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La mujer que le da todo lo que tiene a sus 600 perros

La increíble historia de Delia Rovatí, que sostiene, sin ayuda oficial, el refugio “Titucha”, en Arturo Seguí, donde cuida a centenares de animales a los que llama por su nombre

La mujer que le da todo lo que tiene a sus 600 perros

Estela es la jefa de la gran manada. Cuando entra al predio todos se desesperan por una caricia suya / C. Santoro

Carlos Altavista

Por: Carlos Altavista
caltavista@eldia.com

14 de Febrero de 2020 | 07:46
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Hace poco más de sesenta años, Delia Estela Rovatí aprendió a caminar con un collie. Sus recuerdos más remotos le devuelven la imagen de su madre, también Delia Estela, pero Perrando de Rovatí, rodeada de medio centenar de perros en su casa de Adrogué. ¿Por qué lo hacía? La respuesta de Estela -como le gusta que la llamen- es muy simple, sin rodeo alguno: “Le daba pena ver a los perritos desvalidos en la calle, algunos maltratados, otros viejitos, y se los traía”. Ella creció con ese amor incondicional hacia los animales. Y multiplicó varias veces el legado de su madre, quien falleció en 1995. Hoy, en un predio particular de Arturo Seguí, con mucha ayuda de unos pocos y escasez de muchas cosas, mantiene a casi 600 perros y perras.

Es martes. Tres de la tarde. Y en esa zona semidescampada de Seguí -153, 405 y 406- el calor sofocante de la Ciudad se disipa un poco. Una frondosa arboleda en la entrada del refugio Titucha -apodo que supo tener la mamá de Estela- y cierto vientito hacen que los seis o siete perros que están afuera corran y salten sin agitarse. “Mucho silencio para casi 600”, piensa un visitante. La mujer abre el portón. Y se desata un concierto de ladridos ensordecedor. En cada uno de los caniles -amplios, abiertos, cuidados- todos se amontonan, ladran, mueven la cola. Es que la jefa de la gran manada entró al predio.

Todos quieren una caricia de Estela, que llama a cada uno por su nombre. “Esta es Isabel, por la reina”, cuenta sobre una hermosa mestiza marrón de pelo largo y mal genio para las fotos. “Le debe tener miedo a la cámara”, ríe la mujer.

Sí, cada uno tiene un nombre y una historia, y cada nombre un motivo. ¿Con qué criterio se los separa en los caniles? “Por su carácter”, explica. “Los hay más tranquilos, más inquietos, más peleones. Y allá están los discapacitados, que si bien se juntan con los demás cuando van a jugar al pasto, requieren cuidados especiales”, dice y señala un sitio donde hay perros y perras sin una pata, o dos, sordos, ciegos, uno “sin cara porque lo usaban para pelea”. El maltrato animal dejó sus huellas. Ahora están a resguardo.

Estela y sus padres se fueron de Adrogué a Capital Federal y luego a City Bell. “Cuando estábamos allí falleció mi madre. En 1999 creamos la asociación civil Titucha. Y como había cada vez más perros y el espacio era pequeño, compré esta casa con este terreno” de unas dos hectáreas.

Se hipotecó hace una década y aún le quedan muchos años para saldar la deuda. La casa es muy sencilla y se encuentra casi en medio del predio. “Hace poco compré dos aires acondicionados en dieciocho cuotas. Yo duermo en la parte de arriba de una cama cucheta. De noche abro la compuerta de madera que hice en la pared de la cocina, y los que quieren entran. Y quieren muchos. Sobre todo ahora, en verano, por el aire. Yo procuro que sean los más viejitos”, relata.

¿Ayuda oficial? “Cero. No hay nada. Y las autoridades tendrían que trabajar mucho en el tema animal, previniendo el maltrato, castrando para evitar que se multipliquen los perros en la calle, hacer algo con los perritos abandonados”, enumera Gladys Izarriaga, actual presidenta de Titucha, quien junto con su marido, Gabriel Mariescurrena, alquilaron cerca del refugio una casa con terreno para albergar, por ahora, a 57 perros más.

Estela cuenta que estuvo casada con un marino, Guillermo Brown (tal cual). Que tiene una pensión pero, lógicamente, no le alcanza para mantener a poco menos de 600 perros. Entonces trabaja en los tribunales porteños. “Me anoto en las listas de oficio para hacer trámites, y todo lo que gano allí lo utilizo para pagarle, por horas o por semana, a tres chicos que vienen a ayudar”, acota.

Estela y sus padres se fueron de Adrogué a Capital Federal y luego a City Bell

 

Dicho esto, la cuenta es muy sencilla. Si no fuese por Estela y Gladys, más de 650 perros estarían deambulando por las calles de la Ciudad, sin alimento, expuestos a posibles maltratos o accidentes, o siendo -por su propia condición- un peligro para terceros. Ahora bien, en el refugio, pasando entre cientos de ellos, el reportero gráfico de este diario le hizo notar a Estela que “ninguno muerde, ni siquiera lo intenta”. “¿Y por qué van a morder si están cuidados y tienen cariño?”, reflexiona.

El alimento fue muchas veces un problema para el refugio. Hoy están cubiertos, aunque no pueden tirar manteca al techo ni mucho menos. “El tarro de alimento -un gran tanque ubicado cerca de la puerta de entrada al predio- lo llenamos con 240 kilos todos los días”, comenta Gladys.

