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Jóvenes platenses que viven con sus padres: entre la crisis económica, la presión propia y una convivencia “nueva”

Entre sueldos que no alcanzan, alquileres que exigen depósitos imposibles y proyectos que se postergan, vecinos de la Ciudad cuentan cómo es vivir —o volver a vivir— a sus hogares paternos después de los 25 años

Jóvenes platenses que viven con sus padres: entre la crisis económica, la presión propia y una convivencia “nueva”

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ALEJANDRO ALFONZO
Por ALEJANDRO ALFONZO

8 de Marzo de 2026 | 05:46
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Según la Real Academia Española, el término “independizarse” significa “liberarse de cualquier clase de subordinación, dependencia o tutela, ya se un país, una persona o una cosa”. La definición -su antónimo en este caso-, que no incluye matices sobre el contexto económico ni variables como “no puedo pagar un alquiler”, es mucho más que una sentencia: en Argentina y en la Ciudad, es una realidad.

Hoy, 4 de cada 10 jóvenes argentinos de entre 25 y 35 años viven con sus padres: están quienes se fueron y volvieron; y los que nunca dijeron adiós.

Así lo registró el informe de la Fundación Tejido Urbano: “El 38,3% de los jóvenes argentinos de 25 a 35 años no logra independizarse, impulsado por salarios bajos, alquileres altos y un mercado laboral que no genera oportunidades”, señaló el documento e indicó: “La cifra representa a 1,8 millones de jóvenes que, pese a estudiar o trabajar, no llegan a cubrir los costos de una mudanza propia”.

El escenario no es novedoso: hace diez años que “entre el 36 y el 40 por ciento del grupo etario permanece sin independizarse”, detalló el relevamiento.

No hay que rascar mucho la olla para descifrar y entender el por qué mayúsculo: la variable económica. “El precio del alquiler, en relación con los salarios promedio, subió de forma sostenida en los últimos años. En promedio, un joven destina el 41% de su ingreso mensual únicamente al alquiler”, expresó el informe. A ello, se suma un condimento: “El análisis destaca que el grupo de jóvenes que continúa estudiando presenta una probabilidad mucho mayor de seguir viviendo con sus padres. En un mercado laboral que no generó oportunidades genuinas en los últimos veinte años, la transición hacia empleos estables se vuelve más tardía”, manifestó el documento y concluyó: “En la actualidad, quienes llegan a los 30 años acceden a trabajos que, hace dos décadas, estaban disponibles para personas de 20”.

¿Y EN LA PLATA?

Los números tienen alcance en la Ciudad. Este diario realizó un relevamiento y dialogó con jóvenes cuyo patrón común es que continúan viviendo con los padres. Entre los factores, “el no alcanza” se repite, aunque también hay muchos que postergan el alquiler y la independencia por proyectos ulteriores, como la compra de un auto o construir el hogar propio. Ojo: también el habitual “depósito” para alquilar -que suele significar varios meses de alquiler por adelantado, gastos de contrato y más- es uno de los motivos que asusta a los -como instaló la agenda mediática en las últimas semanas- “adultescentes”.

En tanto, todos coincidieron que una relación sana con sus padres es vital para la convivencia. Además, la presión existe y “suele ser más propia que otra cosa”, aseguraron.

Matías Fittipaldi, psicólogo local, advirtió: “A la falta de ingreso y progreso económico de los jóvenes, no se puede resolver de lo individual pero si de lo comunitario. Así, es necesario pensar la casa como una pequeña comunidad: además de hijos, sino otras personas adultas que también tienen responsabilidades”.

Según el profesional, es necesario que se elabore un “nuevo contrato de convivencia”. Sobre ello, a EL DIA, dijo: “Ya no es el hijo dependiente sin autonomía, ahora se tiene otras responsabilidades. Con un trabajo, se puede colaborar y responder a pautas de convivencias distintias. Entre ellas, la horizontalidad y una participación más activa en la norma de convivencia, son claves”.

Según el profesional, la situación mutó: los hogares que tenían los abuelos a cargo, hoy tienen a jóvenes bajo su tutela.

En esta nueva transformación, siempre dinámica, los platenses hablaron.

Sofía trabaja en un comercio de correo y estudia el profesorado de teatro. Aunque sus padres se hacen cargo de la mayor parte de los gastos, ella contó que “se aporta lo que se puede pero no de manera implícita”. No hay exigencias formales, pero sí una presión interna: “No hay presiones externas, pero sí propias de querer ayudar con la casa”, confesó.

Mudarse es un objetivo claro, aunque lejano. “Estoy tratando de ahorrar lo más que puedo”, explicó, y subrayó que alquilar implica afrontar depósito y otros costos que hacen difícil empezar “sin tener una base o algo planeado”.

En su entorno, la situación se repite: algunos amigos ya viven solos pero “no llegan a fin de mes”, mientras que otros siguen en la casa familiar, en una realidad que combina aspiraciones de independencia con límites económicos concretos.

