La tensión entre la agenda pública y la de Gobierno

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Manuel García Arias

eleconomista.com.ar

En toda democracia, pero particularmente en sistemas como el argentino, la construcción de la agenda de gobierno no es solo una cuestión técnica, sino profundamente política. En efecto, decidir sobre qué problemas intervenir, cuándo y con qué intensidad constituye la decisión más relevante de cualquier gestión. Allí se define no solo el rumbo, sino también las posibilidades de éxito o fracaso.

Sin embargo, no todos los problemas logran ingresar a esa agenda. Tal como plantea Aguilar Villanueva (1993), en su obra “Problemas públicos y agenda de gobierno”, existe una diferencia fundamental entre dos tipos de agenda: por un lado, la agenda sistémica o pública, integrada por aquellos temas que la sociedad percibe como merecedores de atención; por otro, la agenda institucional o gubernamental, compuesta por los asuntos que efectivamente son seleccionados por quienes toman decisiones para ser objeto de acción estatal. Entre una y otra no hay una relación automática, sino un proceso de selección, jerarquización y, en muchos casos, exclusión.

Es en esa distancia donde se juega buena parte de la calidad de una gestión. Porque si bien la agenda es formalmente del gobierno, los problemas que la componen nacen en la sociedad, se transforman con ella y responden a dinámicas que no siempre coinciden con los tiempos políticos. En otras palabras, los problemas públicos no son estáticos: evolucionan, se reconfiguran y, en ocasiones, desplazan a otros que ocuparon el centro de la escena.

El caso argentino actual resulta particularmente ilustrativo. El gobierno de Javier Milei llegó al poder con un mandato claro, casi excluyente: bajar la inflación. Ese objetivo no solo estructuró su discurso de campaña, sino que también organizó su agenda de gobierno en los primeros meses de gestión. Sin embargo, la evidencia empírica comienza a mostrar que la centralidad de los problemas en la sociedad está cambiando.

Los problemas de la gente

Para reflejar con datos lo que se está planteando en este artículo, resulta de interés analizar los problemas percibidos por la sociedad en tres momentos distintos: Marzo 2024 - 2025 - 2026; tomando como fuente la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública, un estudio bimestral desarrollado por Laboratorio de Observación de la Opinión Pública de la Universidad de San Andrés.

Al respecto, en el mes de marzo del año 2024, puede visualizarse que la inflación era percibida por amplia mayoría como el principal problema que afectaba al país. Seguido por la delincuencia y los bajos salarios, entre otros.

Mientras que en marzo 2025 se observa claramente un cambio en los problemas identificados, quedando en primer lugar la inseguridad, luego la pobreza, y los bajos salarios, entre otros; pasando la inflación de estar en 1er lugar al octavo.

Finalmente, de acuerdo con la Encuesta de Satisfacción Política y Opinión Pública de marzo de 2026 de la Universidad de San Andrés, los bajos salarios y la falta de trabajo se han consolidado como las principales preocupaciones de los argentinos, seguidos por la corrupción, mientras que la inflación ha perdido peso relativo en la percepción social. Este dato no es menor: indica que, aun cuando el gobierno logre avances en su objetivo principal, la sociedad comienza a reordenar sus prioridades. Asimismo, y en definitiva, no es solo un cambio de prioridades, sino algo más profundo: la velocidad con la que la sociedad redefine qué es urgente.

Por qué la vinculación

En este punto, el problema no radica en haber definido una agenda clara, sino en la dificultad para adaptarla a un contexto cambiante. Gobernar implica, necesariamente, elegir. Pero también implica revisar esas elecciones a la luz de nuevas demandas. Cuando la agenda gubernamental se torna rígida y deja de dialogar con la pública, lo que se produce no es solo un desfasaje técnico, sino una desconexión política.

Ahora bien, esta tensión no es exclusiva de un gobierno en particular, sino que responde a una lógica más profunda del sistema político argentino. La tendencia a construir agendas cerradas, poco flexibles y fuertemente ancladas en el corto plazo dificulta la incorporación de problemas emergentes. En ese marco, cuestiones que para amplios sectores de la sociedad resultan urgentes pueden quedar relegadas o demoradas en su tratamiento. Por eso, el verdadero desafío no es únicamente definir prioridades, sino construir una agenda con capacidad de adaptación. Una agenda que, sin perder coherencia estratégica, sea lo suficientemente permeable como para incorporar nuevas demandas sin entrar en contradicción con sus objetivos iniciales. En definitiva, gobernar no es solo resolver los problemas que llevaron al poder, sino también reconocer aquellos que van surgiendo en el ejercicio mismo del gobierno.

La inflación impacta sobre los salarios, los salarios sobre las condiciones de vida, y estas, a su vez, sobre la conflictividad social y la percepción de inseguridad. Trabajar en serio sobre la agenda pública exige, entonces, intervenir de manera coordinada y en paralelo, evitando que la priorización coyuntural de un problema derive en la desatención de otros. No soslayar el dinamismo de las agendas públicas implica, justamente, no perder de vista la complejidad del todo.

 

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