Kilo más, kilo menos, equivalen a las 10 a 13 bolsas de 20 kilogramos cada una que necesita Titucha por día. Unos 7.200 por mes. Que en invierno, por el frío, aumenta un poco.

En ese aspecto han trabajado muchísimo y lograron la mayor colaboración por parte de vecinos y vecinas de la Ciudad.

“Trabajamos con un mayorista que no hace precio. Entonces la gente pasa, deja la compra hecha, y nosotros vamos a recogerla”, detalla Gladys.

Añade un dato revelador: “Si la gente no nos ayudara con el alimento, necesitaríamos alrededor de 7.500 pesos por día. Imposible”.

Ese número, claro está, es precio mayorista. La bolsa de 20 kilogramos en un local minorista ronda los 1.500 pesos, dependiendo de la marca.

Y no. No hay ayuda oficial, reiteran, para nombrar a quienes aportan a la asociación por amor a los animales y vocación en muchos casos. “Hugo Baschar -médico veterinario y director del Hospital Escuela de la facultad de Veterinaria de la Universidad platense-; Gloria, una pediatra que nos da una gran mano pero que se dedica fundamentalmente al rescate de caballos maltratados o abandonados; Ana Bogdachesky, veterinaria particular que es la médica de cabecera de todos los perros; Mariescu Ezcurrena, el esposo de Gladys y secretario de la asociación civil; un visitador médico que nos ayuda con los medicamentos; dos abogados de Capital Federal”. Y, claro está, todos los que compran el alimento.

Estela recorre el predio y va señalando todo lo que falta y lo que le gustaría hacer.

“Necesitamos más luz. Tenemos muy poca. También alambre de rombos pequeños y postes de madera o cemento para hacer más caniles. Sería un lujo tener un generador eléctrico, porque si acá se corta la luz, lo cual ocurre a menudo, nos quedamos sin agua y es un desastre. Hay que hacer malabares”, señala.

Arena, cemento, ladrillos, piedras, canaletas de plástico para la comida, enumera.

Tras la recorrida, se sienta en un banco cerca de la entrada. Y mágicamente, casi todos los perros hacen silencio. La jefa de la manada ya los acarició a todos. “Yo tengo una idea. El Municipio tiene cooperativas. ¿No podrían destinar una a colaborar con todas las protectoras y refugios de animales? Somos muchos los que nos ocupamos de algo que a las autoridades les generaría un problema gigante, y sin embargo ni siquiera nos visitan”, remarca Estela, cuaderno en mano con todos los detalles de Titucha anotados.

Isabel, la “reina”, no quiere charlas. Se sube al banco, se baja, busca caricias, se queda con la birome, la devuelve. Y gruñe cuando la cámara fotográfica se dispone a retratarla.

Estela, más que acostumbrada, sigue hablando como si nada. “En mayo hay que vacunarlos contra la rabia. Esperemos que vengan de Zoonosis de la Municipalidad, sino es imposible”, subraya.

Aunque mediante los médicos veterinarios cercanos a la asociación consiguen los medicamentos más baratos, vayan un par de muestras para tener una idea del trabajo que implica la manutención de casi 600 perros: en locales minoristas una dosis de la vacuna para la rabia cuesta alrededor de 600 pesos y de la séxtuple, 700 pesos.

A veces, en una casa particular con mascotas se hace cuesta arriba combatir las pulgas. ¿Cómo hacen aquí?, se le consulta a la jefa de la manada. “Uno por uno. No hay otra opción. Pero Ana, la veterinaria, nos indicó que usemos remedios multidosis, es decir, aquellos en los cuales la dosis no está sujeta al peso del animal. De lo contrario, sería una locura”, dice riendo.

“Aquí, todos los perros y perras están castrados (4.000 pesos la operación en una veterinaria)”, resalta. ¿Y los adoptan? “A veces. Sucede que la mayoría son grandes (de edad). Y hemos tenido malas experiencias. Devoluciones porque ladra mucho, porque creció mucho (en el caso de algún cachorro), porque no se lleva con el gato. Por eso siempre dejamos la puerta abierta para la vuelta. El temor es que regresen a la calle”, sentencia.

 

Cooperativa
Con “cero” ayuda oficial, en Titucha opinan que el Municipio podría colaborar con todos los refugios y protectoras de animales que hay en la Ciudad a través de una cooperativa. “Somos muchos los que nos ocupamos de algo que a las autoridades les generaría un problema gigante”, dicen.
Casa
Estela Rovatí compró una casa con un amplio terreno en Arturo Seguí hace unos diez años porque en City Bell ya no tenía más sitio para tantos animales. Pero la sencilla vivienda también está a disposición de los perros, que por las noches, en gran número, duermen adentro.

 

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Multimedia

Estela es la jefa de la gran manada. Cuando entra al predio todos se desesperan por una caricia suya / C. Santoro

Los perros insumen, sólo en alimentos, 7.500 pesos al día / César Santoro

Delia Estela Rovatí (Fundadora Titucha).- “Aprendí a caminar con un collie. y mis primeros recuerdos son de mi madre y mi padre cuidando a más de cincuenta perros en adrogué. tendría que haber ayuda oficial. si no fuese por los refugios, todos estarían en las calles”

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