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Poeta platense: la poesía como una certidumbre

Una mirada sobre la obra de Rafael Felipe Oteriño a raíz de la publicación de “Viento extranjero”. El poeta, que publicó más de 12 libros, acaba de ser designado miembro de número de la Academia Argentina de Letras

26 de Octubre de 2014 | 00:00
Poeta platense: la poesía como una certidumbre

Por SANDRA CORNEJO

El poeta percibe en una epifanía que en nuestras propias casas somos una especie de huéspedes. Lo escribe en un poema de su último libro y nos dice: ellas nos amparan, nos prestan su lámpara: “en los días malos nos cobijan”. Sabe también que las cosas no duran (se suceden), que la permanencia (ansiada desde los primeros balbuceos) es un anhelo en el que los jardines se vuelven otoñales o lo escrito se dispersa sobre el agua.

Por naturaleza, va y viene en un tiempo de paisajes interiores que lo guardan en su errancia. Es en ese acontecer que el poeta le escribe un poema de adiós a Symborska. Por un instante, él también (como su entrañable escritora polaca) “pone los platos sobre la mesa y da de comer a los fantasmas”. Sin embargo, el poeta sonríe en la profundidad de su silencio porque comprende que la orfandad (la extranjería) es, al cabo, una condición más del ser humano, y así, en su universo de imágenes concluye, ya en la madurez, que “la vida es el lugar”. La vida toda, sencillamente, “sin mapa ni linterna ni lastimadura en el corazón”.

Su geografía (la del poeta) ha sido variada. De raíces platenses, se ha ido habituando a la “planicie que está detrás de las olas”, descripción con la que enuncia a su “otra” ciudad, Mar del Plata, donde vive desde hace más de 40 años. Suele recorrer el mundo y entonces un viento sereno lo mece entre su lengua madre y su lengua extranjera, ambas, para él, “un lago transparente” en el que se zambulle y nada: la lengua madre de los poetas amigos, la lengua extranjera a la que se asoma “como a un reino”. Los molinos de la escritura se inflaman en uno u otro valle. La suya es una labranza detallista, persistente, en donde lo mínimo se desliza para buscar evidencias de un mundo que no termina en la profundidad porque habrá otro orden después, por descubrir, por comprender. Es así como para él “la poesía tiene el don de hacernos personas” porque es a través de su “desconocer que lleva al conocimiento” y porque, en tal sentido, “la función del poeta es explorar el mundo”.

Sus temas y recurrencias son “el pasado, la naturaleza, la fragilidad de la existencia, la memoria como receptora de lo visto y vivido (sitios, maestros, viajes, lecturas), la vida como decurso”; ha dicho también que “la poesía es una última red de sentido que toma su valor cuando los otros medios del conocer fracasan”. Ha buscado abrigo en lo invisible y lo callado; aprendió a confiar en un bosque del que no ha salido, en el claro de un bosque al que llegó extraviado, con “los pies descalzos” entre “las flores desnudas”.

Un poeta que el poeta admira (polaco, como Symborska) escribió en un libro inhallable “que los espíritus buenos, no malignos, hagan de nosotros un instrumento”. Lo dijo a raíz del sentido del poema, del efecto del arte poético. Otro de sus hermanos poetas (esta vez un irlandés) subrayó, al recibir un premio universal, que la poesía tiene “el poder de recordarnos que somos cazadores y recolectores de valores”. Así como estas voces que nos rodean, en su tempo y en su tono Oteriño (el poeta) nos envuelve en un paisaje propio, bucólico, lúcido, donde “un viento extranjero aparta las ramas”. Y canta. Fluye en él la poesía como una certidumbre, una compañera de viaje en la que se confía y de la que se espera lo imposible.

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