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De Rosario, periodista, escritor y poeta
En “Pendejos”, el escritor y periodista rosarino Reynaldo Sietecase construye un territorio incómodo: el de una infancia atravesada por la violencia, donde los chicos dejan de ser promesa para convertirse en síntoma.
No hay épica ni redención. Lo que aparece, en cambio, es una galería de personajes que matan, roban, se drogan o sobreviven como pueden en un mundo que ya los expulsó.
El libro reúne diez relatos que parten de hechos reales pero evitan la reconstrucción periodística tradicional.
Así, Sietecase trabaja con fragmentos, con apenas un recorte de información, y desde ahí despliega una ficción que no busca explicar sino incomodar al lector.
El resultado es una literatura áspera, que obliga a quien se inmiscuye en la obra a meterse en los pliegues más oscuros de la vida cotidiana.
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Los protagonistas son chicos, pero la niñez está ausente. Hay un adolescente que planea convertir su barrio en un coto de caza, otro que dispara contra su padre para frenar un abuso, una joven que organiza una masacre familiar.
Todos comparten una marca: son víctimas y victimarios al mismo tiempo. En ellos se condensan el abandono, la humillación, la violencia estructural, la desidia sistemática.
El libro también discute una idea instalada: la de una infancia inocente. Lo cierto es que aquío, la infancia es una construcción frágil que se rompe cuando fallan la familia, la escuela y el Estado.
“Un chico con un arma es la contradicción de la infancia”, parece decir cada historia.
En clave policial —aunque sin detectives ni certezas—, Sietecase arma un mosaico social donde la violencia no distingue clases ni geografías. Puede suceder en una villa, en un barrio acomodado o en cualquier ciudad del país. Lo que cambia es el contexto; lo que permanece es la fractura.
“Pendejos”, la obra de Sietecase publicada en 2007, no busca consolar. Su potencia narratica está en lo contrario: en dejar al lector sin aire, enfrentado a una realidad que, aunque ficcionalizada, resulta demasiado cercana.

En esta novela, Reynaldo Sietecase toma una pregunta brutal y la convierte en motor narrativo: ¿cuántas muertes hacen falta para saldar una injusticia?
A partir de ese interrogante, el escritor que se contamina de la ovela negra, construye así un policial oscuro que se interna en las zonas más turbias de la condición humana.
La historia arranca con un crimen devastador: el secuestro y asesinato del hijo de un poderoso empresario.
Cuando los culpables recuperan la libertad, el padre decide no confiar en la justicia. La respuesta no será legal sino personal: contratar a alguien para ejecutar a los responsables, uno por uno.
El encargado de articular ese plan es Mariano Márquez, un abogado con pasado turbio que ya había aparecido en otra novela del autor.
No es un héroe, ni pretende serlo. Como casi todos los personajes del libro, se mueve en una zona gris donde la ley y el delito se superponen.
A medida que la trama de “A cuántos hay que matar” avanza, la novela despliega un entramado de figuras atravesadas por el odio, la ambición y la desesperación: un preso que teme salir en libertad, un periodista dispuesto a todo por reconocimiento, policías y fiscales que pierden de vista lo humano, un asesino a sueldo metódico y eficiente.
El eje no está en descubrir culpables —eso ya se sabe— sino en mostrar las consecuencias de la venganza.
La justicia por mano propia -como una lectura de la sociedad actual- aparece como una ilusión peligrosa que desencadena una cadena de violencia imposible de detener.
Sietecase se apoya en su mirada periodística para dotar de verosimilitud a la historia. Hay ecos de casos reales, pero la novela no busca reproducirlos sino utilizarlos como punto de partida para una reflexión más amplia sobre la impunidad y el deseo de castigo.
Con una prosa ágil y directa, el autor construye un relato que atrapa desde la primera página y deja una inquietud persistente: en un sistema que falla, ¿quién decide dónde termina la justicia y empieza la barbarie?

Lejos del policial tan habitual en su prosa, Reynaldo Sietecase se sumerge en “Cabrón” y en un territorio mucho más íntimo: el de la memoria familiar.
La novela, publicada hace pocos días, parte de una necesidad personal —recordar a un padre— y se convierte en una exploración profunda sobre la identidad, el duelo y las huellas que dejan los vínculos.
El narrador, un hijo atravesado por la ausencia, intenta reconstruir la figura paterna muchos años después de su muerte. Lo hace a partir de objetos —unos anteojos, un reloj de ajedrez, discos, libros— y también de aquello que no se puede tocar: gestos, frases, conflictos, silencios.
La imagen que emerge está lejos de ser idealizada. El padre aparece como una figura compleja, capaz de ternura y afecto, pero también de autoritarismo y rigidez. En esa ambigüedad se juega el corazón del libro: entender quién fue ese hombre implica también preguntarse cuánto de él habita en el propio narrador.
La escritura avanza como una arqueología emocional. Cada recuerdo ilumina algo, pero también abre nuevas preguntas.
La memoria, entonces, no es aquí un refugio sino un territorio inestable, donde conviven el amor y el resentimiento, la admiración y la distancia.
El trasfondo histórico —marcado por tensiones políticas y generacionales— añade otra capa de sentido. La relación entre padre e hijo no es solo privada: está atravesada por una época, por decisiones y posicionamientos que dejaron marcas profundas.
“Cabrón” es, en este sentido, el libro más íntimo de Sietecase. Pero también es el más universal. Porque en esa reconstrucción personal aparecen preguntas que exceden lo autobiográfico: qué hacemos con lo que heredamos, cómo convivimos con lo que rechazamos, de qué manera se construye una identidad.
Con una prosa contenida y poética, el autor logra evitar tanto la idealización como el ajuste de cuentas. Lo que queda es algo más complejo y honesto: el intento de entender que toda vida, al final, es el relato que sobrevive a quien la vivió.

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