“Siempre viví con mis papás, la relación que tengo con ellos es muy buena y por ende, la convivencia también”

Docente de teatro en el nivel inicial del sector público bonaerense y estudiante de la Licenciatura en Nutrición en la Universidad Nacional de La Plata, Agustina tiene un cargo titular, algo que en el ámbito docente representa estabilidad. Sin embargo, advierte que incluso con esa seguridad “los docentes no llegan a fin de mes”, señaló

Vive con sus padres y reconoció que lo económico influye, aunque no es el único factor: “Estoy bien en mi casa, tranquila, cómoda. Mi relación es sana con mis papás, así que también influye un montón eso”, expresó.

La colaboración surge de manera natural: aporta a servicios y alimentos sin que exista una imposición explícita. “No es una presión por parte de ellos, pero sí me sale naturalmente”, explicó.

Mudarse es un proyecto a mediano plazo y, en su caso, en pareja. La idea es “ahorrar y poder construir algo juntos, sea alquilando o llegando a comprar aunque sea un terreno”, dijo. Mientras tanto, observa un panorama complejo entre sus amigos: profesionales con varios trabajos para sostener un alquiler, parejas que comparten gastos para hacerlo posible o quienes acceden a viviendas familiares como única alternativa viable.

“Si yo quisiera vivir sola no llegaría para pagar un alquiler como hoy en día se manejan esos valores”

Él tiene 29 años, trabaja y no estudia. Siempre vivió con sus padres, en parte porque no pudo alquilar en su momento. Hoy apuesta a otra alternativa: construir. “Ahora se me dio que tengo la posibilidad de hacer mi casa”, comentó, aunque reconoció que el proceso “lleva mucho tiempo y dinero”.

La convivencia se sostiene con división de gastos para que todo sea “más ameno”, relató. La relación es buena, pero el deseo de independencia está presente: “Es un deseo el hecho de que sea lo antes posible”, agregó.

En su grupo de amigos, la mayoría ya pudo mudarse, lo que refuerza la idea de que independizarse es un proyecto compartido generacionalmente, aunque no siempre accesible en los tiempos deseados.

“Presiones propias creo que hay siempre y en todos los que nos toca estar de este lado”

Camila tiene 29 años, trabaja en un museo y está terminando la especialización en Curaduría de Artes Visuales en la Universidad de Tres de Febrero. Siempre vivió con sus padres: primero por comodidad y falta de trabajo estable; hoy, aun con una mejora laboral, el alquiler sigue siendo una barrera concreta.

Definió la convivencia actual como un vínculo que mutó: “Se transformó un poco en un vínculo de roommates, de compañeros de cuarto. Cada uno tiene su propio ritmo en el día a día”, aunque sin perder los espacios compartidos. La dinámica se organiza de manera tácita: no hay una charla formal sobre roles, pero cada uno ocupa un lugar. Ella colabora principalmente con la compra de alimentos y cocina con frecuencia; el mantenimiento general queda más a cargo de sus padres.

No existen exigencias explícitas, también porque sus horarios —trabaja en Capital— dificultan una rutina doméstica tradicional. Sin embargo, la decisión de mudarse está atravesada por la incertidumbre: su empleo, aunque más estable que antes, es por contrato. Esa condición la hace dudar sobre asumir un alquiler a largo plazo sin poner en riesgo su economía —y eventualmente la de otra persona si compartiera vivienda—.

En su entorno, la mayoría alquila o vive en pareja, lo que facilita dividir gastos. La mudanza es un tema constante de conversación: “Más cuando uno está llegando a una edad que quisiera tener la vida un poco más resuelta”, admitió. Pero reconoce que no poder independizarse del todo “es un tema delicado”, donde lo económico y lo emocional se entrelazan.

“Hoy, a pesar de estar un poco mejor en lo laboral, me sigue siendo imposible encontrar un alquiler que se ajuste a mi situación económica”

Nicolás había logrado independizarse joven, pero tras quedarse sin trabajo decidió regresar a la casa materna. Explicó que el mercado inmobiliario fue determinante: “Es imposible entrar rápido a un alquiler”.

Hoy combina estudio y trabajo, y tomó una decisión estratégica: priorizar la compra de un auto como inversión antes que destinar dinero al alquiler. “Prefiero guardar el dinero en alquiler y ahorrarlo para poder juntar y comprarme un auto”, señaló.

La convivencia es buena, aunque reconoce tensiones internas: más que presiones externas, aparecen exigencias propias vinculadas a la necesidad de autonomía. “Quiero estar tranquilo, acostumbrado a mis cosas”, resumió.

El futuro depende de variables económicas que no controla: “Si bajan los alquileres, si es más fácil entrar con los depósitos… depende de un montón de cosas”, dijo. Entre sus amigos, algunos también debieron regresar a sus pueblos ante el alto costo de vida.

“Vivo solo desde los 20 y volví a la casa de mi mamá a los 30 con todas mis mañas”

 

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