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El valor de jugarse la piel

Por: SERGIO SINAY (*)
sergiosinay@gmail.com

1 de Diciembre de 2019 | 07:04
Edición impresa

Nassim Nicholas Taleb es un individuo bastante arrogante. Incluso le cabe la palabra inflexible. Su lenguaje se aleja de la condescendencia, no es amigo de los elogios. Y tiene una cuestión personal con los expertos, con los especialistas, con quienes se escudan en las formalidades de cualquier profesión. Desprecia enfáticamente a los que no se juegan el pellejo por sus ideas, a quienes no acompañan sus palabras con acciones y conductas consecuentes, a quienes miran, comentan y bajan línea desde las tribunas, pero jamás ingresan al campo de juego. “Ni Obama ni Donald Trump ni sus asesores saben lo que significa una guerra aunque manden a otros a morir en ellas”, dice Taleb a manera de ejemplo. “Y lo mismo ocurre con los banqueros: pueden correr todos los riesgos que quieran, que si pierden todo su dinero, no terminan como taxistas. El sistema los rescata, para que puedan perder aún más dinero ajeno”.

Nacido en Amioun, Líbano, hace 59 años vive hoy en Manhattan, se ha convertido en ciudadano estadounidense e integra el Instituto de Ciencias Matemáticas de la Universidad de Nueva York. Su último libro, titulado “Jugarse la piel” y recientemente traducido al castellano, lo pinta de cuerpo y mente. Es un vigoroso, apasionado e inclemente manifiesto contra quienes, especialmente en la economía, la política y la ciencia, predican sin arriesgar, atrincherados en discursos aparatosos y vacíos, pavoneándose con “papers” y enrevesados escritos académicos, vaticinando erróneamente lo que nunca sucede, intercambiando lisonjas en congresos, seminarios, foros internacionales y universitarios. Ensayista, investigador financiero y filoso pensador fuertemente influenciado por Daniel Kahneman, célebre psicólogo israelí de la conducta que ganó en 2002 el premio Nobel de Economía, Taleb hizo lo que predica. Durante muchos años operó en la bolsa, se jugó la piel en los mercados, aprendió y usó las triquiñuelas que ayudan a sobrevivir en esos territorios. Los materiales que lleva a sus libros, en los cuales exhibe un vasto conocimiento histórico y filosófico, están probados en la vida real. Y, desde el primero de ellos (titulado “¿Existe la suerte?”) Taleb ha insistido en la poca atención que, en todas las profesiones y actividades y en la vida diaria de las personas, se le presta a la aleatoriedad. Lo aleatorio es opuesto a lo previsible, es aquello que nadie puede prever y, a menudo, ni siquiera imaginar. Y es lo que, en cierto modo, determina nuestras vidas por mucho que nos refugiemos en previsiones, predicciones, seguros, asesores o eso que llamamos experiencia.

La erudición es frágil y la sabiduría antifrágil, las teorías son frágiles y las pruebas antifrágiles

 

EL PILOTO PESIMISTA

“El pasado no puede usarse para predecir el futuro”, es una máxima de cabecera de Taleb. Y pone como ejemplo la crisis económica y financiera que descalabró al mundo en 2008 y de la que todavía resulta difícil salir. Ningún experto la previó, señala, y cuando creen que aprendieron de ella, los sorprende una nueva crisis que no responde a los mismos mecanismos ni causas de la anterior. La arrogancia de creer que se puede controlar las variables y predecir el futuro produce catástrofes económicas, políticas y sociales, señala Taleb. “Yo prefiero que el piloto del avión en el que viajo sea pesimista y no optimista”, advierte. “El pesimista no solo tomará más prevenciones, no se confiará en que todo estará bien, sino que estará más alerta, porque sabe que puede pasar algo inesperado y desconocido”.

Sus estudios sobre la aleatoriedad lo llevaron a publicar en 2007 su célebre libro “El cisne negro”, con el cual instaló una categoría. El cisne negro es un hecho altamente improbable e impensable que, sin embargo, ocurre. Y, de acuerdo con Taleb, responde a tres características. Tiene efectos desproporcionadamente grandes, enorme repercusión y es imposible calcularlo y preanunciarlo. Cuando, al compás de la presentación del libro, Taleb sostenía que, aunque solo veamos cisnes blancos, los cisnes negros nos rodean fue considerado agorero, anticientífico y carente de argumentos. Después de la crisis del 2008, y de haber demostrado las características de cisne negro del 11 de septiembre de 2001, el ensayista pasó al contraataque. Desde entonces no ha cesado de embestir contra expertos, especialistas y predictores demostrando una y otra vez sus fracasos y sus embustes. Observado con atención, el mundo está poblado de cisnes negros. Trump, Bolsonaro, el Brexit, sangrientos atentados terroristas en ciudades supuestamente seguras, Chernóbil, Tsunamis, etcétera, etcétera.

“Hay un montón de idiotas que tienen ´El cisne negro´ en su biblioteca, pero sólo porque se puso de moda”, dice Taleb. “La realidad es que, aunque lo hayan leído, no lo han entendido en absoluto. Sobre todos los banqueros”. Su tirria con los banqueros es permanente, quizás porque, debido a su trayectoria, los conoce muy bien. “Lo mejor que le podría pasar a la sociedad es la quiebra de todos los bancos, porque es un sector que se dedica a extraer rentas sin producir nada útil. Las nuevas tecnologías hacen que ni siquiera sean necesarios para prestar dinero. La única función de los bancos es pagar millones a sus ejecutivos. Y si meten la pata, paga el contribuyente. Deben desaparecer”, expresó ante el periodista Gonzalo Suárez, del diario madrileño “El Mundo”.

Lo aleatorio es opuesto a lo previsible, es lo que nadie puede prever ni siquiera imaginar

 

LO QUE PERDURA

Otro de sus blancos favoritos, lo cual le acarrea simpatías de mucha gente, son los burócratas. Cree que la gente debe confiar únicamente en quienes están expuestos en el mundo real a las consecuencias de sus teorías. Ve con escepticismo los consejos de economistas, políticos, intelectuales, politólogos y demás “expertos” y “especialistas” porque, desde su punto de vista, carecen de dos virtudes esenciales, como son la credibilidad y la integridad. “Si las decisiones más importantes no las toma gente que sufre las consecuencias de sus actos, el mundo será cada vez más vulnerable a un colapso sistémico. Eso explica las recientes revueltas de las clases populares contra los presuntos expertos, llámense gobernantes, políticos, economistas, o funcionarios internacionales. De forma visceral, han detectado que esa gentuza no se juega la piel y que, por lo tanto, jamás aprenderán de sus errores y los seguirán repitiendo sin pagar los costos”.

En conexión con la de cisne negro, Taleb es creador también de la noción de antifragilidad. Lo antifrágil es aquello que se fortalece en el desorden y la imprevisibilidad, al revés de lo frágil que necesita lo previsible y ordenado para subsistir. Crítico del progreso por el progreso mismo y de la euforia tecnologista, dice que antes de celebrar algo nuevo hay que esperar a ver si perdura. “El papel, por ejemplo, lleva miles de años siendo útil y seguro que sobrevivirá a los actuales libros electrónicos”, pone como ejemplo. Según su nomenclatura, la erudición es frágil y la sabiduría antifrágil, las teorías son frágiles y las pruebas antifrágiles, la industria es frágil y la artesanía antifrágil. En su apasionante libro “Antifrágil” estas categorías se estudian a fondo. Y, mientras se juega la piel en la demostración y sostenimiento de sus ideas, hay buenas razones para pensar que el propio Taleb es antifrágil.

 

(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"

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