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El judaísmo abrió sus púlpitos a las mujeres

"Cuando era una nena pequeña mi abuelo me alzaba y me contaba su historia y la de sus hermanos y sus padres, rabinos y maestros porque era esa la tradición, muchos asesinados en tiempos del nazismo. Y mi abuelo lloraba emocionado con sus recuerdos de reuniones familiares. Eran relatos cargados de ternura, cariño. Los viernes y los sábados me tomaba de la mano para ir juntos a la sinagoga que él había ayudado a levantar". Y no cuesta mucho imaginar la escena, con aquella nena que volaba sobre viejas aldeas como las muchachas de Chagall, con el impulso de los recuerdos, de esa tradición tan ricamente atesorada que ha permitido a cada judío sentirse parte del mismo pueblo, moldeados desde la misma fe. Karina Finkielsztein tiene sólo 28 años y el próximo 31 de mayo, siguiendo la historia de su abuelo, será ordenada rabina en Buenos Aires, aunque el título ya lo recibió el 19 de febrero en Israel.

No es la primera rabina ni la que más tuvo que luchar contra las férreas tradiciones y que aún hoy cierran la puerta del sacerdocio a las mujeres en otras religiones históricas. A su lado, en el Seminario Rabínico Latinoamericano del barrio de Belgrano en Buenos Aires, están las rabinas Margit Oelsner-Baumatz (67), la primera en ordenarse en el país hace once años y Graciela Sribman de Grymberg (53), nacida en La Plata, en donde reside su hermano. Margit, Graciela y Karina son tres de las ocho rabinas que hay en la Argentina, todas egresadas del seminario creado por Marshall Meyer en 1962 en nuestro país, en donde recibieron su formación académica y religiosa a la que sumaron un año en Israel. De las ocho, cuatro desarrollan su actividad en el país, dos en capital, una en el Gran Buenos Aires y otra en Paraná; las cuatro restantes están en Estados Unidos (Atlanta), Santiago de Chile, Costa Rica y Río de Janeiro.

EL LUGAR DE LA MUJER

Si se cumplen exactamente los planes, los estudios insumen ocho años más uno más, el último y obligatorio, que se cursa en Israel; además se exige a todos una carrera universitaria para que conozcan el mundo y tengan una inserción social. Si se piensa que de las grandes religiones, el judaísmo es la más antigua, la ordenación de las mujeres es un hecho casi reciente. Sin embargo, es vanguardia si se las compara con otras religiones históricas, incluida la católica. Umberto Eco preguntaba al cardenal Carlo María Martini en su célebre intercambio epistolar: "¿Cuáles son las razones doctrinales para prohibir el sacerdocio a las mujeres? Si se dieran simples razones históricas, de oportunidad simbólica, dado que los fieles está todavía avezados a la imagen de un sacerdote varón, no habría razones para apresurar a la Iglesia, cuyos plazos son largos", y agrega irónicamente, "aunque eso sí, me gustaría conocer una fecha antes de la Resurrección de la Carne".

Los judíos conservadores leyeron el mensaje de los tiempos y dieron respuesta: hace algo más de 60 años que ordenaron a la primera rabina en el mundo, que luego fue asesinada en Auschwitz; en la Argentina la primera rabina ordenada fue Margit, en 1994. Los judíos ortodoxos todavía no han ordenado a ninguna mujer pero estarían a punto de hacerlo, este año, en Israel. Los cristianos históricos ya lo han hecho y en nuestra ciudad lo demostraron con sus pastoras las iglesias calvinista y luterana. Pero no ha sido sencillo. Cada espacio ganado fue producto de una larga lucha y también del reconocimiento y sabiduría de quienes supieron escuchar ese reclamo genuino e igualitario.

