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Lo que significa ser argentino

26 de Abril de 2002 | 00:00
Para organizar sus ideas sobre Europa, el escritor Jorge Semprún emprendió viajes intelectuales que tuvieron como referencia tres episodios destacados (ocurridos en la centuria anterior, en Praga, Weimar y Londres, respectivamente) que a través de la diversidad de cada uno de ellos le permitieron construir el carácter espiritual europeo en la diversidad de sus culturas, lenguas e idiosincrasias identificatorias, las que, sin embargo, no impedían armar el sentido de su unidad que, claro es, descansa en la vigencia de los principios democráticos y en la certeza de sus valores.
Reduciremos el enfoque y las expectativas al interior de la vida compartida por los argentinos sin situarnos en los recuerdos de la Argentina dorada (1900-1928) que no vivimos, ni en la fugaz experiencia cargada de esperanzas que intentó dibujarse entre 1958-1965, sino radicándonos en un período sin igual de la cultura platense y en el tesoro que representa el Colegio Nacional de nuestra Universidad en las décadas de los años treinta y cuarenta (cuyas fronteras temporales acaso fijamos arbitrariamente) y que, en parte, tuvimos la fortuna de merecer de su inapreciable formación. Fue un tiempo en que una fascinante pléyade de maestros, de cultura impresionante, nos proporcionaron los conocimientos, los valores, y las conductas con los cuales distinguir lo que para nosotros significa ser argentino, en el marco inescindible de América, versión que debíamos construir con fe y proyección indomables.
Desde Arrieta al gran dominicano Pedro Henríquez Ureña -en la ruta de Sarmiento- las verdaderas esencias de lo argentino (y americano), y sus auténticas perspectivas, se iluminaron con limpída transparencia y verticalidad. Profesores de la talla de Martínez Estrada, Las Heras, Soto, Gabriel, Rodríguez Cometa, Loeder y tantos otros, con sus intransferibles y señeras personalidades, acuñaron en sus jóvenes alumnos las rasgos que definen el mundo Hispano y las raíces de nuestro aleph borgeano en el que se refleja la parte y el todo. Era una fiesta el ejemplo de esa sensible y moderna relación educativa que al desarrollarse iba describiendo la argentinidad como primera idea importante y que, al carácter de nación, sumaba un segundo concepto trascendente el de la americanidad como supranacionalidad que, a cada trozo, le daría un extraordinario voltaje espiritual.
Con esa plataforma de apoyo no fue difícil inclinarse, simultáneamente, al mundo clásico y al mundo romántico de ser y saber, en la complacencia por la fidelidad y defensa de las propias convicciones y en la cristalidad de cada obrar. Al reconocimiento espontáneo de los múltiples talentos que nos rodean y deben servir de emulación, no de envidia o encono, que es meritorio superarnos con el estudio y el esfuerzo y, sin dramatismo, reconocer errores, que tenemos que corregir porque son inexcusables deficiencias en medio de grandes aciertos. Que, sin quedar en condición de súbditos, por regla, debemos alabar a la razón y estimar al otro. Nos inculcaron primero el secreto temor por los excesos y la necesidad de los límites, empezando por el de la riqueza, sin distraer tiempo precioso en inacabables y enfermizas horas de pasión por el dinero o lo banal (¡no se hablaba de los plazos fijos, el dólar o el corralito!) Ni demorarse en la democracia de la tarjeta de crédito
Porfiaban porque fuéramos una cordial familia en la singular versión cristiana del buen hombre de la antigüedad, aunque atentos a la conquista de nuevos equilibrios en la búsqueda fecunda de un mañana más justo.
Dejar de rescatar esos valores perdidos o apagados es lo que pesa y me impide, en el presente, recobrar el significado de ser argentino, porque él representa al hombre culto, amante de la libertad e igualdad, escudero sin dobleces de la dignidad de la condición humana, resuelto, emprendedor y generoso. Que encomia la quietud y el diálogo. Un ser creativo y esperanzado, melancólico (como el tango), con momentos de entusiasmo. Esa peculiar manera de ser hombre que caracterizó al argentino, que ama a las cosas bellas y nobles -las primeras, nuestra Argentina y nuestra América- con ternura de pasajero (Marañón), eran -deben volver a ser- los atributos que adornaban el patrimonio espiritual con que aquellos maestros y muchísimos otros cincelaron el alma nacional. Por no guardarlos celosamente, no obstante ser lo más opulento de nuestro pueblo, convertimos la fiesta en la angustiosa situación de hoy. Esa alianza tiene que perdurar, si en verdad queremos ser argentinos.

(*) Abogado
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