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LITERARIAS

Poesía: un libro como una Caja de Pandora

Por SANDRA CORNEJO

“La vida leve”, cuarto libro de Norma Etcheverry, se despliega como una certeza de la aparición de una lengua común. Lengua macerada a través de los años por un grupo de amigas poetas sin ninguna filiación pero con varios acuerdos. Un tapiz tejiéndose en la relación que se establece a través de la poesía, mediante la palabra.

Hay lenguajes sin literatura pero no hay literatura sin lenguaje, nos recuerda G. Steiner, a su vez, la literatura es lenguaje en un “estado” especial porque “significa” algo: esto es cómo escribimos lo que escribimos, cuál es el matiz. En tal sentido aquí Etcheverry nos habla desde una perspectiva primordial sobre aquello que otros no podríamos ver. “A veces, se está lejos de todo, lejos del pasado y lejos del futuro” escribe en “El tiempo”. Tomo esta frase además, como un ejemplo de ese “no sé” que sitúa al poeta en una situación de incertidumbre ante la inestabilidad de la naturaleza humana. En este libro, Etcheverry, que ya se ha preguntado sobre la condición de la persona, expresa indicios ante ese “no sé”: ante la subversión de las horas y nuestro devenir en paisajes, emociones, sentimientos, cuerpo.

Desde su estructura este libro se despliega entre distintos registros, pero su canal de navegación pasa indudablemente por lo lírico: hay un tono en este texto que hace que uno sepa que “La vida leve”, más allá de su forma, es poesía. Mediante esta mutación de los géneros, fluyen a través de sus páginas epifanías que se deslizan y estrellas que iluminan un cielo negro, estrellas que podríamos nombrar como Kundera, Ciorán, Durás. Los escritos que componen el libro, “pequeños colapsos” como escribe Teuco Castilla al referirse a ellos, afianzan una poética cuyos ojos miran hacia adentro con la convicción de que la vida es el instante narrado. Así acontecen entonces en “La vida leve” el bosque de Etosha en otoño cruzado por un sueño, el Río Tirodentes que se observa recordando la letra de una canción de Roger Waters, el Trópico de Cáncer atravesado en un estado semifebril, las duras mujeres del mercado de Quillocollo en el Altiplano y esa mujer fija en la retina que nunca dejará de esperar en el final del muelle.

Quien escribe aquí, por lo tanto, escribe con palabras que traducen aquello que ya estaba en su interior, aquello que quería ser dicho con la intención de suspender el tiempo, porque escribir es ofrecerle la palma de la mano a la levedad. Corrida de género y sujeto, quien escribe, además, se sitúa entre lo lejano y lo permanente en un libro que es como una caja de Pandora. Sonoridad, huella, resplandor de quien es a través de la palabra. En “La tarde de un escritor”, Peter Handke habla de la soledad del escritor. En el film “Las alas del deseo” el mismo Handke repite en un leitmotiv “cuando el niño era niño” remontándonos al origen del Ser. Ese asombro primigenio, que también es la soledad ante el asombro, encuentra aquí una manera de expresarse en una alternancia que transcurre entre la oscuridad y la luz.

Poco a poco “La vida leve” se convierte en una ceremonia compartida. Ya desde su título nos remite a un ritual afín: tan arraigado está en nuestra generación Kundera, barcaza mayor o símbolo de aquello que alguna vez pretendimos ilusamente ser. En esta comunión con la escritura, Ciorán se instala entrañablemente y en un sobresalto la muerte de Marguerite Duras nos desampara mientras el agua crece y crece ante la incertidumbre, el agua crece ante la duda, ante “lo que sólo ocurre una vez y que no cuenta” - como dice el proverbio alemán que cita Etcheverry en el principio -. En definitiva, el agua crece ante la levedad.

En el texto final que se llama “El manzano” Etcheverry escribe: “Como un amor que nace enfermo y esperamos que cure, lo regué cada día, cada estación del año. Cuando un amor así brota de la tierra, todos los males y todos los bienes se desparraman. Guardamos la esperanza en la caja de Pandora”. Otra vez, entre recortes, la vida es “la eternidad y un día”, viajando siempre, el camino todo el tiempo delante.

LA VIDA LEVE
Autor: Norma Etcheverry
Editorial: La carta de Oliver

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