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Del odio al amor: o cómo ganarse el corazón de la Reina

Camila de Cornualles, la esposa del príncipe Carlos, supo manejarse en el mundo de la realeza y tener el beneplácito de su suegra, Isabel II, para representar a los Windsor en actos oficiales

Del odio al amor: o cómo ganarse el corazón de la Reina

Kate, Camila y la reina en un acto oficial de la corona británica

Por: VIRGINIA BLONDEAU
vivirbien@eldia.com

24 de Julio de 2022 | 08:17
Edición impresa

Cruella de Ville, Maléfica, las madrastras y hermanastras de Disney, La Bruja Blanca de las Crónicas de Narnia, Alex Forrest en Atracción Fatal, Bette Davies, Yoko Ono y Ana Bolena. Todas estas mujeres, reales y ficticias, pertenecen al mismo club, el de las odiadas. Y todas ellas envidiarían la paciencia, la suerte, la resiliencia y el equipo de marketing de una mujer que hace treinta años era la más villana de todas y hoy se convirtió en una señora sencilla, simpática y, sobre todo, respetada por los ciudadanos que, más temprano que tarde, serán testigos de su coronación como reina consorte de Gran Bretaña.

Hablamos de Camila de Cornualles, nacida el 17 de julio de 1947 bajo el signo de Cáncer (y chancho en el horóscopo chino) como Camilla Rosemary Shand. Son 75 los años que la duquesa ha cumplido el domingo pasado y lo ha celebrado en la intimidad.

Carlos y Camila son, junto con la princesa Ana, los miembros más activos de la familia. A diario los vemos en alguna inauguración, plantando algún árbol o visitando instituciones de bien público. Por no hablar de galas, discursos, desfiles militares y un largo etcétera que sitúa a los Gales como los más “trabajadores” de todos los royals europeos. Si lo que hacen es útil o no, es motivo de otra discusión.

Carlos y Camila comenzaron, hace años, una historia de amor profunda pero imposible

 

Aunque ya hace años que vemos a Camila representar a la corona, en los últimos años su agenda ha explotado. Su multipresencia se debe a que ha heredado los patrocinios del duque de Edimburgo y a que acompaña a Carlos a aquellos actos que la reina, por su frágil salud, le haya delegado. Pero lo que puso a Camila en el candelero sucedió el 6 de febrero pasado, día en que Isabel II cumplía 70 años en el trono. En su discurso, expresó su deseo de que Camila sea reina consorte cuando a su hijo le toque ser rey. Con ese anuncio dio por terminadas las especulaciones sobre si a su muerte el trono pasaba a su nieto y de que Camila por ser divorciada solo podía ser princesa consorte. La reina legitimó a su nuera como sucesora de su querido Felipe.

Podríamos intentar hacer una semblanza de Camila sin nombrar a Diana pero los lectores no lo perdonarían. Porque aunque en Gran Bretaña haya mermado la “dianamanía” y se haya dejado de endiosar la figura de la princesa fallecida, aquí, en América, Diana aún conserva a sus fanáticos, que son, lógicamente, odiadores seriales de Camila. Como ven, también en el mundo de la realeza existen las brechas.

Los “dianistas” culpan a Carlos y a Camila de todas las desgracias de Lady Di. Robamaridos, destructora de hogares, fea, vieja, sucia y bruja son solo algunos de los adjetivos con que se la describe. Y también “rottweiler”, el mismo apelativo que usaba Diana para nombrarla. Y un poco de razón tienen porque linda no es y fiel tampoco.

Kate en la sesión de fotos que le hizo a Camila para la revista Country Life

Claro que se olvidan de todos aquellos aspectos que resaltan los “camilistas”: Diana también le metió los cuernos a Carlos, sus trastornos alimenticios venían de la adolescencia y no fueron consecuencia del desamor y aunque era hermosa, debido a su narcisismo extremo, frivolizó su imagen.

Más allá de qué lado nos pongamos, no hay duda de que este trío causó una verdadera crisis institucional que puso en peligro a la monarquía.

