“La muerte no existe y el amor tampoco”: las vidas que no nos animamos a vivir
Edición Impresa | 12 de Marzo de 2020 | 04:17

Fernando Salem estaba escribiendo su primera película, “Cómo funcionan casi todas las cosas”, con Esteban Garelli, cuando se toparon con un obstáculo: “Necesitábamos que los espectadores perdonaban a una madre que había abandonaba a su hija, y nos parecía difícil”, cuenta el director. Entonces entró “Agosto”, de Romina Paula, en su vida: la novela tenía un capítulo pequeño donde una hija, Emilia, perdona a su madre. Aquel episodio serviría de inspiración para desbloquear la primera cinta de Salem, pero también de germen para su segundo largometraje, “La muerte no existe y el amor tampoco”, que se proyecta desde hoy hasta que el coronavirus suspenda las actividades, a las 19.30 en el Cine Select.
La cinta llega a la Ciudad convertida en un suceso indie, tras su estreno en el Festival de Mar del Plata y su proyección en cines de Buenos Aires, Rosario y Córdoba con funciones agotadas y más de 14 mil espectadores, que asistieron a la historia de Emilia, interpretada en el filme por Antonella Saldicco, que es invitada a regresar a su pueblo natal en la Patagonia para esparcir las cenizas de Andrea, su mejor amiga. Un viaje a un territorio hostil, gobernado por el frío y el viento, recargado por el duelo y la presencia del primer amor, una configuración que sembrará dudas en Emilia sobre las vidas vividas, las vidas posibles y el sentido de todo.
Salem leyó la novela, que retrata la misma historia, y sintió “fascinación” por ese universo femenino que era “como un mar frente a la Pelopincho de lo masculino", como afirmó en una entrevista con La Nación. “Lo que me fascinaba de la novela es esa capacidad de Romina para invitarnos a asistir al pensamiento de una mujer de una forma tan honesta, tan cruda y tan atractiva”, dice a EL DIA el cineasta, que cuando terminó de rodar su ópera prima ya sabía que quería adaptar la obra de Paula: “Cuando terminamos de filmar le pedí a Pilar Gamboa y a Esteban Bigliardi -protagonistas de “Cómo funcionan casi todas las cosas”- que le hablaran bien a Romina Paula de mí, me acerqué casi como un fan”, confiesa Salem.
Los encuentros con la actriz, novelista y dramaturga fueron varios, y Paula le dijo a Salem que aceptaba que adaptara su novela, pero que no quería ser parte: “Me dijo que sentía que ya había hecho el trabajo, que era un libro recontra melancólico y que no tenía ganas de volver. ‘Siempre va a ser una interpretación tuya’, me dijo, y pensé: ‘Se está abriendo, porque si la choco la choco solo’. Pero fue muy sabia, me permitió no hacer una adaptación literal, sino hacerla propia”, cuenta Salem, que destaca la generosidad de la autora a la hora de aceptar los cambios que Salem proponía para llevar al lenguaje cinematográfico su obra: la más arriesgada fue eliminar la voz en off que dirige la novela, y traer como personaje a la amiga muerta de Emilia, encarnada por Justina Bustos. “Teníamos miedo de lo que nos podía decir Romina, pero le pareció fantástico porque nos estábamos alejando de la novela”, relata el director.
UNIVERSO FEMENINO
Pero a los desafíos de toda adaptación se sumaba uno extra: abordar ese mar femenino sin caer en la mirada masculina. “Tenía terror”, confiesa al respecto el realizador, porque, explica, “es imposible correrse del lugar de varón, y pensaba cómo hacer algo honesto, que no sea una mirada de un varón sobre temáticas de las mujeres”.
Lo que propuso Salem entonces fue “no ir al set con respuestas, sino con preguntas, y tratar de encontrar las respuestas ahí: ese fue el mecanismo que encontré para que la película tenga una sensibilidad que llaman femenina, que nos enseñan a los hombres que es de las mujeres, que para nosotros está cercenado de nacimiento, no es un universo permitido”. Salem procuró, entonces, no decirles a las actrices qué hacer, “sino sugerirles ciertas escenas y crearles un espacio de juego para que ellas desarrollen un vínculo”.
De todas formas, más allá de narrar un duelo desde el punto de vista de una mujer, “La muerte no existe…” es “por sobre todo, es una película humana. Si bien quien narra es Emilia, y tiene una sintonía que se puede llegar a señalar como femenina, creo que tiene que ver con cualquier proceso de duelo, también de desamores y de vidas posibles, esas vidas que casi vivís, o que pudiste vivir: todos después de los 30 comenzamos a tener esos duelos no solo de nuestros muertos, sino de las vidas que pudimos haber vivido, de esos amores que no pudieron ser. Depende de cómo uno procese esos duelos, es como uno sigue viviendo. Crecer tiene que ver con eso, con poder elaborar los duelos de la mejor manera”, analiza Salem.
GEOGRAFÍA EMOCIONAL
El rodaje en Santa Cruz no respondió, en ese sentido, a las necesidades de la trama: ese clima hostil, ventoso, frío, opera como una geografía emocional, un reflejo exterior de los interiores conmovidos.
“Existe esa idea de la humanidad en estado de orfandad, que peregrina en un desierto buscando respuestas, a la intemperie. Buscamos cobijo en respuestas, en religiones, quizás en amores. Ese exterior hostil que simboliza un poco esa tristeza, esa desesperanza que tenemos como condición humana, buscando respuestas que a todas luces parece que no existe. Pero es tan lindo amar, que nos da la esperanza de que hay algún sentido”, sigue Salem.
Esa idea fue la clave para convencer a Santiago Motorizado, frontman de El Mató, para hacer la banda sonora, que contiene colaboraciones de Mora Sánchez Viamonte, de 107 Faunos.
“Chango” llegó “hinchándole las pelotas”, confiesa el director. “Siempre quise que haga la música él: le mandé mails y mensajes, pero no me contestaba… y llegó un momento donde tenía filmada la peli, y de tanto insistir me invitó a la casa. Yo sentía que iba a Graceland, a ver a Elvis, lo admiro mucho: le mostré el crudo que tenía y no se le movía un músculo. Y le dije que la película iba de que la vida no tiene sentido, que todo es una mierda, pero que el amor nos puede llegar a salvar: ahí levantó la vista de la compu y me dijo ‘eso me gusta’”.
El artista le confesaría luego que no respondía por miedo, porque nunca había hecho música de película y que, siendo cinéfilo como es, era un sueño.
Así consiguió Salem rodar una cinta sobre una novelista admirada, con música de un artista admirado. Parte del proceso de creación de Zamba, el emblema de Paka Paka (“se interrumpió con la gestión anterior, algo totalmente lógico, Zamba nos enseñó que los procesos son así, hay golpes y contragolpes; ahora vivo el regreso con mucha esperanza, aunque Zamba nunca se fue, siguió recorriendo escuelas por todo el país”, dice al respecto), ahora acompaña casi todas las proyecciones de su filme, y lo hará también en nuestra ciudad, presentándose en la previa de cada función para presentar la cinta y debatiendo luego con los espectadores: una posibilidad en extinción en Argentina, donde el cine nacional apenas tiene espacio para proyectarse. ¿Cómo se defienden esos espacios? “A las piñas, poniéndole el cuerpo, metiendo espectadores a patadas en el culo, pero con amor”, lanza el director. “Yo voy a viajar todos los días a La Plata, pagar peaje, nafta, es económicamente inviable. Pero estuve cuatro años haciendo una película, ¿cómo no me voy a ocupar de que la gente la vaya a ver?”
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