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Noches de bodas reales: poco amor consumado

Matrimonios arreglados con novios que se conocían casi sobre el altar no daban mucho lugar a encuentros románticos. Claro que siempre hay una excepción

Noches de bodas reales: poco amor consumado

Carlos II el Hechizado

Por: VIRGINIA BLONDEAU
vivirbien@eldia.com

25 de Julio de 2021 | 08:19
Edición impresa

“Que todas las noches sean noches de boda y todas las lunas sean lunas de miel” canta, como en un ruego desesperado, Joaquín Sabina. Pero todo sabemos que es un imposible y más aún en aquellos matrimonios en los que el amor está ausente, como es el caso de las parejas reales concertadas de otros siglos. Es natural, incluso, que el amor se transforme, se apacigüe o se termine pero, por lo menos en la misma noche de bodas, se supone que están garantizados acción y romanticismo. Bueno… ya veremos que no siempre fue así.

Hasta principios del siglo XIX, era común en algunas cortes que la consumación del matrimonio fuera un acto al que asistían algunos miembros de la corte quienes tenían como función verificar que la novia era virgen y que el rey “cumpliera”. Por otro lado las novias solían dejar testimonio escrito de cómo las cosas habían resultado en esa noche tan temida. Sea en sus diarios o en cartas a sus parientes, el material que llega hasta nuestros días es bastante explícito. De modo que conocemos más acerca de la intimidad de la reina Victoria de Inglaterra, que se casó en 1840, que de cómo lo pasaron Guillermo y Kate en su noche de bodas.

“NUNCA, NUNCA he pasado una noche así. MI QUERIDO, QUERIDO, QUERIDO Alberto con su gran amor y afecto me ha hecho sentir que estoy en un paraíso de amor y felicidad, algo que nunca esperaba sentir. Me cogió en sus brazos y nos besamos una y otra vez. Su belleza, su dulzura y su amabilidad -nunca podré agradecer suficientes veces tener un marido así- que me llama con nombres tiernos como nunca antes me han llamado ha sido una increíble bendición. Este ha sido el día más feliz de mi vida”.

Así escribía la reina en su diario pero que el lector no se llame a engaño: la noche de bodas de Victoria y Alberto fue una excepción. La mayoría de las novias reales de otros siglos la pasaron bastante peor y algunos novios también.

La reina Victoria y el príncipe Alberto

De hecho, la propia Victoria llegó a ser reina por una noche de bodas desastrosa: su tío Jorge (que reinaría como Jorge IV) se había comprometido con Carolina, una princesa alemana a la que conoció poco antes de la boda. Al verla (y olerla) dijo que la chica le resultaba “repugnante” y que iba a tener que emborracharse para atreverse a entrar al lecho nupcial. A pesar del alcohol, en la noche de bodas pudo concretar tres veces, darse cuenta de que Carolina no era virgen y dejarla embarazada. Toda una proeza pero que le dejó un sabor tan amargo que nunca más volvió a acercarse a su esposa y la condenó al exilio en cuanto pudo. Jorge tuvo tanta mala suerte que su hija, fruto de esa noche, falleció joven y el trono fue pasando de hermano a hermano hasta recaer en su joven sobrina Victoria.

Claro que la tragedia de Jorge no es nada comparada con aquellos en que su noche de bodas fue también, su última noche en este mundo. Es el caso de Atila. Era el año 453 y el rey de los hunos se casaba con Ildico, una princesa goda. El hombre tenía experiencia porque se había casado varias veces pero, a la avanzada edad de 47 años, comer y beber en demasía y luego cumplir con su flamante esposa le produjo una hemorragia nasal de la que no pudo reaccionar y lo hizo morir ahogado con su propia sangre.

Claro que para noches de bodas raras, los que se llevan todos los premios son los monarcas españoles. Por empezar fue, durante siglos, la corte más hipócrita, manipuladora y que más se inmiscuía en la vida íntima de sus reyes. Tampoco ayudaba que, al casarse entre primos, hubo generaciones enteras de príncipe y reyes un poco lelos.

La propia Victoria de Inglaterra llegó a ser reina por una noche de bodas muy desastrosa

 

Empezamos con la historia de quien reinaría como Enrique IV. En 1436, cuando el joven príncipe tenía solo 12 años, contrajo matrimonio con su prima, Blanca de Navarra, de 13. Pero los esposos fueron separados y recién tres años después se realizó el acto casi público de la consumación del matrimonio. El lecho nupcial estaba separado por una fina cortina de la platea en que se encontraban los miembros de la corte que debían certificar la virginidad de la novia y la virilidad del rey. Lamentablemente ni una cosa ni la otra fue posible porque nada sucedió ni esa noche ni ninguna otra. Y ahí nomás comenzó la grieta: sus detractores le decían “el impotente” y agregaban que, además, le gustaba retozar con sus guardias y cuanto más moros, mejor. Sus defensores decían que no era culpa de Enrique sino de su miembro que era “débil y escuálido en la base pero luego se ensancha hacia una cabeza desproporcionada que impide que la erección se complete” pero que mujeres experimentadas daban cuenta de que podía completar el acto y que, en definitiva, la culpa era de Blanca que no se la bancaba. Y así fue como el matrimonio fue anulado y a los pocos meses Enrique volvió a casarse con Juana de Portugal. Con más experiencia, el joven no permitió que tanta gente presenciara el acto pero, aún así, la noche de bodas fue tan blanca como con Blanca. En realidad a nadie importaba la virilidad del rey sino que todo eran juegos de poder y de sucesión y en esos juegos es como mágicamente, siete años después de la boda, un día la reina Juana apareció embarazada. Tuvo una hija que recibió el nombre de su madre pero que siempre fue conocida como “la Beltraneja” en honor a Beltrán de la Cueva quien rondó el lecho de ambos reyes y quien, seguramente, puso la semillita.

