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En este libro de la escritora brasileña se despliega un flujo de palabras que buscan apresar lo inasible: el hoy
Clarice Lispector, la escritora ucraniana - brasileña / Web
Clarice Lispector publicó “Agua viva” en 1973, pero el texto parece escrito fuera del tiempo, o en ese tiempo otro que ella misma intenta capturar: el instante.
Breve y arrebatado, con apenas cien páginas, el libro se abre frente al lector como un cuaderno en blanco que empieza a llenarse de dudas, intuiciones, revelaciones. Lispector se pregunta: «¿El próximo instante está hecho por mí? ¿O se hace solo?». La obsesión es clara: atrapar lo fugitivo, escribir la vida en presente continuo.
Pero el intento está condenado al fracaso, y allí reside su belleza. «Quiero capturar el presente que, por su propia naturaleza, me está prohibido», admite. La obra es justamente eso: el registro de una imposibilidad. Una escritura que no se conforma con el canon literario, que incluso lo desafía: «Esto no es un libro porque no se escribe así», declara Lispector. Y sin embargo, es quizá su obra más radical.
El texto se mueve como un río que no admite diques. Fragmentos, reflexiones, frases que parecen improvisadas —«improviso como en el jazz»— forman una música verbal que busca más allá de las ideas: una poética de la sensación. Lispector escribe como quien pinta sombras o como quien deja sonar una nota. No explica: suelta palabras y las convierte en materia viva.
En ese torrente, aparece también un destinatario incierto: un antiguo amor, un lector anónimo, quizá el propio espejo. «Un día dijiste que me amabas. Finjo creerlo y he vivido, de ayer a hoy, en un amor alegre». La escritura se confiesa a sí misma, juega a ser carta de desamor, pero en realidad es algo más: un diálogo con lo invisible.
El libro es también un combate íntimo contra la certeza de la muerte. Lispector lo afronta con tensión y temblor, pero también con una resolución inesperada: la alegría.
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«Voy a morir; siento esa tensión como la de un arco a punto de disparar la flecha», escribe, para luego insistir en que incluso la muerte debería ser vivida con júbilo. Vivir, admite, «es incómodo». Y aun así, insiste en no ser vencida.
Con su estilo hipnótico y fragmentario, Lispector hace de “Agua viva” una experiencia más que una lectura. Un viaje hacia lo que no puede decirse, hacia la entrelínea, hacia eso que antecede al pensamiento. En ese territorio incierto, la palabra se convierte en cebo, en trazo, en melodía. El resultado es una “fiesta de palabras” que nos invita a escuchar lo que late debajo de la razón: la vibración de estar vivos.
En definitiva, “Agua viva” no es novela ni ensayo ni diario íntimo: es una vivencia escrita. Lispector abre un cuaderno blanco y nos deja entrar en su búsqueda infinita. Leerla es aceptar el vértigo: mirar cómo el instante se escapa y, aun así, seguir tendiendo la mano.

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