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Un tránsito revolucionario entre Marcel Proust y James Joyce. Las enseñanzas del dramaturgo inglés John Priestley. Los emblemáticos cuentos de Ambrose Bierce, Borges y Alejo Carpentier. La anatomía del instante, del novelista español Javier Cercas
MARCELO ORTALE
Los críticos sostienen que la novela de Marcel Proust –”En busca del tiempo perdido”, escrita en siete partes entre 1908 y 1922- fue la última gran obra del siglo XIX y que con ella el escritor francés le entregó el testimonio al irlandés James Joyce que en 1922, escribió “Ulises”, considerada la mejor y más revolucionaria novela del siglo XX. Los críticos aseguran que en ese pase se registró un cambio fundamental para la literatura, derivado del distinto manejo del tiempo que en sus novelas hicieron ambos autores.
Proust, dicen, fue el último en manejar el tiempo lineal, analizando y describiendo con su luminosa memoria el devenir de las cosas. Los recuerdos más remotos, los primeros olores y gustos de la infancia, renacen en su novela. En cambio, Joyce deja la memoria de lado, se interna en cada átomo de su caótica psiquis y escribe sobre un mundo simultáneo, ilógico e incomprensible. Alguna vez definió su postulación en esta frase: “No hay pasado ni futuro, todo fluye en un eterno presente”.
Desde entonces los escritores de todas las nacionalidades usan el tiempo como los niños en el jardín las plastilinas. Lo amasan, lo estiran, le dan formas cilíndricas o planas, lo convierten en casas, en techos, en paisajes montañosos, en lagos, en desiertos, mezclan los colores del tiempo, sellan en donde pueden o esculpen ídolos, íconos manuales. Desde Ulises los escritores –novelistas, poetas, dramaturgos- intentan jugar con el tiempo. Es claro que, mientras tanto, el tiempo real se va devorando a los escritores, como ocurre con todos los hombres y mujeres del planeta.
Pocos años después de Joyce, en 1937, el inglés John B. Priestley estrenó en Londres una comedia dramática que aporta un enfoque revolucionario sobre el tiempo en una obra de arte. Esa pieza se llamó “El tiempo y los Conway” que junto a otras dos del mismo autor (”Esquina Peligrosa” y “Yo estuve aquí alguna vez”) enfocaron la temática del tiempo. Algunos críticos creen entrever, inclusive, alguna influencia sobre Priestley de la teoría de la relatividad de Albert Einstein
Proust, dicen, fue el último en manejar el tiempo lineal, analizando y describiendo con su luminosa memoria el devenir de las cosas. Los recuerdos más remotos, los primeros olores y gustos de la infancia, renacen en su novela
En la obra “El tiempo y los Conway” se cuenta la historia de una familia que en el primer acto muestra un talante alegre, propio de la juventud de la mayoría de sus miembros. En el segundo acto, que transcurre veinte o más años después, se ve a esa misma familia envejecida, con sus ímpetus ya desgastados y las personalidades definidas, cercanas a la disolución. En el tercer acto, se retoma el argumento del primer acto, aún cuando queda claro que uno de los miembros de la familia Conway, cuyo nombre es Kay, ya sabe, profundamente angustiada, cómo evolucionó cada uno de sus integrantes.
El director de teatro argentino Mariano Dossena, que tiene a “El tiempo y los Conway” como una de sus obras preferidas, dice que “la primera vez que leí el texto, siendo adolescente, me cautivó ese manejo tan atípico respecto del tiempo y la riqueza de los personajes que atraviesan la historia. Aquella sensación, mezcla de extrañamiento y profunda emoción, volvió en este reencuentro con el mismo, impulsándome a generar un proyecto teatral que implicó, para mí, dos desafíos muy placenteros: trabajar con un elenco numeroso y abordar un clásico. Los pasajes familiares, los juegos de la niñez, los pensamientos tristes en situaciones alegres y el deterioro de las relaciones a través del tiempo, son algunos de los temas que atraviesan esta pieza, con esa mirada tan profunda como irónica, propia de Priestley”.
Es claro que antes que Joyce, hubo un escritor que en varios de sus cuentos –centrados en la época de la guerra civil estadounidense- jugó irónica y hasta salvajemente con el tiempo. Se trata de Ambrose Bierce, nacido en Ohio en 1842 y se supone que muerto en México durante las luchas internas en este país, en 1913, cuando Pancho Villa se enfrentaba con el ejército mexicano. Allí desapareció Bierce, sobre cuya vida se filmó una conocida película- Gringo Viejo- dirigida por el argentino Luis Puenzo, en la que el escritor fue encarnado por Gregory Peck.
Imposible aburrirse con este majestuoso escritor, humorista, filosófico. En uno de sus más famosos cuentos –”El ahorcado” también conocido como “El puente sobre el río del Buho”- que fue traducido a nuestro idioma por Rodolfo Walsh, Bierce, se narra la historia de un hombre condenado a la horca. La ejecución tendrá lugar de inmediato, sobre un puente bajo el cual fluye el río del Buho.
Allí empieza una historia extraordinaria. El hombre recuerda su vida anterior, se ensimisma en esa memoria. Delante del capitán y de los centinelas que aguardan su ejecución, preparándose para la etiqueta de la muerte, cierra los ojos y piensa en su mujer y sus hijos. La prosa de Bierce muestra abajo el río fluyente y de pronto el hombre que está a punto de ser ejecutado se encuentra nadando en ese río, huyendo, mientras ve brillar bajo el agua los plomos achatados de las balas que le disparan desde el puente ferroviario.