Para noches de bodas raras, los que se llevan todos los premios son los monarcas españoles

 

La falta de legitimidad de la hija de Enrique hizo que a su muerte lo haya sucedido su hermana Isabel, casada con Fernando de Aragón y quienes pasaron a la historia como los Reyes Católicos. Estos reyes formaron un matrimonio bien avenido y cuyos hijos Juan y Juana protagonizaron las noches de bodas más fogosas de la historia de España. Se casaron el mismo día con los príncipes austríacos Margarita y Felipe, que eran hermanos entre sí y primos de los españoles. Ambas bodas debieron adelantarse porque no bien conocerse quisieron meterse bajo las sábanas. Tanto fuego no terminó bien: Juana se volvió loca de amor y Juan murió, dicen que agotado de tanto sexo, seis meses después de su casamiento.

El lecho nupcial se separaba con una fina cortina de los miembros de la corte que miraban

 

En España, con el hijo de Juana, comenzó a reinar la Casa de Austria pero la endogamia continuó a través de los años y dio como resultado que en 1661 naciera el único hijo que llegó a la edad adulta de la pareja formada por los primos Felipe IV y Mariana de Austria. Pasó a la historia como Carlos II El Hechizado. Nada más nacer todos se dieron cuenta de que era un niño débil, malformado y destinado a la desgracia. Así lo describen las crónicas de la época: “No puede enderezar su cuerpo sino cuando camina, a menos de arrimarse a una pared, una mesa u otra cosa. Su cuerpo es tan débil como su mente. De vez en cuando da señales de inteligencia, de memoria y de cierta vivacidad, pero no ahora; por lo común tiene un aspecto lento e indiferente, torpe e indolente, pareciendo estupefacto“.

Caricatura sobre la relación de Jorve IV y su esposa

Y lo peor es que fue rey de España desde los tres años hasta su muerte y que su corte lo hizo ilusionar con que podía casarse y dar un heredero al reino. La novia elegida fue, obvio, una prima: María Luisa de Orleáns.

En cuanto la novia llegó a España se celebró la boda. Al conocer a su futuro marido, se dio cuenta de cuál era la prisa: si lo hubiera tratado antes, posiblemente hubiera salido huyendo.

Tras cumplir con su esposa, Atila tuvo una hemorragia nasal y se ahogó en su propia sangre

 

Nunca hubo en España tal cantidad de festejos previos a la noche de bodas: fiestas, fuegos artificiales, corridas de toros. Días enteros antes de que llegara el momento de meterse en el lecho. Por fin una noche después de cenar e ir a misa Carlos tomó de la mano a María Luisa, siempre en silencio ya que ni la novia sabía castellano ni el novio francés, y a consumar se ha dicho. A la mañana siguiente Carlos apareció feliz y contento, lo que hizo exclamar al embajador inglés: “lo increíble parece haber sucedido”. Pero no… creyera lo que el pobre infeliz creyera que había hecho, la novia se dio cuenta de que seguía siendo virgen. Cuando varios meses después lograron llevar a cabo la consumación del matrimonio, el esfuerzo de Carlos fue tal que quedó extenuado.

Milagrosamente, el cada vez más contrahecho el rey sobrevivió a su esposa de modo que hubo que volver a casarlo a ver si por fin lograba tener un heredero. La elegida fue Mariana de Neoburgo. El historiador Carlos Fisas describe así a la pareja: “él pequeño, enclenque, raquítico, enfermizo, con voz débil y atiplada, pelo lacio de color aceituna, ojos linfáticos y saltones y el mirar apagado. Ella robusta, alta, opulenta de busto, gordinflona, pelo rojizo, rostro pecoso, ojos saltones y nariz larga”.

Y agrega para la posteridad “todas las figuras históricas tienen sus defensores y detractores; Mariana de Neoburgo constituye una excepción: solo tiene detractores”

Juana la Loca y Felipe el Hermoso

No sabemos qué pasó en la noche de bodas pero sí sabemos que la nueva reina no sólo dijo que todo había salido fenómeno sino que, además, estaba embarazada. A lo largo de su vida y para conservar cierto poder en la corte, fingió varios embarazos.

Carlos II murió sin dejar herederos y así en España comenzaron a reinar los Borbones. Corría el año 1700 y dejamos a los lectores con la intriga de lo que sucedió con los hombres y mujeres de esta dinastía quienes, según algunos autores, fueron verdaderos adictos a las grandes emociones en las noches de sus bodas y en todas las noches de sus vidas. Continuará…

 

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