El camino de Margit fue particular y distinto al de Graciela y al de Karina. Llegó al país siendo niña con sus padres huyendo del nazismo. "Provengo de una familia alemana de fe mosaica, que no era religiosa. Cuando me casé decidimos con mi marido que nuestras hijas iban a tener una educación judía. Cuando vi que ellas estudiaban un idioma que yo no conocía empecé a estudiar hebreo con ellas y fue mi puerta de ingreso. Hice el terciario de Ciencias Judaicas y un rabino me llevó a la comunidad judía de Florida y me entusiasmó para que siguiera mis estudios. Hice el prerrabínico de 4 años y el rabino del seminario me dijo que yo iba a ser la primera mujer en ordenarme. Pero no fue sencillo y tuve que esperar que se inscribiera otra mujer para hacer el último tramo y ordenarme. Antes tuve que hacer una carrera universitaria que no tenía. Soy psicopedagoga".

Graciela, nacida en La Plata, es arquitecta y también su vocación se remonta a recuerdos de su infancia, en acompañar a su padre que había estudiado para rabino en Europa, a la sinagoga. "Tenía 12 años y quise aprender a leer la Torá (la Ley o el Pentateuco) y siempre participé. Quería ser maestra, educar. Y si bien tuve un ingreso tardío ya que ejercí la arquitectura durante años, sentía la necesidad de enseñar y, después, de ser rabina. Estoy en la comunidad de Belgrano y dejé la arquitectura y me siento plena y feliz de haber encontrado este camino. Pero cuando comencé no fue fácil tampoco. Había tareas distintas para las mujeres y hubo que ganar el reconocimiento". Karina, si bien los tiempos habían cambiado, tuvo también que ganarse su lugar en la comunidad de Caballito, en la sinagoga que había ayudado a crear su abuelo, la misma que ahora la recibirá a partir del 31 de mayo.

A diferencia de la religión católica, cada comunidad elige y contrata a su rabino. Como en una bolsa de trabajo, hay una Comisión de Recursos Rabínicos que recibe de cada comunidad que cuenta con vacantes, sus características, qué hacen y quiénes la integran y un perfil del rabino deseado. Se les remite un listado de los disponibles, eligen, realizan entrevistas y llegan a un acuerdo que incluye salario, entre otros detalles.

MUJERES DE SU TIEMPO

Rabí quiere decir maestro. "Por lo tanto, nuestra tarea es educar, predicar en las sinagogas, en las aulas, a la gente que se acerca. Pero también se educa desde el púlpito. El shabat se celebra desde el viernes a la noche hasta el sábado a la noche. Se ora, se canta, se predica y el sábado se hace la lectura de la Torá que está dividida en 54 partes, que corresponden a los sábados del año. Se despliegan los rollos y se lee el pasaje elegido". No siempre la tarea de un rabino es estar en el púlpito; puede cumplir también tareas de tipo social o netamente educativas. Escuchamos problemas, aconsejamos y además estamos habilitadas para todas las ceremonias. Desde el equivalente al bautismo que es la circuncisión para el varón y la presentación a la Torá en la mujer; la bar-mistva y bat-mistva, según sean varón o mujer que son equivalentes a la confirmación católica y el matrimonio".

Pero además de ser rabinas, son mujeres y lo subrayan. Las tres están casadas y Margit y Graciela con hijos, la primera ya con nietos. Son profesionales universitarias y sin dejar de cumplir la ley, viven el mundo. Quizás sus gustos musicales las definan en ese sentido. Mientras que Margit se juega con la música romántica ("soy de otra época"), Graciela prefiere a Serrat y se confiesa casi una erudita en música celta, y Karina vive sus años gustando de la Bersuit, Los Piojos, el Hip-hop, pero coinciden las tres en que aman la música jasídica, "la de «El violinista en el tejado», la de los violinistas de Chagall".

También coinciden Graciela, Karina y Margit en sentirse felices de vivir un tiempo en el que se siente renacer el espíritu religioso. "Sobre todo después de la crisis. La gente busca respuesta a sus inquietudes y la busca en los textos. Es como si necesitara un marco". También están reconfortadas porque su religión les abrió la posibilidad de ser rabinas. "Si hubiéramos sido mayores y lo hubiéramos intentado 50 años años atrás, la puerta la habríamos encontrado cerrada. Hoy es posible".

LALO PAINCEIRA

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