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GABRIEL BUCCHINO
Se bajaron en la estación de aquel tren sin rumbo a mitad de una jornada ambigua, sin luna y sin sol, sin frío ni calor. No eran muchos al principio, pero en los días sucesivos irían aumentando. Se dispersaron por las principales arterias del casco histórico, algunos por Calle de los Naranjos, otros por Diagonal Jacarandá, y en cuestión de horas habían ocupado los sitios más visibles de aquella urbe capital. No eran muchos al principio, ni muy problemáticos, aunque en los días sucesivos irían causando estragos en el paisaje habitual. Nadie los vio llegar.
Empezaron a hacer gala de su prepotencia y de sus elocuentes billeteras el mismo día de su llegada. Un puñado de ellos, que había avanzado por Avenida de los Plátanos hasta la Plaza de la Victoria, tuvo la iniciativa en el Café Ritz: estaban bebiendo un aperitivo cuando en otra mesa divisaron a un señor de aspecto austero y semblante demacrado. Uno de ellos, exhibiendo entre sus dedos índice y mayor un valiosísimo billete, llamó al mozo y le dijo: «Saque al instante a ese hombre que hace mala vista». El mozo tomó el billete en silencio, se lo guardó en el bolsillo, se acercó a la mesa del hombre y lo invitó a retirarse. Apenas puesto en pie el cliente para pedir explicación, el mozo lo sacó a empujones hasta la puerta. Recién en el umbral, dijo el mozo al cliente: «Discúlpeme, señor, pero yo al dinero le tengo mucho respeto», y le dio al hombre una patada en el culo.
En poco tiempo llegaron más y estaban en todos lados perpetrando toda clase de desafueros: al grito de «¡La calle es nuestra!» extorsionaban a los conductores para estacionar los vehículos, corrían a tiros a la gente de los parques y las plazas, incendiaron el majestuoso Teatro Lírico, reventaron a botellazo limpio los vitrales multicolores del Palacio de Gobierno, molieron a palos a un joven inocente a la salida de un baile. Nadie los vio llegar, y los lugareños prefirieron seguir sin verlos, pues los poquísimos temerarios que se animaron a protestar desaparecieron como por pases de magia, y para entonces las instituciones oficiales estaban tan vetustas que casi nunca resolvían problema alguno. Era común que las autoridades incumplieran sus deberes o intervinieran tarde.
Nadie los había visto llegar, porque los lugareños andaban por esos días como hipnotizados con los inventos y descubrimientos propios de la época. Había toda suerte de artefactos increíbles para comunicarse al instante con alguien al otro lado del planeta; eran artefactos que los acercaban a lo lejano y los alejaban de lo cercano. Con un mismo aparato alguien podía amasar fortunas sin trabajar, concertar a distancia un encuentro amoroso y hasta resolver las tareas de la escuela, de modo que algunos creían que ya no hacía falta estudiar. Eran tiempos de grandes cambios: por primera vez en la historia de la Humanidad, decían, los pequeños les enseñaban a los grandes a manejarse en la vida; por primera vez en la historia de la Humanidad un niño era más vivo que un adulto; por primera vez en la historia de la Humanidad los niños nacían sabiendo, les faltó decir.
Solo cuando ya eran miles y estaban en absolutamente todos lados, hasta en los rincones más inverosímiles, solo cuando iban dejando tras de sí una estela de catástrofe, solo cuando ya no había marcha atrás ni modo de hacerles entender por la razón, los lugareños reconocieron sus espantables presencias. Los que nadie había visto llegar tomaban por asalto todo el espacio público y la propiedad privada, hacían rodar escaleras abajo a magistrados y mandatarios, usurpaban los puestos de poder y amordazaban a la opinión pública. Desde ese entonces solo habría tres leyes que se impondrían con rigor: la Ley del Más Fuerte, la Ley del Gallinero, la Ley del Menor Esfuerzo. Los lugareños, cuyos gloriosos antepasados habían combatido arduamente en la luchas por la libertad, volvían por descuido a caer en la esclavitud. Y nadie los había visto llegar.
Bueno, en realidad alguien sí los había visto llegar, y desde el primer día. Se trataba de un muchachito tímido, más aficionado a los libros que a las mujeres, según decían, y que se sentaba a leer en algún banco de la Plaza Central cada amanecer. Se pasaba horas enteras leyendo en silencio, y los reconoció al instante por sus cataduras fieras, sus discursos embebidos de odio y sus ímpetus destructivos. No le hizo falta un gran esfuerzo para esbozar un diagnóstico certero: «El mayor síntoma de decadencia social se manifiesta cuando el bueno pasa por imbécil y el delincuente por gran señor». Tampoco le hizo falta mucho tiempo para armar su valija, malvender sus pertenencias y huir despavorido a algún páramo redentor. Allí, en absoluta soledad pero plena paz de espíritu, se prometió escribir un relato que comenzara del siguiente modo: «Se bajaron en la estación de aquel tren sin rumbo a mitad de una jornada ambigua, sin luna y sin sol, sin frío ni calor...»
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