Si bien hoy Carlos y Camila no son los más queridos miembros de la familia, según las últimas encuestas de los medios ingleses, su popularidad se ha duplicado en los últimos años.

Como todo hace pensar que se cumplirán los designios de Su Majestad, es bueno que vayamos conociendo a la mujer que de un día para otros puede convertirse en la primera reina consorte británica del siglo XXI.

Camila nació en Londres un año y cuatro meses antes que el príncipe Carlos y, aunque no lo hicieron en el mismo hospital, sí fue el mismo obstetra y la misma partera los que atendieron a sus respectivas madres. Camila fue la mayor de tres hermanos, su padre era oficial del ejército y pertenecían a la “baja nobleza”. Se educó en una escuela en Londres y a los 16 años continuó sus estudios en Suiza y luego en París, donde alcanzó un grado universitario en Francés y Literatura Francesa. A su regreso trabajó algunos años como recepcionista y, en paralelo, se dedicaba a una de sus grandes aficiones: la hípica. Su madre, hija de un barón, tuvo gran influencia en su educación y hace poco la duquesa recordaba cómo sus consejos le habían servido en las cenas de Estado “¡Habla! No importa de lo que hables. Habla de tu loro o de tu pony pero mantén la conversación”.

A fines de la década del ´60 comenzó a pertenecer al círculo de los hijos de la reina. Entabló relación con un exnovio de la princesa Ana, el oficial del ejército Andrew Parker-Bowles, y en 1971 conoció al príncipe de Gales. Aunque ya lo contamos hasta el cansancio recordemos que Camila, cuando lo conoció, le dijo “¿Sabía usted que su tatarabuelo fue amante de mi bisabuela?”. Se refería a una de las parejas adúlteras más armónicas y aceptadas de la historia: el rey Eduardo VII y Alice Keppel, que lo acompañó con devoción en los últimos años de su vida y fue aceptada hasta por su propia esposa, la reina Alejandra.

Carlos y Camila comenzaron una historia de amor profunda pero imposible. Plebeya, mayor que él, católica y bastante rebelde. Ah… y tampoco era virgen. Una chica así jamás sería aprobada por su madre y, además, Carlos apenas había cumplido los 20 y tenía por delante años de formación universitaria y militar. También, opinaba su familia, el tímido Carlos debía foguearse un poco en cuestiones amorosas, picotear en varios nidos y recién ahí elegir para esposa a una inmaculada princesa extranjera (se apostó mucho por Carolina de Mónaco) o a una rosa inglesa rubia y aristocrática.

El marketing ayudó a que Camila sea querida

El noviazgo no prosperó y ella se casó con Andrew Parker-Bowles aunque siempre siguió la amistad con Carlos. La boda de Andrew y Camila fue el acontecimiento del año. Fueron 800 invitados entre los que se encontraban la hija, la hermana y la madre de la reina Isabel II. El matrimonio tuvo un varón, del que el príncipe Carlos es padrino, y una niña.

Entre las virtudes de la endogámica aristocracia inglesa no está la fidelidad y cuando Carlos, en 1986, se dio cuenta de que su matrimonio con Diana estaba en punto muerto, le pareció natural estacionarse en el lecho de Camila cuyo marido ya le había sido infiel en varias ocasiones. Y allí se quedó para siempre.

Lo mismo había hecho su tatarabuelo con Alice pero con la diferencia de que la prensa ya no era tan benévola y la información sobre la realeza se pagaba una fortuna. Así fue como trascendió una conversación telefónica de los tortolitos en que Camila le decía al príncipe que no podía soportar los domingos a la noche sin él y Carlos le contestaba “¡Si pudiera vivir metido en tus pantalones sería mucho más fácil!” y luego subía la apuesta expresando su deseo de convertirse en un tampón. Con esta anécdota tan poco elegante, conocida como el Tampongate, saltó a la prensa el nombre de Camila y nunca más dejó de estar presente en los medios.

