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Endocrinólogos cuestionan el uso indiscriminado de pellets de testosterona y alertan sobre controles prostáticos ausentes, prácticas fuera de especialidad y promesas de rejuvenecimiento sin suficiente evidencia. Más información desde la Ciudad
El crecimiento de los llamados “chips sexuales” abrió un nuevo debate dentro del mundo médico. Aunque en redes sociales y clínicas privadas suelen presentarse como una solución vinculada al rejuvenecimiento, la vitalidad o el aumento del deseo sexual, distintos especialistas advierten que detrás del fenómeno existe una mezcla compleja de tratamientos hormonales, marketing antiage y controles insuficientes.
En La Plata, el médico especialista en urología, infertilidad y disfunción sexual Eduardo Carrozza cuestiona incluso el término con el que se popularizó esta práctica. “No es un chip sexual”, aclara desde el comienzo en diálogo con EL DIA. “Un chip es un dispositivo electrónico, con circuitos y funciones determinadas. Esto no tiene nada electrónico. Lo correcto es hablar de un pellet de liberación prolongada”, explica.
Antes de colocar cualquier terapia hormonal hay que estudiar al paciente y realizar controles
El dispositivo al que hace referencia es un pequeño implante subcutáneo que libera testosterona de manera gradual durante varios meses. Su utilización creció en el ámbito privado durante los últimos años, especialmente dentro de tratamientos vinculados a la medicina estética y antiage. Sin embargo, Carrozza sostiene que muchas veces el discurso comercial simplifica procesos hormonales complejos y omite riesgos importantes.
“Es un pellet que se coloca debajo de la piel y se va liberando de a poco”, detalla. “La mayoría de los usos de este tipo de dispositivos es en mujeres, principalmente para estimular el deseo sexual y mejorar el trofismo vaginal. Pero no está avalado por la FDA”, subraya el especialista platense.
Cualquier tratamiento hormonal sistémico requiere controles clínicos estrictos
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La advertencia aparece en un contexto donde el mercado de terapias hormonales se expandió con rapidez. Clínicas privadas comenzaron a promocionar conceptos como “optimización hormonal”, “rejuvenecimiento biológico” o “chip de la juventud”, prometiendo mejoras en libido, energía, sueño, masa muscular y claridad mental. En paralelo, sociedades científicas y especialistas universitarios vienen alertando sobre la falta de evidencia sólida en muchos de esos tratamientos.
En Argentina, además, los pellets de testosterona no cuentan con aprobación de la ANMAT como especialidades medicinales industriales. La mayoría se prepara a través de formulaciones magistrales individualizadas, elaboradas bajo receta médica. Eso significa que cada dispositivo puede variar en dosis, composición y velocidad de liberación hormonal.
Carrozza marca una diferencia clara entre el uso de testosterona en mujeres y en hombres. “En los hombres no está determinado el uso de ese dispositivo”, afirma y añade: “Nosotros utilizamos testosterona inyectable de liberación prolongada, que se aplica cada 90 días y tiene indicaciones concretas”.
Según explica, la terapia hormonal masculina se utiliza principalmente en pacientes con testosterona baja. “Puede pasar en hombres jóvenes por problemas hormonales o en hombres mayores, donde la testosterona empieza a disminuir de forma fisiológica. Es algo normal con el paso de los años”, señala.
Lo correcto es hablar de un pellet de liberación prolongada, un implante subcutáneo
Esa disminución puede manifestarse de distintas maneras. “Menos erecciones nocturnas, menos firmeza para mantener relaciones sexuales, disminución del deseo sexual y menos volumen de semen. Muchas veces esas son las consultas más frecuentes”, indica.
Pero el especialista insiste en que ningún tratamiento debería iniciarse sin estudios previos. “Antes de dar testosterona sí o sí hay que controlar la salud prostática”, enfatiza. “El cáncer de próstata es testosterona dependiente. Entonces, en pacientes mayores de 50 años, hay que hacer controles obligatorios”.
El estudio central en esa evaluación es el antígeno prostático específico (PSA), utilizado para detectar posibles alteraciones prostáticas. “Hay que determinar si existe o no la posibilidad de un cáncer de próstata antes de iniciar cualquier terapia hormonal”, remarca.
La preocupación de Carrozza coincide con distintas investigaciones desarrolladas en el ámbito científico argentino y bonaerense sobre los efectos cardiovasculares y metabólicos de la suplementación hormonal. Estudios del CONICET y de la Universidad Nacional de La Plata vienen analizando cómo ciertas terapias pueden impactar sobre pacientes hipertensos o con factores de riesgo cardiovascular.
