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Juana María Graciani
Julia volvía de su clase de piano, como siempre, aferrando sus libros contra su pecho, en una especie de actitud defensiva inexplicable; cruzaba el largo pasillo hasta llegar a su casa con el mismo y reiterado temor de encontrarlo violento, lanzando gritos, golpeando.
Parecía una niña feliz porque disimulaba como podía, mostrando una tímida sonrisa, pero en realidad su vida cotidiana se había transformado en una verdadera pesadilla.
Era estudiosa, aplicada, trataba de no dar a la familia ningún tipo de disgusto. Su madre era bordadora, con una habilidad increíble para darle terminación a prendas finas como tocados y ramos de novias, telas de tul o gasa, enhebrando y cosiendo con maestría diminutas perlas, mostacillas o canutillos. Prácticamente era ella el único sostén de la familia. Lo hacía con esmero y dedicación, pero cuando su marido llegaba, le era imposible proseguir su labor debido al temblor que la invadía.
Ese hombre, que en otros tiempos había sido un trabajador responsable, actualmente gastaba todo su jornal en bebida. Sus ataques violentos de ira cuando tomaba, habían dejado al hogar casi sin muebles sanos, sin vajilla, sin espejos ni cristales, pero principalmente sin alegría. La madre, mostraba muy a menudo las marcas de esa violencia y Julia muchas veces se interponía entre su madre y los golpes del agresor para protegerla. El horror era ya un ingrediente conocido en ese hogar que se destruía día a día, noche tras noche.
Lo único que se salvaba aún de la hecatombe era el piano de Julia, heredado de su abuela materna. Ese piano, de color caoba oscuro, parecía desentonar en ese ambiente tan deslucido, impregnado de un cierto olor a humedad y abandono. Para no molestar, Julia practicaba sus escalas con sordina, pero cuando estudiaba las sonatinas de Clementi, los valses de Chopin o las sonatas de Mozart, su madre le pedía cariñosamente escuchar y entonces así se respiraba un poco de brisa fresca musical.
¡Qué bien tocas Julia ! le decía su madre, interrumpiendo la tarea de bordado, apoyando su mano en su barbilla en una actitud contemplativa y soñadora.
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Pero cuando él, su padre, irrumpía de golpe, borracho, amenazaba repetidamente con que ese piano pronto lo vendería para solventar las deudas de la casa. “¡Ese piano se vende !”, gritaba con un vozarrón que asustaba tanto a la madre como a la niña. Julia cuando oía eso se acostaba en su pequeña cama y se tapaba toda, temblando, tratando de evadirse del horror, hasta quedarse dormida de tanto llorar. En ese piano, para disimular su adicción, muchas veces en otros tiempos, el padre había escondido alguna que otra botella de ginebra, pero ahora, más adicto que nunca ya no le importaba serlo ni parecerlo, su enfermedad lo había acorralado.
En el Conservatorio de Música, Julia era una de las mejores alumnas y todos confiaban en que seguiría sus estudios hasta llegar a ser concertista. Había logrado una extraordinaria digitación y el estudiar con tanto ahínco y dedicación la hacía olvidar y alejarse aunque sea de a ratos de su triste historia familiar, la cual ella intuía, le impediría lograr sus objetivos y deseos.
Un día lluvioso y frío Julia volvía a su casa como siempre, con miedo, canturreando tímidamente la última melodía del nocturno de Chopin que había practicado y se encontró con la pared del comedor vacía: su piano ya no estaba. La reiterada amenaza se había cumplido. La casa parecía más triste y lúgubre que nunca, solo había a un costado de la entrada un par de maletas preparadas. Su madre llorando la abrazó, trató inútilmente de consolarla, le prometió que se despedirían del horror, que juntas de la mano emprenderían un largo viaje hacia una nueva y merecida mejor vida.
Fue entonces que repentinamente la puerta de entrada se abrió y se cerró muy de golpe, las dos se paralizaron, se escucharon los consabidos gritos de él, de ese ser despreciable, no hubo defensa posible, el frío de un cuchillo destrozó las ilusiones de ambas.
Julia arrodillada en el piso, mira con horror la pared vacía salpicada de manchas de sangre, acaricia el cabello de su madre que agoniza, se ahoga en llanto mientras balbucea preguntándose repetidamente ¿por qué ? ¿Por qué no apuraron la huida? ¿Por qué no lograron escapar a tiempo?
Fueron instantes, solamente instantes que pudieron hacer la diferencia entre la libertad y la opresión, entre la alegría y la tristeza, entre la vida y la muerte. En las noticias periodísticas Julia había visto y oído en muchas oportunidades que ocurrían esas cosas, esos crímenes horrendos contra las mujeres pero jamás pensó que llegaría a vivirlo tan de cerca. La soledad de Julia es infinita, el dolor le quema por dentro, el horror es espantoso, el odio hacia su padre se apodera de ella. Siente sus dedos paralizados, y piensa que ya jamás ninguna melodía la podrá sacar de esa profunda y eterna tristeza.
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