Siguieron divorcios y funerales por todos conocidos. Tenían todo en contra y, en especial, a la reina que se negó a conocer a Camila hasta 2001 cuando no le quedó otra ya que la pareja convivía y quería casarse. Finalmente lo hicieron el 9 de abril de 2005. Ambos rondaban los 60 años y hacía 25 que se amaban.

Para conmemorar sus 75 años, Camila ha sido tapa de la edición británica de la revista Vogue y en un reportaje contó por primera vez cómo hizo para superar esos años hostiles en que la prensa y la opinión pública la odiaban. “No fue fácil ser examinado durante tanto tiempo pero tienes que encontrar la manera de vivir con eso. A nadie le gusta que lo miren todo el tiempo y que lo critiquen pero lo supero y sigo adelante. Tienes que seguir con tu vida”, y recuerda lo que el duque de Edimburgo le aconsejó en su momento: “Decir menos y hacer más y continuar trabajando”.

Camila también fue editora invitada en la edición del 13 de julio de la revista Country Life, que cumple 125 años. Fue un trabajo de meses ya que ella misma eligió los temas y escribió el editorial que comenzó con una humorada: “Hay muchas razones por las que me encantó que me pidieran editar la Country Life de esta semana. La más egoísta es que celebrar el 125 cumpleaños de la revista hace que, a mis 75, me sienta positivamente joven”. En la edición hay notas de color, reportajes a agricultores, análisis y fotos de sus propias perritas rescatadas (a las que adora) adornadas con sus collares de perlas. Pero también aparece el lado oscuro de la vida en el campo: la duquesa no se olvida de lo difícil que les resulta pedir ayuda a las mujeres que viven alejadas de las ciudades y que son víctimas de violencia doméstica. Camila fue la encargada, también, de elegir la receta que semanalmente aparece en la revista: un noble pollo asado que, de tan sencillo, los lectores bien pueden atreverse a replicarlo.

La popularidad de Carlos y Camila se ha duplicado en los últimos años en el Reino Unido

 

“Tengo la sensación de estar en casa cuando estoy en el campo”, se tituló el reportaje en el que Camila habla de su vida y cuyas fotografías fueron tomadas por Kate, duquesa de Cambridge, esposa de su hijastro Guillermo. Camila aparece relajada ante la cámara de Kate quien la retrató caminando por el campo, con un sencillo vestido liberty de Sophie Dunde, acompañada de un Jack Russel Terrier y con una taza de té. ¿Pueden los británicos pretender una reina más acorde al espíritu nacional? Ni en sus mejores sueños se lo hubieran imaginado hace 20 años.

Sabemos por los reportajes que a la duquesa no le gusta nada viajar en avión; que comparte con su esposo el amor por los caballos y la jardinería; que todas las noches juega al Wordle y comparte por Whattsap los resultados con su nieta y que, a pesar de privilegiar la comodidad a la moda, tiene debilidad por los sombreros recargados. Confesó que en plena pandemia, cuando estaba confinada en el castillo de Escocia, comenzó a tomar clases virtuales de ballet clásico en la Real Academia de Danza Cisnes Plateados con un grupo de mujeres mayores de 65 años y que poco a poco ya está viendo los resultados. Podemos decir que, con esta magistral acción del equipo de prensa y marketing del palacio, estamos conociendo a Camila en mejor versión.

Pero lo más importante es, tal vez, lo que reconocen hasta Guillermo y Harry: que Camila hizo feliz a su padre y que logró que se acercara más y mejor a ellos. Algo de razón deben tener porque hay infinidad de imágenes en las que vemos a Carlos, que se crió en una familia en la que abrazarse era signo de debilidad, como un padre y abuelo amoroso.

Londres está viviendo una ola de calor sin precedentes que está haciendo estragos entre los ancianos. El ingenio popular, que de todo hace humor, creó una viñeta en la que aparece la reina Isabel, de 96 años, diciendo “Tengo miedo que este clima extremo afecte a mi hijo Carlos”. Más allá del chiste el día llegará y, si el destino no vuelve a torcerse, Camila, será reina.

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