La escena es notablemente lenta, el tiempo ha dejado de ser. Sale del agua del Niágara, duerme un poco al sol. Pero el lector ya intuye que el protagonista vive en otra clase de sueño, casi espantosa. Bierce establece el contraste: “ Se halla ante la reja de su propia casa. Todo está como lo dejó, todo brilla espléndido bajo el sol matinal. Seguramente ha caminado toda la noche. Abre el portón, echa a andar por la amplia vereda blanca, ve un revuelo de faldas; su mujer, fresca, bella y dulce, baja de la vereda a su encuentro. Al pie de la escalinata se queda esperando, con una sonrisa de inefable alegría, en una actitud de incomparable gracia y dignidad. ¡Cuán hermosa es! Él avanza con los brazos abiertos. Y cuando va a estrecharla, siente un golpe demoledor en la nuca; una enceguecedora luz blanca fulgura a su alrededor, oye un ruido semejante a un cañonazo...
“ ¡Después todo es oscuridad y silencio!
“ Peyton Farquhar estaba muerto. Su cadáver, con el cuello quebrado, se balanceaba suavemente entre los maderos del viejo puente de Owl Creek”.
Por cierto que los conocedores no dejan de advertir las profundas afinidades que con este cuento tiene “El milagro secreto” de Borges, en el que un condenado a muerte por los nazis, antes de ser ejecutado a las 9 de la mañana en Praga reclama la extensión de un año de vida por cuanto no ha terminado de escribir un cuento y todo indica que así será, pero en realidad a los dos minutos de ese pedido se consuma la descarga por parte del pelotón de fusilamiento: “Minucioso, inmóvil, secreto, urdió en el tiempo su alto laberinto invisible. Rehizo el tercer acto dos veces. Borró algún símbolo demasiado evidente: las repetidas campanadas, la música. Ninguna circunstancia lo importunaba. Omitió, abrevió, amplificó; en algún caso, optó por la versión primitiva. Llegó a querer el patio, el cuartel; uno de los rostros que lo enfrentaban modificó su concepción del carácter de Roemerstadt. Descubrió que las arduas cacofonías que alarmaron tanto a Flaubert son meras supersticiones visuales: debilidades y molestias de la palabra escrita, no de la palabra sonora... Dio término a su drama: no le faltaba ya resolver sino un solo epíteto. Lo encontró; la gota de agua resbaló en su mejilla. Inició un grito enloquecido, movió la cara, la cuádruple descarga lo derribó. Jaromir Hladík murió el veintinueve de marzo, a las nueve y dos minutos de la mañana”.
El escritor cubano, Alejo Carpentier (1904-1980) escribió un cuento paradigmático sobre el tiempo. Se trata de “En viaje a la semilla”. Allí se habla de un hombre de color, ya viejo que vive en una casa a punto de ser demolida. Ese anciano, sin embargo, empieza a rejuvenecer, pierde sus arrugas y vuelve a sentir el ímpetu juvenil en su sangre. El mundo y su casa también rejuvenecen. Cuenta por allí cómo los matrimonios “volvían sonriendo a las iglesias para descasarse”. Vuelve a cortejar muchachas, pero de pronto se ve más atraído por los juguetes de la infancia. Hasta que, al final, regresa a la seguridad del vientre de su madre, donde reencuentra la paz. De la casa no quedan ya ni siquiera ruinas.
El maravilloso estilo de Carpentier describe: “Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro volvió al barro, dejando un yermo en lugar de la casa”.
La investigadora Katrina Oko-Odoi, de la Universidad de California, sostiene que “algunos han interpretado este nuevo comienzo como la oportunidad para crear un mundo más justo, para redimir la historia de alguna manera. Pero para mí, esa interpretación es demasiado fácil, demasiado optimista. Carpentier nunca proponía proyectos tan obvios, su visión iba mucho más allá de eso. Lo que hace el autor en este texto es desfamiliarizar el tiempo cronológico que todos conocemos, y yuxtaponerlo con el tiempo mítico para sugerir que hay otras maneras de ver y entender al mundo. Su incorporación de elementos místicos que parecen venir de la religión afro-cubana (probablemente de influencia Yoruba) complican la percepción del cubano como europeo, afirmando y realzando esta otra influencia tan importante en su identidad colectiva”.
Mucho más acá, el novelista español Javier Cercas, nacido en 1962, escribió “Anatomía de un instante”, un libro difícil de catalogar que empezó a ser escrito como una ensayo de investigación histórica y terminó siendo una novela, hoy inhallable (por agotada) en la mayoría de las librerías.
Lo que hace Cercas es congelar un instante histórico de la España aún reciente. Es el que transcurrió cuando militares franquistas –ya muerto Franco- irrumpen armados en el Parlamento español el 23 de febrero de 1981. Allí disparan al techo, la casi totalidad de los legisladores se arroja al suelo o se esconde bajo sus bancas, menos Adolfo Suárez que desobedece el griterío de las órdenes militares y se mantiene de pie, mientras su compañero de banca, Manuel Gutiérrez Mellado arriesga su vida y forcejea con los golpistas. Hay otro parlamentario , Santiago Carrillo, un histórico del Partido comunista, que tampoco cede a la presión militar Se trató de un golpe de estado grabado enteramente por las cámaras del Congreso. Los militares habían resumido su discurso en aquel temible grito: “Todo el mundo al suelo”. Pero los tres quedaron de pie.
Lo que hace Cercas es cristalizar ese momento e irradiarlo a lo largo de su obra. El tiempo de esos tres hombres democráticos queda como suspendido en la narración. A partir de allí, el relato sale como en excursión por aquellos días españoles, tan críticos para su historia. Los tres personajes, bajo el foco del narrador, alumbrados por ese instante, comienzan a convertirse en mitos.
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