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La literatura y el Carnaval

La dualidad entre lo pagano y lo religioso. Las fulminaciones bíblicas frente a las “celebraciones de la carne”. Los escritores y el valor creativo y vigente de las murgas. Un texto sobre el corso en Roma

La literatura y el Carnaval

Johannes Lingelbach, “Carnaval en Roma” detalle. (1650/1651) / web

Por: MARCELO ORTALE
marhila2003@yahoo.com.ar

24 de Febrero de 2019 | 07:49
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De origen pagano, el Carnaval encontró su razón de ser en los excesos. En su origen fue una fiesta permisiva y descontrolada. La antigua Biblia lo fulminó, porque lo vio como una celebración de la carne: “Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios”.

Pero cuando la Iglesia dominó a la Roma pagana, hubo un acercamiento. Al cristianizarse el imperio romano, la Iglesia intervino en los “saturnales” y les dio otra significación. La palabra “carnaval” es latina, viene de “carnelevarium”, que quiere decir “quitar carne”, para aludir así a la prohibición de consumo de carne durante los 40 días que dura la cuaresma católica.

El Arcipreste de Hita (1283-1351), al que se considera como fundador de la literatura medieval española, en “El libro del buen amor” describió esa dualidad en la pelea que les hace librar a Doña Cuaresma y Don Carnaval: “De mi, Doña Cuaresma, justicia de la mar, alguacil de las almas que se habrán de salvar, a ti, Carnal goloso que nunca te has de hartar, el Ayuno en mi nombre te va a desafiar”.

El bajo pueblo usó al Carnaval como atalaya para hacerse ver y sentir. La literatura siempre supo que había algo más en esos festivales populares de colores, de máscaras, de música, de sensualidad y de alegría tensa, traída desde la raíz profunda de lo humano. Se dice que el Carnaval más antiguo y arquetípico –el de Venecia, aún vigente- hizo que la gente noble quisiera divertirse junto al pueblo, pero protegida por disfraces.

Sobre la esencia de esta fiesta, puede leerse “El carnaval de Roma”, de Goethe (1749-1832). El recorrido por Roma y sus descripciones maravillosas se detienen de pronto en el fastuoso y heterodoxo desfile cultural que pasa delante de sus ojos, el rito pagano enfrentado a la celebración religiosa: “Es preciso haber asistido al carnaval en Roma para perder por completo las ganas de presenciarlo de nuevo en otra parte”, escribe.

“La murga es y será un fenómeno de orillas, de los bordes de la ciudad, un espacio del pueblo”

 

Existe otra nota dominante en el Carnaval, que los escritores se han encargado de transmitir, relacionado al desafío casi insurgente que transmite. El Carnaval supone una invasión de territorios habitualmente prohibidos. De este espíritu transgresor se ocupó el teórico Mijail Bajtin (1895-1975), creador del concepto de “literatura carnavalizada”. El tema es complejo y fascinante.

El crítico mexicano Juan Pablo Patiño Káram aporta una referencia singular, relacionada al humor en Borges, cuando dice que “en algunos de sus cuentos, presenta una aniquilación de la noción de realidad objetiva y del Yo sustancial para proponer un estado de existencia alterno, el de la palabra. Este proceso lo realiza de modo humorístico. Parodia los cánones e ideas establecidas, degradándolos al punto de proponer su inexistencia, pero a la vez afirma el verbo como génesis de cualquier realidad posible. El tipo de humor al que me refiero es el humor carnavalesco de la Edad Media, teorizado por Mijail Bajtin”.

Venecia el más antiguo. Río de Janeiro el más convocante, con públicos que se acercan al millón de personas, con un inagotable manantial de sambas extraídas de las favelas cercanas. Montevideo, el más extenso de todos cuya fiesta central dura 41 días seguidos, con las murgas decidoras de letras zumbonas y rebeldes.

Entre nosotros, dos centros dominantes. Los carnavales del Norte argentino y el de Gualeguaychú, este último nacido con esplendor en 1870, luego desvanecido y finalmente resucitado hace cuatro décadas, en donde la fiesta expresa como en pocos otros lugares la tradición hispana y africana que la nutre.

Por cierto que, con mayor o menor repercusión, mejor o nada elaborado, el Carnaval late en todas las ciudades, desmerecido a veces, ignorado o denigrado, aunque igualmente cada año el sonido de los tambores de las paupérrimas comparsas de la periferia ofician de ayuda memoria, para que la gente vaya a esa confluencia de religión y paganismo.

