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El crecimiento de estos eventos, algunos irregulares, impulsa un nuevo escenario cultural, pero también sanitario: entre adolescentes (y algunos menores de edad) cada vez es más frecuente el acceso a distintos estupefacientes , con consecuencias graves
En las fiestas electrónicas prolifera el consumo de sustancias / Pexels
Mientras las luces estroboscópicas encienden los rostros de miles de jóvenes en galpones abandonados, terrazas recicladas o clubes en la periferia de La Plata, un fenómeno en expansión late con fuerza en la provincia de Buenos Aires: el crecimiento sostenido de las fiestas electrónicas. Con un pulso marcado por los bajos profundos del techno, el house o el trance, estos eventos ya no son una rareza urbana, sino una práctica habitual entre adolescentes y jóvenes adultos. La escena se multiplica en cada rincón de la provincia, desde Mar del Plata a Pergamino, y con ella también se expande un fenómeno paralelo, mucho menos luminoso y cada vez más preocupante: el consumo de drogas de diseño, psicodélicos sintéticos y sustancias duras.
Desde colectivos culturales locales como 999ciclo o NÓMADA en La Plata hasta raves masivas que movilizan multitudes en la costa atlántica, los fines de semana bonaerenses parecen haber sido tomados por un pulso electrónico que no para. Algunos eventos reúnen a 200 personas; otros a más de 2000. La lógica del under convive con la de una industria en crecimiento que combina organización, marketing en redes, DJs internacionales y una estética que fascina. Pero bajo esta superficie vibrante y festiva, médicos clínicos alertan sobre un problema que crece en paralelo: el uso cada vez más habitual de drogas como el éxtasis, el tusi (mal llamado “cocaína rosa”), el MDMA y el GHB.
Los toxicólogos comentan que en los últimos cinco años se ha producido un cambio drástico en los patrones de consumo. Ya no se trata solo de jóvenes que buscan experimentar ocasionalmente: ahora, dicen, se observan conductas repetidas de consumo en contextos donde se da por sentado que la experiencia sensorial debe ser amplificada por sustancias. Según los registros sanitarios, muchas de estas drogas llegan al país en forma de pastillas importadas desde laboratorios europeos, con concentraciones de principio activo cada vez más altas. Las primeras pastillas de éxtasis tenían entre 50 y 80 miligramos de MDMA. Hoy, muchas superan los 200 miligramos, una dosis que puede ser letal para una persona joven, especialmente si hay consumo cruzado con alcohol o psicofármacos.

Alertan sobre que el consumo de estupefacientes en festivales alcanza a adolescentes menores / Pexels
Los psiquiatras advierten que el consumo reiterado de estimulantes sintéticos puede provocar daños duraderos. Alteraciones del sueño, brotes psicóticos, trastornos de ansiedad, cuadros depresivos severos y, en algunos casos, comportamientos suicidas. “El cerebro joven, en formación, es especialmente vulnerable a las neurotoxinas que circulan con nombre de fiesta”, indican. A eso se suma el agravante de que muchas de las sustancias que se venden en estos entornos no son lo que dicen ser. Un comprimido puede contener MDMA, sí, pero también metanfetaminas, cafeína, PMMA o incluso opioides sintéticos de altísima toxicidad.
La situación no es solo teórica. En 2016, la tragedia del Time Warp en Buenos Aires dejó cinco muertos y conmocionó al país. En 2022, al menos 24 personas murieron por cocaína adulterada en la provincia. Y este verano, en Mar del Plata, varias personas fueron hospitalizadas con intoxicaciones graves tras asistir a fiestas electrónicas; una de ellas falleció. A pesar de estos antecedentes, la expansión del circuito sigue su curso, con cada vez más organizadores, más DJs y más público joven sediento de experiencias intensas.
