para Garbarini, el contexto no es un asunto menor. Es que comer rápido, frente a la pantalla o en la calle altera la digestión y favorece malestar -distensión, pesadez, cansancio- y malos hábitos que, acumulados, inciden en el aumento de peso. El estudio lo refleja: casi la mitad (48,2%) califica su dieta como poco saludable, y los índices de sobrepeso y obesidad son altos; un IMC (índice de masa corporal) de 30 o superior aparece con mayor frecuencia en quienes no hacen la pausa para comer, no tienen infraestructura y eligen alimentos poco nutritivos.

“LA OFERTA ES ESCASA Y FALTAN PROTEÍNAS”

Los testimonios platenses ilustran cómo se traducen esos porcentajes en vidas cotidianas. Eliana, por ejemplo, cocina tartas y guarniciones para llevar en tupper: “Si tengo que comprar, busco viandas saludables, pero la oferta es escasa; me falta proteína”.

Analía, una empleada pública con antecedentes de obesidad y jornada hasta las 14 horas, desayuna y almuerza en el trabajo por cuestiones de tiempo; admite priorizar costo y resignar calidad: “Si a las ensaladas las multiplicás por los días es un monto importante”. Mariana, que es psicóloga, paga entre $5.000 y $7.000 diarios cuando compra comida fuera; Luciana y su marido, en tanto, diseñaron un plan alimentario para sostener la dieta porque él es celíaco, pero reconoce que ante la falta de home office ella compra medialunas: “Un desastre”, acota. Natalia cocina cuando llega a casa, pero paga hasta $9.000 por viandas una vez por semana; Virginia, que necesita comida sin gluten, dice que “las viandas sin gluten son carísimas y repetitivas”. José incorporó fruta para reemplazar galletitas; María Eugenia y Eleonora cocinan de más para ahorrar y controlar la sal, y aun así muchas veces almuerzan en el escritorio.

El aspecto económico se refleja en el gasto: el 36,1% destina menos de $5.000 diarios a la comida del trabajo, el 43,9% entre $5.000 y $10.000, y solo el 20% gasta más de $20.000. La preparación doméstica es la estrategia más frecuente: el 37,7% lleva vianda y otro 19,7% la complementa con compras; un 21,8% compra en comercios cercanos y el resto vuelve a su casa a almorzar.

Para Garbarini, la organización es clave: “Tomarse 20 minutos para comer tranquilo, planificar un día de compra y preparar porciones, tener verduras lavadas y hervir huevos ayudan a comer mejor y gastar menos”. También aconseja adaptar la vianda al equipamiento disponible en el trabajo, ya que si hay heladera o microondas, se puede variar mucho más el menú.

BENEFICIOS Y BRECHA

Las empresas medianas y privadas tienden a ofrecer más beneficios alimentarios: solo el 44,4% reconoce recibir algún aporte del empleador, y se trata de personal con jornadas extensas o ingresos altos. El 55,6% no recibe nada. La distribución desigual de recursos y servicios dentro del ámbito laboral profundiza la brecha, es decir, trabajadores no calificados y empleados públicos tienen mayor precariedad alimentaria laboral que profesionales y directivos.

Especialistas coinciden en destacar que el impacto sobre la salud pública y la productividad debería ser una preocupación central para empleadores y políticas públicas. Es que comer mal en el trabajo no solo implica deficiencias en nutrientes, sino también somnolencia, menor concentración y mayor riesgo de enfermedades crónicas. Las medidas preventivas, dicen, no serían tan complicadas: facilitar espacios y tiempos de comida, proveer equipamiento básico, ofrecer menús de calidad a precios accesibles o estímulos para portar viandas saludables. Para Garbarini, “no saltear comidas es fundamental: llegar con hambre favorece comer rápido y elegir opciones ultraprocesadas”.

Del relevamiento se desprende que políticas y decisiones empresariales deberían considerar a la alimentación como un componente de la calidad de trabajo. Para miles de platenses, la solución pasa por combinar la organización personal -planificar compras y viandas- con una respuesta estructural, con comedores accesibles, subsidios alimentarios o incentivos para menús saludables. De lo contrario, la pausa que no se toma podría derivar en malestares y una cuenta de salud que tarde o temprano pasa factura.

 

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