Especialistas en cardiología advierten que cualquier tratamiento hormonal sistémico requiere controles clínicos estrictos, incluyendo perfil lipídico, presión arterial, monitoreo hepático y seguimiento hematológico. Entre las complicaciones más vigiladas aparece la eritrocitosis, un aumento excesivo del hematocrito que puede elevar el riesgo trombótico.
Uno de los puntos más críticos del planteo de Carrozza tiene que ver con quiénes realizan estos procedimientos. “Lo peor de este mal llamado chip sexual es que muchas veces lo colocan médicos dedicados a cirugía estética sin controles adecuados de la próstata”, afirma.
El especialista asegura que observó múltiples casos en consultorio. “También he visto ginecólogos que se lo colocan a hombres que son parejas de sus pacientes. Y eso está muy mal”, advierte.
“Lo peor de este mal llamado chip sexual es que muchas veces lo colocan médicos dedicados a cirugía estética sin controles adecuados de la próstata”
Eduardo Carrozza Especialista en urología, infertilidad y disfunción sexual
Para Carrozza, el problema no es solamente el tratamiento en sí, sino el contexto médico en el que se indica. “El ginecólogo no maneja patología prostática. Y muchas veces las especialidades que más colocan estos pellets son justamente cirugía plástica y ginecología”, dice.
La expansión de estas terapias abrió una discusión más amplia sobre los límites entre medicina terapéutica y medicina orientada al bienestar subjetivo. Mientras algunos pacientes aseguran experimentar mejoras importantes en calidad de vida, especialistas en endocrinología insisten en que la testosterona no puede utilizarse como una herramienta general de rejuvenecimiento sin evaluación rigurosa.
En paralelo, el fenómeno también refleja un cambio cultural alrededor del envejecimiento. El aumento de tratamientos hormonales aparece asociado a una demanda creciente por sostener rendimiento físico, deseo sexual, energía y apariencia juvenil durante más tiempo.
Durante décadas, la testosterona estuvo asociada casi exclusivamente con la sexualidad masculina. Sin embargo, la endocrinología contemporánea reconoce que la hormona interviene en múltiples funciones del organismo: masa muscular, metabolismo, densidad ósea, producción de glóbulos rojos y estabilidad emocional, entre otras.
En mujeres, algunos tratamientos comenzaron a utilizarse para abordar síntomas vinculados a la menopausia, como disminución del deseo sexual, fatiga persistente, alteraciones del sueño o pérdida de masa muscular. Pero incluso allí persisten debates científicos importantes.
Distintos especialistas advierten que el diagnóstico de déficit hormonal no puede basarse únicamente en síntomas subjetivos. Factores emocionales, psicológicos, vinculares y metabólicos también pueden influir sobre la percepción de bienestar.
Además, el uso excesivo de testosterona en mujeres puede provocar efectos adversos como acné, alteraciones del perfil lipídico, crecimiento excesivo de vello corporal, cambios en la voz y trastornos metabólicos.
La discusión médica actual gira, en buena medida, alrededor de ese límite difuso entre tratamiento clínico y promesa comercial.
El crecimiento del mercado antiage aceleró la difusión de terapias hormonales mientras la evidencia científica todavía busca respuestas sobre efectos a largo plazo.
En el ámbito académico bonaerense, universidades, investigadores y especialistas vienen trabajando sobre distintos aspectos del fenómeno: desde los riesgos cardiovasculares hasta el impacto ambiental de las hormonas excretadas en sistemas cloacales y cursos de agua.
La discusión también atraviesa cuestiones éticas vinculadas a la medicalización del envejecimiento y a la creciente idea de “optimización biológica”. En ese escenario, Carrozza insiste en volver a una lógica clínica tradicional: diagnóstico, controles y seguimiento médico adecuado.
“No es un tratamiento inocente”, resume. “La testosterona tiene indicaciones precisas y necesita controles. Antes de colocar cualquier terapia hormonal hay que estudiar al paciente”.
Mientras el fenómeno sigue creciendo en redes sociales y clínicas privadas, el debate médico permanece abierto. Entre el deseo de extender la vitalidad y la necesidad de sostener criterios científicos rigurosos, los pellets hormonales quedaron en el centro de una discusión que excede la sexualidad y toca preguntas más amplias sobre salud, envejecimiento y medicina contemporánea.
Eduardo Carrozza Especialista en urología, infertilidad y disfunción sexual
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