De dar consejos a abusar menores: una terapeuta y una influencer que tenían un "campo de concentración" en su casa
| 20 de Enero de 2026 | 08:36
Era una mañana ardiente de agosto en Ivins, Utah un pequeño pueblo entre yucas y colinas rocosas, cuando algo estremeció la quietud del desierto. Un niño de doce años, con los pies desnudos y heridas abiertas en muñecas y tobillos, corrió varios kilómetros bajo el sol para tocar timbres hasta que un vecino lo atendió. “Tiene cinta adhesiva en cada tobillo… creo que estuvo retenido”, dijo el hombre cuando llamó al 911. Ese pedido de auxilio fue el primer paso para desentrañar uno de los casos más perturbadores de abuso infantil en Estados Unidos reciente.
La historia no era la de una familia ordinaria ni la de un niño perdido. Detrás de esas heridas había una alianza entre dos mujeres (una terapeuta y una influencer de crianza) que se había convertido en una trampa letal disfrazada de guía y sabiduría para padres. Su historia, reconstruida en la docuserie que llegó a Netflix el 30 de diciembre y rápidamente ascendió al top 10 global, expuso hasta dónde puede llegar el dolor humano cuando cae en manos equivocadas.
Influencers de la crianza convertidas en verdugos
Antes de ese amanecer de horror, Jodi Hildebrandt era vista como terapeuta, coach de vida y fundadora de un programa para “vivir en la verdad”. Su imagen era la de una consejera respetable con apoyo incluso de autoridades religiosas locales. Y Ruby Franke, madre de seis hijos, había conquistado a millones con su canal 8 Passengers, donde mostraba la vida cotidiana de una familia numerosa. Juntas, evolucionaron de simples figuras públicas a arquitectas de un sistema de disciplina extrema que justificaban como “amor y protección”.
Lo que empezó como apoyo profesional se transformó en aislamiento y obediencia absoluta. Kevin, esposo de Ruby, fue apartado de la casa, y los menores quedaron bajo el control casi total de Hildebrandt y su socia. La disciplina rigió cada aspecto de la vida: largas horas de castigos físicos, tareas impuestas hasta el agotamiento, y la sustitución del afecto por dolor como método de corrección.
Cuando la policía irrumpió en lo que parecía una casa tranquila, descubrió una realidad que parecía sacada de una pesadilla. Sogas, esposas, cinta adhesiva y restos de una mezcla de miel y pimienta (usada para causar dolor y laceraciones) se alineaban en un sótano preparado como sala de tormento. Allí, la pequeña hermana del niño fugitivo fue encontrada sentada en un placard, con la cabeza rapada y un cuerpo demacrado. No sabía siquiera que esos rostros eran quienes debían cuidarla.
El niño que escapó contó cómo había estado atado con sogas y esposas, y cómo, en su confusión, llegó a creer que “se merecía las heridas”. Esa frase, pronunciada desde el dolor y la internalización del abuso, refleja con crudeza el profundo impacto psicológico de meses de maltrato.
Una condena histórica
El caso, que quedó inmortalizado en La influencer siniestra, terminó en un juicio que capturó la atención mundial. En febrero de 2024, ambas mujeres fueron sentenciadas a cumplir penas consecutivas que alcanzan los máximos permitidos por la ley en Utah, tras declararse culpables de múltiples cargos de abuso infantil agravado. Durante el proceso, el fiscal describió el entorno en que vivían los niños como “un ambiente parecido a un campo de concentración”, donde se les negaba comida, agua y cualquier forma de descanso.
Al mismo tiempo, las redes sociales se convirtieron en un espejo perturbador: millones de espectadores observaron (a través del documental) cómo figuras admiradas podían ocultar una realidad de terror bajo la máscara de consejos de crianza. Más que entretenimiento, la serie puso en alerta a padres, instituciones y espectadores sobre los riesgos de idolatrar a influencers sin cuestionar las prácticas que promueven.
Hoy, los cuatro hijos menores están bajo la tutela de su padre y reconstruyen su vida lejos de esa casa de horror. La hermana mayor, que publicó un libro contando su historia, lo define con una frase que hiela la sangre: los consejos de crianza que debían protegerlos se convirtieron en un infierno cotidiano.
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