LA LITERATURA

¿Quién mejor, entre los nuestros, que el callejero poeta porteño Raúl González Tuñón (1905-1974) para hablar del Carnaval? Dijo: “El cascabel es una flor con música/ (opinión de Adolfo Enrique)/ No hay nada más triste que una máscara suelta/ y ahora, cuando el Carnaval es triste/ pero esa lleva un gorro de cascabeles, eh/ y el cascabel es una flor con música”.

También se ocupó del carnaval, en su tercera novela, Adolfo Bioy Casares (1914-1999). La obra se llama “El sueño de los héroes” y fue publicada en 1954 por la Editorial Losada. Si bien se enmarca en lo fantástico, Bioy no se priva de presentar la magia y los sueños como fondo del argumento, ubicado en Buenos Aires y cuyo comienzo sucede en los corsos porteños de 1927. La novela tuvo su versión cinematográfica en la película que dirigió Sergio Renán en 1997.

Hace cuatro años, en Santiago de Chile se realizó un festejo masivo del Carnaval, titulado “Neruda viene volando”. En esa oportunidad, una enorme figura del poeta chileno -de 22 metros de largo y 4 metros de alto-, acompañada por una paloma gigante, un mascarón de proa, libros, caracolas y mariposas, encabezó el desfile que mezcló baile, música, teatro y poesía a través de 15 estaciones, con la participación de una comparsa central de 600 voluntarios que elaboraron la escenografía y dieron vida a la fiesta.

Otro gran americano, Rubén Darío (1867-1916), vivió un corso en la calle Florida de Buenos Aires y así “literaturizó” a los festejos, diciéndole a la musa carnavalera: Sé lírica y sé bizarra;/ con la cítara sé griega;/o gaucha, con la guitarra/ de Santos Vega./ Mueve tu espléndido torso/ por las calles pintorescas,/ y juega y adorna el Corso/ con rosas frescas/ De perlas riega un tesoro/ de Andrade en el regio nido,/ y en la hopalanda de Guido, polvo de oro./ Penas y duelos olvida,/ canta deleites y amores;/busca la flor de las flores/ por Florida:/ Con la armonía te encantas/ de las rimas de cristal,/ y deshojas a sus plantas,/un madrigal”.

Poco antes de su final, Ernesto Sábato (1911-2011) dijo: “También los carnavales de otros tiempos eran como un vómito colectivo, algo esencialmente sano, algo que los dejaba de nuevo aptos para soportar la vida, para sobrellevar la existencia y hasta he llegado a pensar que si Dios existe está enmascarado”.

LAS MURGAS

Hace algo más de dos meses se presentó en San Isidro un libro de Coco Romero, uno de los principales referentes en el país en cuanto a murgas y corsos se refiera. La obra se titula “El universo creativo del Carnaval”.

En declaraciones formuladas en octubre pasado al Boletín Cultura del Municipio de San Isidro, este hombre, salteño de origen y ahora afincado en Villa Adelina expresó: “La mitología dice que Momo es una deidad alegórica echada del Olimpo de los dioses por criticar. Ese concepto aglutina a todas las murgas, pero el Carnaval es mucho más que eso, es un dispositivo de arte creativo, en el que confluyen la pintura, la plástica, la música y la danza”.

“La murga es y será un fenómeno de orillas, de los bordes de la ciudad, un espacio creativo del pueblo, del pueblo que pinta, dibuja, lee, escribe y también del pueblo que piensa”, añadió.

El libro de Romero reúne textos literarios sobre el Carnaval, trabajos de investigación, críticas y reflexiones a modo de ensayo, ficciones, creaciones estéticas y poesías, a través de colaboraciones de Leda Valladares, Horacio Spinetto, Juan Travnik, Alberto Muñoz, Antonio Céltico, Olga Fernández Latour de Botas y Roberto Arlt, entre muchos otros.

El ultraje, la burla, las máscaras, la mendicidad, la alegría, la muerte, el dolor, la persona y su despersonalización, el hambre y la saciedad, la creatividad, el espanto, el hartazgo, el amor, la poesía todo desfilará estos días. Y habrá como siempre un escritor en los bordes de cada murga y de cada Carnaval.

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Multimedia

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Pieter Brueghel el Viejo, “El combate entre don Carnal y doña Cuaresma” (1559) / web

Giandomenico Tiepolo, “El Minué” (1976) / web

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