Verónica Pelaccini: “‘Parque Lezama’ no le esquiva el bulto a la dificultad de amar a la familia”

La actriz encarna a Clara, la hija de Brandoni en la exitosa obra teatral que ahora llegó a los cines y se verá por Netflix

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En 2013 Juan José Campanella decidió adaptar la obra “I’m not Rappaport”, de Herb Gardner, al argentino: así nació “Parque Lezama”, éxito total de la cartelera teatral porteña que permaneció sobre escena durante 5 temporadas y que volvió en 2023 a escena. Ahora, es una película, que puede verse en el cine y llega la semana que viene a Netflix.

La versión de Netflix repite el elenco: Luis Brandoni es el delirante León Schwartz, una especie de “Gran Pez” de los parques porteños que se sienta, cada día, al lado de Eduardo Blanco, que encarna a Antonio Cardozo, un encargado de edificio al borde de que lo echen. Completa el equipo Verónica Pelaccini como Clarita Schwartz, la hija de León, actriz de larga trayectoria teatral que en la tele ha trabajado en ficciones desde “Chiquititas” a “Soy Luna”.

Pelaccini protagoniza en la obra y en la película una furiosa irrupción: entre chistes y desventuras que viven los dos muchachos en el parque, aparece ella a poner en vereda a su padre, en la escena más intensa y extensa de la obra.

“La entrada de Clara es la entrada de la intimidad familiar: yo te conozco, vos me conocés, qué estás haciendo acá, basta, vamos… Es muy frontal”, cuenta, en diálogo con EL DIA, sobre su personaje, “una laburante que no paró de remar, y que es un poco cheta, pero ella quiso ser así. Yo le tengo mucho cariño”.

Pelaccini lleva a Clara dentro tras tantas funciones, pero casi queda fuera de la película, confiesa. “Un día vino Campanella y de la nada me dice ‘vamos a hacer la película’. ¿Cómo? Tomé ese plural como que me estaba incluyendo, pero desde ahí hasta que se confirmó fue una incógnita: Juan habló desde su deseo, que finalmente pudimos realizar, pero la vida es así, no tiene que ver con el deseo solo, y pasaron un montón de cosas”, se ríe.

Es que “había una dificultad objetiva”, explica. “En el teatro, al no haber proximidad con los rostros, la edad de Clara, la hija de León, podía no tener tanta precisión. Pero la cámara obligaba a esa precisión”. Pelaccini tiene 49 años, y su personaje tenía que andar ya por los 60: en los planos cortos, que en una escena tan emotiva son varios, era una complicación.

Así que “Juan tardó mucho tiempo para estar convencido de que esta actriz podía darle esa edad que quería en cámara. Yo se la peleé mucho. Y tuve que hacer un trabajo personal”, confiesa.

No se trató, sin embargo, de practicar una renguera o una voz arenosa por el tiempo. “Tener 60 tampoco es necesariamente tener achaques”, comenta entre risas. “Más bien, tenía que trabajar con el cuerpo psíquico de una mujer que se tiene que encontrar de frente con su viejo, que va a ponerle un límite, que se encuentra diciéndole a su viejo cosas que no quiere decir, en un lugar de conservadurismo. Así que la transformación tenía que ver con un estado mental. A la vez, cuando ella se encuentra con su padre, hay algo que vuelve a la niñez”.

“En el teatro te llegás a conocer porque te tomás un café todos los días, en el cine te conocés bailando una noche”

- Decías que querés mucho a Clara. ¿Hay una conexión distinta con un personaje que uno repite noche tras noche en el teatro respecto a un personaje que uno hace para un set televisivo o de película?

- En el cine una se zambulle igual, reacciona a los estímulos… pero es otro tipo de trabajo, hay algo que es mucho más intuitivo. En el teatro, la conexión con el personaje es creada por la repetición, en el set es más intuitiva. En el teatro te llegás a conocer porque te tomás un café todos los días, en el cine te conocés bailando una noche. Pero en los dos casos es muy intenso. En este caso además la velocidad del rodaje fue a más de 120 kilómetros por hora: si no hubiera tenido esos cafés que me había tomado ya con Clara, no hubiera podido bailar como bailé con ella.

- ¿Y cómo fue pasar del café al baile? ¿Cómo fue pasar el personaje del teatro al cine, que cambió?

- Fue difícil. La escena tiene mucho de reacción, las cosas tienen que pasar de verdad. Y el corte constante en una escena que tiene una continuidad dramática muy al pie de lo que acaba de pasar, me requería una concentración aleatoria, muy loca. Había cortes, todo el tiempo, había abejas, helicópteros, nubes… Yo descubrí que no podía estar con Beto (Brandoni) cuando venía el corte, el set es caótico, le pedían algo, me pedían algo… y lo que más me servía era tratar de estar lo más presente posible en lo que estaba pasando en ese momento, nada de la historia, nada del personaje, lo que necesitaba para que eso se active no lo podía producir: tenía que acontecer en la escena. Yo tenía que encontrar el impulso que me permitiera soltar y meterme donde me tuviera que meter, no podía producirlo.

- Venís protagonizando este éxito hace años, ahora se ha convertido en película… ¿Por qué pensás que “Parque Lezama” ha causado semejante sensación?

- Esta obra es un éxito porque agarra algo que todos somos, una identidad que no tiene que ver ni siquiera con el gen argentino: toma temas de la edad, del tiempo, del amor, de las luchas perdidas, de las luchas que vale la pena seguir teniendo aunque uno haya perdido la vista, el olfato… Son temas que son para todo el mundo, es una obra universal. Y es una obra que no le esquiva el bulto a la dificultad de amar a la familia.

 

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