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Todos somos minoría
Todos somos minoría

Por: SERGIO SINAY (*)
sergiosinay@gmail.com

3 de Noviembre de 2019 | 07:32
Edición impresa

Las mayorías no existen. Es una afirmación riesgosa en este y en casi cualquier tiempo. Pero detenerse en su análisis puede ayudar a pensar y a convivir mejor. En general, se suele usar ese término para describir, dentro de una totalidad de personas o de cosas, a un grupo cuyo número es mayor al resto. Ese resto puede estar constituido, a su vez, por varios grupos. Y se suele hablar también de mayoría absoluta y mayoría relativa. La absoluta es aquella que suma el 51%, es decir más de la mitad, del total. Y la relativa es la mayoría integrada por un porcentaje menor a la mitad, pero superior a cada uno de los demás. El problema aparece cuando, en cualquiera de los dos casos, ya se trate de mayoría absoluta o relativa, sus componentes se consideran a sí mismos representativos de la totalidad, es decir del 100%.

Es entonces cuando cabe recordar que la mayoría no existe como entidad absoluta, aunque así se llame a la que supera la mitad del todo. La idea de absoluto elimina lo demás, descarta de un tajo la diversidad, las diferencias, ignora a quien no se pliega a esa mayoría, o lo absorbe por decreto, sin apelación. Esta idea produce una distorsión del pensamiento, porque en donde se mire se verán minorías. Una mayoría es la más grande de las minorías. Cualquier grupo humano es una minoría desde el punto de vista étnico, religioso, económico, social, político, nacional, sexual, genérico, físico, psíquico, sanitario, o como se lo quiera considerar. La única mayoría absoluta sería la Humanidad. Dentro de ella cada uno de nosotros es miembro de varias minorías, según lo que se tome en cuenta. Cada uno es parte de un todo que resulta más que la suma de sus partes. Pero ninguna parte es el todo. Cuando alguna así lo cree, y actúa en consecuencia, se instala el absolutismo. Esto es la concentración del poder, la voluntad y las decisiones en una persona o un grupo. La abolición de la diversidad, la negación del disenso y la imposibilidad del consenso.

INFINITAS MINORÍAS

En las sociedades democráticas, o que pretenden o que se esfuerzan por serlo, y más allá de las definiciones técnicas y legales, conviene que sus gobernantes y que quienes integran la mayor de las minorías recuerden que no son el todo. Esto viene a cuento en tiempos en que, al calor de las recientes elecciones, palabras como “todos” o “juntos” se han usado hasta el hartazgo. Y el uso que se les dio en discursos, publicidades u operaciones de marketing proselitista pareció olvidar que, además de la propia, existen otras minorías, otras visiones, otros anhelos, otras necesidades, otras expectativas. Precisamente porque la mayoría como representación absoluta es un imposible, quien dice “todos” debe tener en cuenta que habla de los integrantes de su minoría. Y quien dice “juntos” debe recordar que se refiere, a su vez, a la minoría que representa. La única mayoría absoluta, cabe repetirlo, el único 100% categórico, es la Humanidad. Y, quizás, tampoco. Porque la Humanidad, y el planeta que habitamos, son motas de polvo cósmico en la totalidad del Universo. Como se mire, cuanto más se lo piensa más minoría somos.

Por otra parte, pertenecer a una “mayoría” solo indica una cuestión de número. Señala que se está en el grupo que tiene mas integrantes. Pero de ahí no se deriva automáticamente que ese grupo posea la razón o la verdad única y excluyente. Razón y número no se siguen naturalmente. Cien millones de moscas no pueden estar equivocadas, apunta en tono irónico un refrán que invita a comer lo que ellas comen. Lo que el refrán viene a decir, por si alguien extravió su moraleja, es que los gustos u opiniones “mayoritarios” no son más que eso. Gustos y opiniones, tan válidos y respetables como los de quienes no los comparten.

Una mayoría es la más grande de las minorías. La única mayoría absoluta sería la Humanidad

 

Karl Popper (1902-1994), filósofo austriaco y uno de los grandes pensadores del siglo veinte en los campos de la política y de la ciencia, señaló (en el ensayo “Libertad y responsabilidad intelectual”, que forma parte de su libro “La responsabilidad de vivir”) que el fundamento de la democracia no es conceder todo el poder a las mayorías designadas por el voto, sino asegurar la existencia y los derechos de las minorías. Nadie puede estar seguro de que aquel a quien eligió no vaya a abusar de su confianza. Por eso lo importante no es “quién” gobierna tras haber cosechado la mayor cantidad de votos, sino “cómo” gobierna. Abundan los ejemplos de lo que ocurre cuando se confunde mayoría circunstancial (la más grande de de las minorías) con poder discrecional y absoluto. Se dice que un gobierno es legítimo, señala Popper, cuando, de acuerdo con las reglas de la Constitución, ha sido elegido por la mayoría del pueblo o de sus representantes. Pero, según escribe en su ensayo, “no debemos olvidar que Hitler llegó al poder de forma legitima y que la ley de plenos poderes que lo convirtió en dictador la aprobó una mayoría parlamentaria (…) Una dictadura de la mayoría puede ser terrible para la minoría”.

RESPONSABILIDAD AL POR MAYOR

Quienes integran una minoría, ya saben que lo son, no necesitan que se les recuerde que no constituyen el todo. Los que deben recordarlo en todo momento son los que forman parte de una “mayoría”. Es precisamente en el nido de las llamadas “mayorías” donde pone su huevo la serpiente del absolutismo y del autoritarismo. Esto no solo ocurre en el ámbito político, sino en cualquier espacio donde se expresen más de una opinión o de una opción. Puede ser en una institución deportiva, en una familia, en un consorcio, en una cooperativa, en una organización comercial, en el ámbito educativo, en un organismo científico, en una fundación, en una comunidad cultural. Es decir, en donde más de dos seres humanos se convocan para un fin. Ser parte de una “mayoría” conlleva una enorme responsabilidad, porque obliga a pensar en todos, entendiendo que esta palabra trasciende a los propios, a los iguales, a los coincidentes, para incluir a diferentes y disidentes.

Charles-Louis de Secondat (1689-1755), más conocido como Montesquieu, escritor, político y una de las figuras centrales de la Ilustración, advertía sobre el peligro de olvidar aquella responsabilidad: “Las cabezas de los hombres más grandes se achican cuando se reúnen, y allí donde hay más cuerdos es también donde hay menos cordura”. Cuando integramos una mayoría se ponen a prueba valores como la aceptación, la empatía, la generosidad, la cooperación. Y es también cuando acechan la prepotencia, la soberbia, la intolerancia. Por eso el gran escritor y periodista estadounidense Mark Twain, célebre por sus novelas sobre los entrañables personajes Tom Sawyer y Huckleberry Finn y por la agudeza y lucidez de sus observaciones, prevenía: “Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar”.

A pesar de la afirmación con la que comienza esta columna, las mayorías seguirán existiendo. Los seres humanos, desde el momento en que la diversidad es parte de nuestra naturaleza, seguiremos agrupándonos según diferentes parámetros. Y habrá siempre unas minorías más grandes que otras. Aunque se llamen mayoría, nunca serán el todo, sino siempre una parte del todo. Con su presencia y su existencia, las minorías estarán allí para recordárselo. Y serán el límite de las mayorías.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de intolerancia"

 

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