Fernández Meijide: el riesgo de banalizar aquellos años

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Por Germán López

A 50 años del golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, una de las voces más reconocidas en la defensa de los derechos humanos en la Argentina repasa el clima previo al quiebre institucional, el impacto de la dictadura y los desafíos pendientes de la democracia. Con una mirada crítica sobre el presente, advierte sobre los riesgos de banalizar aquel período y pone el foco en la necesidad de sostener consensos básicos. Integrante de la CONADEP y referente histórica en la materia, entrevistada por EL DIA reivindica el liderazgo de Raúl Alfonsín en la transición democrática. Con críticas a Patricia Bullrich, cuestiona posturas actuales del oficialismo y plantea que el principal déficit de la sociedad argentina sigue siendo la dificultad para convivir con la diferencia sin caer en la descalificación.

¿Qué recuerdos tiene de ese día?

Exactamente de ese día no, pero sí de su contexto. Era un golpe muy anunciado y los argentinos estábamos acostumbrados a las interrupciones institucionales. Desde 1930 habíamos tenido seis golpes, y en todos los casos los responsables habían sido amnistiados. Por eso, para muchos que consideraban que Isabel Perón gobernaba mal -lo cual era cierto-, el golpe no fue visto inicialmente como algo negativo. Incluso se esperaba que Videla fuera un militar más “democrático”, que llamara rápidamente a elecciones. Pero recuerdo muy bien sus palabras: “morirán cuantos tengan que morir”. Y yo tenía muy presente lo que había ocurrido en Chile con Pinochet.

A 50 años del golpe y a 43 de la recuperación democrática, ¿qué reflexión le merece ese proceso?

En realidad es un mismo proceso, aunque parezca contradictorio. Raúl Alfonsín, a diferencia de Ítalo Luder, percibió que la sociedad argentina estaba cansada de la violencia. No quería más muertes. La guerra de Malvinas terminó de cerrar ese ciclo. Hay que reconocerle a Alfonsín esa capacidad: entender lo que venía. Supo ver que, más tarde o más temprano, la sociedad iba a rechazar definitivamente los golpes de Estado, que implicaban una política muy conservadora, muchas veces en alianza con sectores también conservadores de la Iglesia.

Hoy se habla mucho de libertad, incluso como consigna política. Cuando hablamos de libertad -y de perderla, como ocurrió en ese período-, ¿de qué estamos hablando?

De todas las libertades. No se podía pensar libremente, porque los medios estaban controlados y castigados. La Junta militar se repartió los principales medios de comunicación. No se podía escribir lo que uno quería, ni decir lo que pensaba sin consecuencias.

En ese punto, la entrevistada vinculó pasado y presente y cuestionó la postura del oficialismo, que en el Senado se negó a aprobar una declaración de repudio al golpe de 1976.

Con Patricia Bullrich a la cabeza, los senadores de La Libertad Avanza se negaron a votar esa declaración. Durante la campaña, el propio Milei la había acusado falsamente de hechos gravísimos. Esa mujer hoy se prohíbe a sí misma votar una condena de lo que fue semejante dictadura.

¿Qué buscaba esa dictadura?

Si era la persecución de los grupos guerrilleros, para eso alcanzaban las fuerzas de seguridad. No hacía falta comprometer a las tres Fuerzas Armadas. Hubo también una disputa económica muy fuerte. No es casual que el nombre más recordado de ese período sea el de Martínez de Hoz. Era, en definitiva, un esquema donde unos hacían el trabajo represivo y otros se ocupaban del programa económico.

¿Qué le falta a la sociedad argentina para alcanzar una mirada superadora de ese período?

Nos falta aprender a respetar las ideas del otro. Yo participo del Club Político Argentino, donde conviven distintas miradas con una condición: que sean democráticas. Hoy las categorías de derecha e izquierda ya no tienen el mismo significado que antes, pero lo que no puede perderse es la capacidad de escuchar. Defiendo profundamente la posibilidad de debatir sin descalificar, sin insultar. La democracia no se sostiene solo con elecciones: se sostiene, sobre todo, en la convivencia con el que piensa distinto.

 

 

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