Terror por un golpe de madrugada en El Peligro: una jubilada fue atacada por tres delincuentes

Un violento robo sacudió la madrugada de una vecina de 88 años, que vive en una zona rural dominada por quintas. La víctima, de nacionalidad portuguesa, fue sorprendida mientras dormía por tres delincuentes encapuchados, que ingresaron a su vivienda en El Peligro tras cortar el alambrado perimetral. Le robaron joyas, la alianza de matrimonio y el dinero de la jubilación.

El hecho ocurrió en 218 y Diagonal 210 cuando la mujer descansaba en su habitación y fue abruptamente despertada por los ladrones. Según su relato, uno de ellos tenía un arma, otro empuñaba un destornillador y el tercero colaboró en la reducción. Todos tenían el rostro cubierto, utilizaban guantes y -según la víctima- uno de ellos tenía pelo rubio, un detalle que alcanzó a distinguir en medio del terror.

La mujer contó que los ladrones la inmovilizaron colocándole una mano sobre la boca para impedirle pedir auxilio y, acto seguido, comenzaron a recorrer cada ambiente de la vivienda en busca de objetos de valor.

Una zona víctima de violentos golpes 

El pasado lunes, la tranquilidad rural de El Peligro se rompió cuando dos hombres ingresaron a una granja para ejecutar un violento robo. Según pudo saber este diario, los sujetos llegaron pasadas las tres de la tarde a 419 y 218 en un auto negro con vidrios polarizados y se presentaron como compradores mayoristas de huevos. El ardid alcanzó para cruzar el portón y, una vez dentro, desplegaron armas, redujeron al personal y maniataron a los empleados. La escena tomó forma de encierro súbito: órdenes cortas y movimientos calculados.

El propietario, un empresario de 58 años, quedó atrapado en una oficina con puerta trabada y alarma activada, sin contacto posible con el exterior. Desde ese encierro involuntario escuchó cómo los intrusos recorrían el predio en busca de dinero y objetos de valor. Sustrajeron 7 millones de pesos, un celular, el DVR de las cámaras, el control del portón y, finalmente, una camioneta del establecimiento, vehículo en el que huyeron sin dejar rastro inmediato.

Afuera, la rutina del campo seguía como si nada, ajena al hilo tenso que sostenía la escena. El dato de color resultó ser que antes de irse, quizás ofuscados por el magro botín que habían logrado reunir, rompieron varias cajas de huevos.

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