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Las autoridades de seguridad y la dirigencia del fútbol argentino han elegido desde hace años no enfocar la raíz del problema de la violencia en el fútbol a partir de los grupos de barrabravas, enquistados en ese deporte y buscar soluciones de fondo que, según se ha demostrado en otros países en los que se convivió con ese flagelo, fue posible erradicar el fenómeno. Una prueba de ello es que durante el ya largo período en que el fútbol profesional, por imperio de la pandemia, se vino jugando sin público, no se tomaron medidas preventivas ni se conocieron planes destinados a enfrentarlo.
Esta verdadera declinación de responsabilidades se hizo visible en junio de 2013, cuando se prohibió a partir de allí la presencia de las hinchadas visitantes en los estadios, luego de un cruento enfrentamiento entre barrabravas de Lanús con integrantes de la Policía provincial. Desde esta columna se advirtió que esa medida no resolvería la cuestión y, lamentablemente, esa predicción resultó acertada. La violencia no cedió y el número de víctimas fatales por incidentes fue mayor que cuando los partidos se jugaban con las dos hinchadas presentes. Las reyertas continuaron, entre barrabravas de un mismo club.
Con la pandemia se inició un nuevo e inédito período: la ausencia de las dos hinchadas en los estadios. Los partidos se disputaron frente a tribunas vacías. Pero ni siquiera esa suerte de limbo sirvió para frenar las reyertas y gravísimos episodios que se siguieron registrando fuera de los estadios, con los barrabravas como protagonistas de cada uno de los desórdenes. Días atrás se reflejó en la batalla interna de los barras de Independiente, a los tiros en pleno centro de Avellaneda.
Ahora que las autoridades decidieron abrir nuevamente las puertas de los estadios, con el límite de una menor cantidad de espectadores, conviene señalar que además en el último mes se sucedieron toda clase de incidentes. Hace pocas jornadas también hubo un cruce entre hinchas de Racing e Independiente, a unas diez cuadras de ambos estadios, con el saldo de un herido de bala, varios lesionados, autos y negocios rotos.
En esos mismos días se registraron ataques a balazos en la campaña para elegir presidente del club Newell´s, con disparos efectuados a la casa y a dos autos de los postulantes y de un familiar. Poco tiempo antes hinchas del club Aldosivi de Mar del Plata, luego de una derrota de su equipo, agredieron a piedrazos al micro del plantel y lesionaron a un jugador, en episodios a los que podría sumarse la batahola desatada en agosto pasado entre grupos de Gimnasia y de Estudiantes.
Como se recordará, en Inglaterra, a partir de una firme decisión política, se adoptaron cuatro o cinco medidas que, cumplidas cabalmente, definieron positivamente la situación. La primera de ellas, se prohibió el ingreso de por vida a los estadios de los hinchas violentos y se estableció la pena de cárcel para quienes violaran las leyes, entre ellas la prohibición de llevar armas. También se prohibió el consumo de alcohol.
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Asimismo, se crearon comandos especiales que se infiltraron entre los “hooligans” para identificar a los violentos, lográndose conformar una lista de 5.000 revoltosos a los que se prohibió la entrada a las canchas. Mientras los clubes creaban también sus propios grupos de seguridad e instalaron cámaras controladas bajo circuito cerrado, se instrumentó la instalación obligatoria de asientos para todos los espectadores en las tribunas, dándoseles a los clubes un plazo de 9 años para que se ajustaran a estas reglamentaciones.
La experiencia acumulada aconseja que se analicen a fondo y en forma más detenida algunos factores –por ejemplo, la existencia de una fuerza policial especializada en prevenir y sofocar los incidentes en las tribunas, la seguridad que ofrecen las canchas, la trama de complicidades políticas, la vinculación de los violentos con la actividad delictiva y la mejor identificación y contención de los barrabravas, entre muchos otros- que son los que realmente inciden para que una minoría de delincuentes haya convertido al fútbol profesional en pretexto para desatar una violencia tan peligrosa como incontenible.
El desafío se vuelve abrir para las autoridades políticas con el regreso de los hinchas a las canchas. Más allá de los controles lógicos por la pandemia, deben actuar de acuerdo a las circunstancias y que la violencia de unos pocos no le gane a la pasión de muchos.
Que la violencia de unos pocos no le gane a la pasión de muchos
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