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En sus páginas, lo cotidiano se tuerce hasta volverse pesadilla y obliga a mirar de frente la violencia y el miedo
El mundo de Mariana Enriquez no tiene por qué ser el nuestro, pero termina siéndolo. Bastan unas frases para entrar en su territorio y quedar atrapado en él. En “Las cosas que perdimos en el fuego”, la escritora platense convierte la vida diaria en escenario de pesadillas que no se pueden soltar, incluso después de cerrar el libro.
Publicado en 2016 por Anagrama, el libro reúne doce relatos de terror en los que conviven casas abandonadas, santos populares, fantasmas, asesinos célebres y adolescentes que bordean la locura.
La colección es, ante todo, un mapa del miedo argentino. La violencia de género, la pobreza, la desigualdad social y las cicatrices de la historia atraviesan cada página. En el cuento que da título al libro, un grupo de mujeres decide quemarse a sí mismas para cambiar el canon de belleza y arrebatarles a los femicidas el cuerpo como blanco de violencia. Es un relato que mezcla ciencia ficción, denuncia y ritual político, inspirado en el caso real de Wanda Taddei. Enriquez lo convierte en una historia tan perturbadora como emancipadora.
El volumen está lleno de imágenes que se incrustan en la memoria: una adolescente que se arranca las uñas y las pestañas mientras sus compañeras intentan ayudarla, tres amigas que atraviesan los años de apagones hasta intoxicarse juntas, un guía turístico que reconstruye la vida del famoso asesino Petiso Orejudo, niños que entran a una casa embrujada y no vuelven a ser los mismos. Cada cuento parece abrir un agujero en la normalidad y revelar lo que estaba agazapado detrás.
En “El niño sucio”, el telón de fondo lo aportan las devociones populares: San La Muerte y el Gauchito Gil. La violencia se mezcla con la fe en un relato en el que la tragedia y la corrupción conviven con la posibilidad del milagro. “La casa de Adela” es quizá uno de los cuentos más sofocantes: tres niños, una casa abandonada, mutilaciones y el descubrimiento precoz de que el miedo puede marcar para siempre. “Fin de curso” revela el descenso a la locura de una adolescente en escenas que cortan la respiración: uñas arrancadas, mejillas tajadas y la aparición de un ser extraño que pone el terror en primer plano.
En otros relatos, como “Nada de carne sobre nosotras” o “El patio del vecino”, la autora explora el cuerpo como lugar de angustia: anorexia, depresión, trauma y encierro funcionan como puertas hacia lo fantástico. El terror de Enriquez es profundo porque nace de lo psicológico, de la culpa, de la compasión, de lo que la sociedad prefiere no mirar.
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La prosa es precisa, cortante, sensorial. No hay exceso gratuito: cada imagen, cada sombra tiene un propósito. Su terror es verosímil porque brota de realidades que conocemos —apagones, barrios empobrecidos, violencia doméstica— y se amplifica hasta rozar lo sobrenatural. No se trata solo de asustar, sino de incomodar y obligar al lector a mirar lo que teme.

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