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Sara Gallardo escribió “Los galgos, los galgos” en 1968. Este es el retrato de un hombre que no sabe habitar su tiempo y la confirmación de una escritora imprescindible
“De mi padre heredé una casa, la mitad de un campo y algo de dinero”.
Así comienza “Los galgos, los galgos”, con una frase breve, seca, pero cargada de una herencia que va más allá de lo material. A partir de ahí, la novela de Sara Gallardo se despliega como un tapiz de emociones cruzadas: amor, tedio, pertenencia, culpa, belleza. Publicada originalmente en 1968, la obra regresa a las estanterías gracias a su reedición y confirma que, aunque hayan pasado más de cincuenta años, Gallardo escribió un libro que sigue respirando, que interpela, que duele y encanta.
A lo largo de sus quinientas páginas, la novela nos invita a recorrer la vida de Julián, un joven acomodado, abogado sin vocación, que tras la muerte del padre decide canjear su parte de la herencia para quedarse con un campo: Las Zanjas. Se instala allí con su novia Lisa, rodeado de naturaleza, animales y silencios. Suena romántico, pero Gallardo jamás escribe para agradar. Bajo ese aparente idilio, late una pulsión melancólica y una sensación constante de incomodidad. El campo, la pareja, el amor: nada alcanza. Y eso no es culpa del paisaje ni de los otros. Julián no logra habitar su tiempo ni su rol, como si estuviera siempre corriéndose del centro de su propia vida.
La novela está dividida en cuatro partes que acompañan distintas etapas de la vida de Julián. La primera, marcada por el descubrimiento del campo y del amor joven, tiene una vitalidad que se diluye con el correr de los años y las decisiones. Gallardo opta por una narración en primera persona, lo que permite un acceso privilegiado al pensamiento del protagonista, con todas sus contradicciones, cinismos y sensibilidades.
El estilo es de una belleza feroz. Preciso, rítmico, intuitivo. Gallardo construye imágenes poéticas sin caer en el barroquismo; lanza frases como latigazos y logra, con una economía que maravilla, describir el campo argentino y la tristeza de los vínculos humanos. Pero también aparecen los animales: los galgos, claro, amados y simbólicos, pero también caballos, ranas, culebras, mosquitos. El mundo vivo rodea a Julián, aunque él no siempre sepa qué hacer con él.
Hay algo profundamente existencial en esta novela. No por su tono, que no es grave ni filosófico, sino por lo que deja ver: un personaje que no encaja, que no se halla ni en el campo ni en la ciudad, ni en el amor ni en el desamor. Un personaje que tiene todo y no sabe qué hacer con nada. La novela podría leerse como una historia de amor —y lo es— pero también como una meditación sobre la pérdida y la imposibilidad de volver atrás. El lenguaje, siempre al borde de lo epifánico, alterna entre diálogos breves, introspecciones desgarradas y momentos de lucidez brutal.
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Pero si bien Julián puede resultar antipático, la narración consigue que, en ciertos momentos, nos sintamos cerca. No por empatía, sino por el peso de lo humano. Julián duda, se contradice, es cruel, es frágil. Se lastima y lastima. Se parece, por momentos, a esos personajes que uno querría sacudir. Pero también es ese que observa el mundo con ojos nuevos, que le pone palabras a las cosas, que intenta —torpe, vanidoso— decir algo del amor, del paisaje, de la vida.
Una parte importante del relato transcurre en París, donde Julián se instala un tiempo. Allí, la novela se vuelve más árida, menos sensorial. El paisaje se oscurece, el río europeo “indiferente y malvado” contrasta con la exuberancia del campo argentino. Las mujeres que aparecen en su vida —Lisa, luego otras— sirven para delinear una figura masculina que seduce por su desdén, pero que al mismo tiempo se muestra incapaz de sostener un afecto verdadero.
Quizás “Los galgos, los galgos” no sea una novela perfecta. Algunas escenas podrían parecer reiterativas, ciertos monólogos de Julián podrían desesperar. Pero esa es, también, su naturaleza: ser una novela viva, movediza, llena de matices. Una novela que no quiere dar respuestas sino abrir preguntas, que no se deja domesticar, como los galgos que la recorren.
Los galgos, los galgos
Sara gallardo
Editorial: Fiordo
Páginas: 512
Precio: $39.000
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