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La autora, lejos de regodearse en el morbo, construye una alegoría feroz que trasciende géneros y geografías
Agustina Bazterrica / IG
En un presente donde el colapso ecológico, la violencia institucional y el consumo voraz se funden en una única y desoladora postal, aparece una novela que no busca adornar la miseria sino exponerla con la crudeza de un tajo. Cadáver exquisito, de la escritora argentina Agustina Bazterrica, no necesita edulcorantes ni artificios para sacudir al lector: alcanza con sumergirlo en un mundo donde la carne humana se ha vuelto el único bocado posible. Y legal. Y rentable.
Publicada en 2017 por el sello Alfaguara, la novela ganó ese mismo año el Premio Clarín de Novela y, desde entonces, no ha hecho más que cruzar fronteras idiomáticas, filosóficas y emocionales. Traducida a más de 25 lenguas y aclamada por la crítica internacional —con elogios del mismísimo The Guardian—, la obra se instaló en ese lugar incómodo que ocupan los libros que incomodan, que cuestionan, que provocan. Porque Cadáver exquisito no es un libro para pasar el rato. Es un espejo, y uno de esos que no deforman: revelan.
La historia se despliega en una Argentina distópica donde un virus, convenientemente ambiguo y temido, ha eliminado a todos los animales de la faz de la Tierra. En un giro tan cruel como eficiente, el sistema resuelve su dilema alimenticio legalizando la cría, faena y consumo de seres humanos. Ya no hay vacas ni cerdos ni pollos. Hay “carne especial”. Hay “piezas”. Hay humanos cosificados al extremo de convertirse en mercancía. Y en medio de esa maquinaria devastadora, Bazterrica construye a su protagonista: Marcos Tejo, empleado de un frigorífico y víctima de su propio sistema emocional, que un día recibe como regalo una mujer criada para el consumo. Y lo que comienza como una concesión del horror se convierte en un dilema ético imposible de sortear sin desgarrarse por dentro.
La fuerza de la novela no reside solamente en su argumento perturbador, sino en el modo en que está escrita. Bazterrica no se detiene a explicar, justificar ni filosofar. Narra con una economía brutal, con frases que cortan como cuchillos y párrafos donde la compasión parece haber sido extirpada con la misma frialdad que se extrae un órgano en un matadero. No hay tregua. No hay respiro. Y esa decisión estilística es, quizás, su mayor acto político.
El universo de Cadáver exquisito dialoga sin estridencias con el presente. Lo interpela, lo caricaturiza hasta el espanto y lo desnuda. Porque si hay algo que queda claro es que Bazterrica no está hablando de un futuro improbable. Está hablando de ahora. De nosotros. Del modo en que tratamos a los animales, del consumo desenfrenado, de la violencia de género, del racismo, de la lógica neoliberal que todo lo convierte en producto. ¿Qué tan lejos estamos, como sociedad, de aceptar lo inaceptable si la costumbre y el marketing nos lo piden?
La novela también propone un gesto feminista que no pasa inadvertido. La mujer que Marcos recibe no tiene nombre, ni voz, ni historia. Es una “hembra”. Un trozo. Y sin embargo, su mera presencia, su humanidad silenciosa, lo desestabiliza. No porque él la ame, sino porque lo confronta. Y es en ese juego entre lo brutal y lo íntimo donde Bazterrica parece decirnos que lo personal es político incluso en el infierno.
Agustina Bazterrica, nacida en Buenos Aires en 1974, no es una improvisada del espanto. Su obra anterior —Matar a la niña— ya insinuaba una pluma dispuesta a hurgar en las sombras. Pero con Cadáver exquisito, alcanza un nivel de precisión y de riesgo que la ubica entre las autoras más incómodas —y necesarias— de la literatura argentina contemporánea. Lejos de regodearse en el morbo, construye una alegoría feroz que trasciende géneros y geografías. Su denuncia no se limita al canibalismo literal: apunta a todas las formas simbólicas en que devoramos al otro.
No es casual que la novela haya sido celebrada también por el circuito internacional del horror. En 2021, recibió el Ladies of Horror Fiction Award, que la consagró como una de las voces más potentes del género. Pero encasillar Cadáver exquisito en un solo registro sería mutilarla. Es, al mismo tiempo, ciencia ficción, denuncia social, crítica cultural, manifiesto vegano, radiografía de un sistema carnívoro en todos los sentidos posibles.
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