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Liderar o mandar

Liderar o mandar

Los verdaderos líderes no amenazan, son coherentes en sus discursos. imagen de “The darkest hour”

Por: SERGIO SINAY
sergiosinay@gmail.com

2 de Mayo de 2021 | 09:59
Edición impresa

En 2018 Gary Oldman ganó el Oscar a mejor actor por su interpretación de Winston Churchill en la película “The darkest hour” (“La hora más oscura”), dirigida por John Wright (realizador de otros filmes notables, como “Orgullo y prejuicio”, “Expiación” y “Anna Karenina”). Oldman logró una impresionante interpretación del primer ministro inglés que condujo los destinos de su país en cuando peligraba la misma existencia de Gran Bretaña mientras el nazismo (siniestra metástasis que asoló a la humanidad y desató la Segunda Guerra Mundial) se extendía como una pandemia de horror y muerte. Una de los tramos más conmovedores e inolvidables de la película narra las horas previas al discurso en el Parlamento en el cual Churchill debería anunciar si Inglaterra capitulaba o no ante Hitler, opción que parecía inevitable y era impulsada por gran número de oficialistas y opositores.

Mientras viaja hacia el Parlamento, casi como un condenado que marcha por el pasillo de la muerte, en el auto oficial y a solas con su chofer, el Primer Ministro es presa de una súbita corazonada. Pide al conductor que detenga el coche, se baja, le ordena que siga viaje y, ante el estupor del hombre, camina hacia la estación del subte y se interna en ella. Ya en el andén la presencia de Churchill provoca asombro entre los pasajeros que aguardan el tren. ¿Es o no es él?, parecen preguntarse. Y si es, ¿qué hace en el subte, justo en este momento? Cuando el Premier sube a un vagón y se apretuja como uno más con los otros viajantes la sorpresa inicial alcanza su clímax. Con una sonrisa irónica Churchill confirma a sus conciudadanos que, efectivamente, él es quien ellos creen que es. Y les explica por qué está allí, entre ellos.

LAS GRANDES PREGUNTAS

Les confiesa que necesita hacerles algunas preguntas decisivas. Son las siguientes. ¿Estarían dispuestos a ver ondear en el Palacio de Buckingham, en el Big Ben, en la Torre de Londres y en todos los sitios emblemáticos del país la bandera del nazismo en lugar de la legendaria y centenaria Union Jack (nombre con que se conoce a la enseña de Gran bretaña)? ¿Qué sentirían en caso de que así fuera? ¿Y si no aceptaran esta posibilidad qué estarían dispuestos a hacer para evitarla? ¿Serían capaces de morir para impedirlo? Una poderosa vibración contagia a los pasajeros que, enfervorizados, juran que prefieren morir defendiendo su país, su identidad, su idioma, su historia, sus reyes y sus tradiciones antes que capitular ante el monstruo nazi. Churchill llega al Parlamento en subte, entra en el mítico edificio ubicado a la vera del río Támesis con sus clásicas torres puntiagudas y pronuncia uno de los discursos más legendarios y emblemáticos de la historia occidental. Aquel en el que se niega a capitular, anuncia la resistencia y dice que, a cambio, solo puede prometer a su pueblo “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”. Reafirma ante los parlamentarios esta decisión asegurándoles que no es un capricho, que no la ha tomado a solas, sino que consultó con un gran equipo de asesores. Y extrae un papel en el que lee los nombres de sus consejeros: son los pasajeros con los que compartió el viaje en el subte y a quienes pidió nombre y apellido antes de descender y de agradecerles.

Han transcurrido casi 81 años de este episodio, que sucedió el 13 de mayo de 1940. Faltaban entonces cinco años para el final de la guerra (Alemania se rindió el 9 de mayo de 1945). Y en ese lapso Gran Bretaña siguió a su líder y, a fuerza de sangre, esfuerzo, sudor y lágrimas, se convirtió en el puntal de la resistencia a la barbarie nazi. Acaso el episodio no haya sido exactamente como lo cuenta la película y quizás fue adaptado con finalidades cinematográficamente dramáticas. Pero no fue desmentido y lo que importa no es, como ocurre siempre en el arte, la veracidad, sino la verosimilitud. A la luz del carácter de Churchill y de las actitudes del pueblo británico durante la guerra el relato resulta absolutamente verosímil. Y lo decisivo es que brinda una extraordinaria lección de liderazgo en situaciones extremas, donde se juegan el presente, el futuro y, en definitiva, la vida y el destino de millones de personas.

En una Londres devastada y en una Inglaterra ensombrecida y agobiada, hubo un líder capaz de aunar y ensamblar energías detrás de un propósito común, de una visión compartida, de un destino colectivo en el que cabía toda la diversidad del país. No se necesitaron amenazas, protocolos autoritarios, mensajes destinados a sembrar terror. Churchill no dijo a los ingleses que él era su papá y que debían obedecerle. Es decir que no los redujo a la infantilidad. No se presentó como figura carismática, no actuó para ser aprobado por un o una mandante que lo observaba desde las bambalinas. Simplemente supo ser líder. “Los patos salvajes siguen al líder de su bandada por la forma de su vuelo y no por la fuerza de su graznido”, reza un milenario proverbio chino. Los verdaderos líderes no amenazan, son coherentes en sus discursos, no prometen lo que no cumplen, tienen empatía para comprender con sensibilidad y compasión los sentimientos y necesidades de sus liderados y responder a ellos con sinceridad y honestidad moral. No se presentan como mensajeros divinos ni figuras providenciales. No dicen y se desdicen a cada momento, no siembran discordias y rencillas, se hacen cargo de las consecuencias de sus acciones y decisiones y no buscan culpables ajenos a ellas.

DERIVA SIN LIDERAZGO

“Liderazgo significa que un grupo, grande o pequeño, está dispuesto a confiar la autoridad a una persona que ha demostrado capacidad, sabiduría y competencia”, dijo una vez Walt Disney, que no solo se dedicaba a producir dibujos animados. Las familias, los equipos de cualquier orden (deportivo, laboral, científico, etcétera) y las sociedades que generan verdaderos líderes atraviesan sus momentos más difíciles y agónicos con un conmovedor despliegue de cooperación, empatía, comprensión, decisión, coraje y responsabilidad. Y así marcan puntos de inflexión, de transformación y de trascendencia en las historias colectivas y también en las individuales. Lo que ocurrió con Churchill en aquel momento tiene sus propias versiones en el nacimiento de la India como república, conducida por Ghandi, en la Sudáfrica de Mandela, en la Roma de Julio César, en las gestas sanmartinianas, y más. Y también, a escala anónima, en muchas familias y organizaciones que deben enfrentar la adversidad.

En todos los casos hay una visión, un propósito, un ejemplo orientador y motivador. Hay horizonte y trascendencia que alientan a caminar juntos. En la Argentina de hoy, acosada por la pandemia, por la ruina económica, por la marcha a la deriva en cuestiones decisivas para la vida de una sociedad, como son la salud, la educación y el trabajo, se advierte un horizonte desierto de liderazgo. Porque jefatura no es liderazgo. Y mandar no es guiar ni conducir. Por eso, quizás, no se acatan ni se cumplen protocolos, toques de queda y ordenanzas. “Permanece con un líder cuando esté en lo correcto, quédate con él cuando siga estando en lo correcto, pero déjalo cuando ya no lo esté”, decía Abraham Lincoln.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de intolerancia"

 

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