En La Plata, el epicentro parece girar en torno a espacios reconvertidos donde las fiestas se suceden sin interrupciones. La lógica del boca en boca y las redes encriptadas permite mantener un circuito fluido y masivo, pero poco visible para los controles estatales. Allí no hay marketing tradicional, ni flyers impresos ni invitaciones abiertas: se entra con código o con invitación directa. Es en estos márgenes donde el consumo se vuelve más riesgoso. La falta de control sanitario, la imposibilidad de saber qué se ingiere y la creencia de que todo lo que brilla es recreativo arman un cóctel de consecuencias impredecibles.
Los médicos clínicos argumentan que muchos de los casos que llegan a las guardias hospitalarias por intoxicación podrían evitarse si hubiera campañas públicas de reducción de daños. En Mar del Plata, algunos espacios comenzaron a implementar “puntos chill”: zonas de descanso dentro de los eventos, con hidratación, frutas y asesoramiento. Pero estas experiencias todavía son marginales. La mayoría de las fiestas sigue operando sin protocolos mínimos de cuidado. Ni agua disponible, ni personal capacitado, ni testeo de sustancias.
La mayoría de los asistentes a estas fiestas tiene entre 16 y 25 años. En algunas localidades de la provincia, como Pergamino, se han detectado consumos problemáticos desde los 12. En Bahía Blanca, el policonsumo entre adolescentes ya se considera una “emergencia silenciosa”. Los psicólogos alarman que se está naturalizando un modelo de ocio en el que la disociación psicoactiva es una norma y no una excepción. “No es que el pibe va a la fiesta y tal vez consume, sino que va porque sabe que va a consumir”, explican.
Mientras tanto, la respuesta estatal no parece ir al ritmo del beat. Los controles suelen ser esporádicos, muchas veces enfocados más en lo punitivo que en lo preventivo, y sin coordinación entre áreas de salud, educación y cultura. En algunos operativos recientes en Mar del Plata, incluso se descubrió que personal policial y funcionarios municipales formaban parte de los eventos clandestinos. Lo que debía ser control se convirtió en complicidad.
La expansión de las fiestas electrónicas es un fenómeno cultural con múltiples aristas: hay allí una búsqueda estética, un deseo de comunidad, un impulso artístico y una reinvención del espacio urbano. Pero sin políticas públicas acordes, sin información clara, sin campañas de prevención y sin redes de cuidado reales, ese deseo puede transformarse en tragedia. No se trata de prohibir la música ni demonizar a los jóvenes. Se trata de mirar de frente lo que está pasando: una generación entera baila al borde de un abismo químico, entre beats envolventes, luces intermitentes y una soledad que no se ve.
1 DESHIDRATACIÓN Y GOLPES DE CALOR: muchas drogas sintéticas como el MDMA aumentan la temperatura corporal y dificultan la regulación del calor. Esto puede llevar al agotamiento, mareos e incluso a una falla multiorgánica si no se revierte a tiempo. Es fundamental tomar agua de a sorbos durante toda la noche, descansar en zonas frescas y evitar bailar de forma continua durante horas sin parar. También es clave no usar ropa muy abrigada y reconocer las señales tempranas de sobrecalentamiento corporal.
2 “MALOS VIAJES”: alucinaciones, confusión, ataques de pánico, paranoia o pérdida del sentido del tiempo y del espacio pueden aparecer con drogas como el LSD, el tusi o los cristales de MDMA, sobre todo si se mezclan o si la persona está atravesando un momento emocional vulnerable. Lo más importante es que alguien de confianza se quede con la persona afectada, que se la lleve a un espacio tranquilo, con luz tenue y sin ruidos fuertes. No dejarla sola y hablarle con calma puede ayudar a que no se agrave el cuadro.
3 EL BAJÓN QUÍMICO: después del efecto “subidón” de muchas drogas estimulantes, llega una caída abrupta de neurotransmisores como la serotonina. Este bajón puede durar días y manifestarse como tristeza profunda, ansiedad, irritabilidad, insomnio o falta de energía. Es esencial dormir bien, alimentarse con frutas, verduras y alimentos ricos en triptófano (como el huevo o la banana), evitar volver a consumir para “compensar”, y si los síntomas persisten, buscar ayuda profesional.
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